Jovialidad y sencillez acompañaron su valía profesional. (Foto: INTERNET)

Jovialidad y sencillez acompañaron su valía profesional. (Foto: INTERNET)

Ya pasó, o está pasando, la noticia de la muerte de Abelardo Estorino (29 de enero de 1925-22 de noviembre de 2013); pero no pasará la importancia de su obra, llamada a perdurar. Fue fruto de la imaginación escénica y de la pasión literaria que le sirvió de cauce. A propósito de su fallecimiento se insistió en que había ganado el Premio Nacional de Teatro en 2002; pero, salvo excepciones, no se hizo otro tanto con el hecho de que diez años antes había merecido el Premio Nacional de Literatura por la parte de esa misma producción creada hasta entonces.

Tuvo claro que el destino de una pieza teatral se decide sobre las tablas, y que para construirla y dar vida a los personajes que la habitan, el material del que se dispone es la palabra, que él asumió con voluntad de eficacia estética. Lo corroboró al estructurar los textos nacidos de su propia fabulación dramática —dígase, ejemplo con el relieve de lo clásico, La casa vieja—,  y al apropiarse teatralmente de obras literarias como las cubanas Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, en la que basó su Parece blanca, y Las impuras, de Miguel de Carrión, sobre la cual escribió la versión homónima.El linaje de las novelas citadas apunta a la vitalidad y al horizonte creativo del dramaturgo, cuyo patriotismo encarnó en una intensa relación emocional con la Cuba donde nació, vivió y murió. Ella seguirá teniendo un hijo valioso en quien le rindió igualmente el servicio de su mirada abierta al mundo, y, en lo más próximo, a nuestra América, a la que honró con hechos como su recreación de otra novela: Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo.

Un espléndido catálogo autoral y décadas de entrega al arte, incluida su faceta como director de puestas relevantes, le permitieron vincularse largamente con una compañía tan sembradora como Teatro Estudio. En vida, el también autor de El robo del cochino, Ni un sí ni un no, Morir del cuento y Las vacas gordas —comedia pionera en el teatro musical escrito en el país— y varias obras más, disfrutó verse representado en escenarios cubanos y de otras naciones, tanto de América como de Europa, y La casa vieja fue llevada al cine. Su adiós, lejos de asociarse a interrupción o cese, debe ser una sacudida a partir de la cual la presencia de sus piezas se multiplique y siga dando disfrute al público, o a los públicos, por la feliz conjunción de letras y escena en su legado.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://bohemia.cu/2013/11/23/cultura/abelardo-estorino.html

Anuncios