El texto da continuidad a “Teresita, sin soledad posible”, publicado en Cubarte y en esta artesa.

L.T.S.

La trovadora vista por Roberto Figueredo en 1991

La trovadora vista por Roberto Figueredo en 1991

Sus canciones para público adulto bastarían para asegurarle a Teresita Fernández (20 de diciembre de 1930-11 de noviembre de 2013) un sitio de honor en la música cubana. Lo testimonian, entre otras, Cuando el sol, No puede haber soledad, La gaviota, Lo feo y Muñeca de trapo. De distintos modos las dos últimas se asocian también a la producción que más popularidad le ha dado: la destinada a niñas y niños, con títulos como Tin tin, la lluvia, Tía jutía, Canta pajarito y Mi gatico Vinagrito.

A unas y a otras las caracteriza la calidad de los textos —ricos en poesía— y la eficacia de la melodía con que la autora las concibió y las interpretaba con su voz y su guitarra. Es justo, y nos beneficia, recordarla en sus distintas vertientes, no en una sola de ellas.

La aceptación premió sus pasos desde que se trasladó de la natal Santa Clara a La Habana. La emocionaba recordar su debut en esta ciudad, con la presencia, lujo si los hay, de Sindo Garay y Bola de Nieve, y que en otro recital tuvo de invitado a un joven que entonces se iniciaba en la trova, Silvio Rodríguez. A Bola, con quien la vincularía el trabajo, le agradeció siempre un elogio orientador: “Usted no necesita más adorno que la canción”, y la acogida que le brindó —finalmente la eligió como su relevo allí— en el legendario espacio con que él calzó la celebridad del restaurante Monseigneur.

Ese fue uno de los sitios donde actuó la trovadora, quien se hizo sentir incluso con la tropa de Teatro Estudio, y durante 15 años protagonizó, en el Parque Lenin, La Peña de los Juglares, con gran respuesta de público. Por allí pasaron figuras ilustres de distintas ocupaciones, tanto de Cuba como de otros países.

Dio cada vez mayor prioridad a la zona de su obra que acabó siendo central en sus diferentes escenarios: la dirigida al público infantil. En su cultivo mereció que se le considerase uno de los pilares de esa música en nuestra América, junto con el mexicano Francisco Gabilondo Soler (1907-1990) y la argentina María Elena Walsh (1930-2011).

La música fue prolongación natural de su vocación de educadora, que asumió con el patriotismo rector de su existencia. En 1948 se graduó de maestra en la Escuela Normal de Santa Clara, y en 1958 —un año antes de titularse doctora en Pedagogía— acompañó a sus alumnos en la huelga general contra la tiranía batistiana. Al triunfar la Revolución, le dio su apoyo, como durante la zafra de 1970, cuando compartió con sus amigos José Antonio Méndez y César Portillo de la Luz una gira nacional que regocijó al pueblo trabajador.

Su mayor aporte a la patria fue la promoción de valores éticos, y la defensa de la cultura cubana y latinoamericana. Ninguna incomprensión la hizo ceder en su abrazo al cristianismo originario, donde halló tempranamente el sentido justiciero que la llevó también a encontrar otra brújula fundamental: el legado de José Martí.

Generaciones de cubanas y cubanos crecieron disfrutando su obra. Además de canciones compuestas con letra y música propias, en esa vertiente figura su trabajo sobre las Rondas de Gabriela Mistral. Con la gran chilena se sentía identificada por su personalidad, su pasión de maestra y su amor a Martí.

Uno de los núcleos de fuego fue para la artista fue la musicalización de todo Ismaelillo, y hoy al país le corresponde recuperar la grabación del fruto logrado por ella. Como el poemario martiano, su interpretación por Teresita desborda límites de edades, al igual que el conjunto de sus canciones.

Si la crítica ha reconocido en ellas la fusión de sonoridades de baladas antiguas y del folclor campesino, en su Ismaelillo se aprecia la impronta del canto gregoriano. Auxiliada por su cultura religiosa, halló en esa tradición musical el modo de que también por el oído el poemario se recibiera como una prédica artística y espiritual sin menoscabos, gracias a puntadas melódicas nacidas de los versos, más que compuestas para ellos.

Su trayectoria le valió lauros como el Premio Chamán, en el 2º Festival Iberoamericano de Narración Oral y Escénica (México), y, de su país, la Distinción por la Cultura Nacional, la Orden por la Educación Cubana y el Premio Nacional de Música, dado al conjunto de su obra. Como corona de esos lauros, y de otros aquí no mencionados, se le otorgó la Orden Félix Varela. Su mayor condecoración seguirá siendo el amor del pueblo.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/11/19/cultura/teresita%20fernandez.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista

Anuncios