Odalys y Héctor, al pie de un arco hecho por el segundo. Foto: Randy Rodríguez Pagés

Odalys y Héctor, al pie de un arco hecho por el segundo.
Foto: Randy Rodríguez Pagés

Cuando la nombraron Coincidencia, probablemente sus fundadores no calculaban cuántos planes harían realidad en esa finca. Reconocida como agroecológica y de producción sustentable, pronto devino también sustrato para una siembra de arte que enriquece espiritualmente a la comunidad y a quienes van hasta allí convocados por el fuego creador.

A siete kilómetros de Coliseo, hacia Jovellanos, al lado izquierdo de la Carretera Central, está la entrada de un sendero por donde se llega a una vivienda modesta, hermosa y confortable. La hicieron con esfuerzo propio Héctor Correa Almeida, graduado de ingeniero agrónomo en la primera promoción de esa carrera en la Universidad de Matanzas, y Odalys Marrero Nodarse, licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana.

Agri-cultura: raíces, vida, sueños

Desde muchacho, cuando veía aquel terreno, conocido como Guasimal del Toro, Héctor se ilusionaba con la idea de tener allí una finca. En 1989, casado ya con Odalys, pudo adquirir la casa de madera que había en aquel paraje; pero, poco después de ocuparla ellos, se le cayó el techo. Afortunadamente no había nadie dentro.

Tuvieron que echarlo todo abajo, y alojarse en un pequeño establo para vacas que ellos mismos habían hecho, como otro destinado a los carneros, en el cual montaron un taller de cerámica. Se bañaban sobre una piedra, cuando caía la noche. Tuvieron la opción de mudarse para Jovellanos, en buenas condiciones; pero la negativa de los tres hijos a abandonar aquel sitio los apoyó en el deseo de permanecer allí.

El matrimonio sentía que empezaba a construir algo más que una casa, sin desatender el trabajo agrícola. Simultáneamente, primero él y luego también ella, emprendieron una labor de ceramistas que ha dado frutos. De trabajos utilitarios, como bebederos para conejos y pájaros, pronto pasaron a la alfarería artística, que no era una tradición en la provincia de Matanzas.

El salto cualitativo no tardó en producirse. En 1991, con cerca de dos mil piezas hechas por ambos y familiares de Correa, llevaron a la Galería de Jovellanos una exposición sobre motivos afrocubanos. La visitaron 50 mil personas, cuando el promedio de asistentes a la Galería era de 30 mil al año.

La artesanía siguió creciendo en la finca, y en 2008 nació el proyecto Arte de Fuego, coordinado con la filial matancera de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA). Luis Octavio Hernández Rodríguez —quien durante años presidió aquella filial de la ACAA— encabeza el comité organizador del proyecto.

Al primer encuentro, celebrado aquel mismo año, acudieron 15 participantes, entre ellos dos colombianos y un estadounidense. Repetida la experiencia en 2009, la aceptación complicó tan felizmente los planes que desde entonces se optó por una convocatoria bienal. La tercera cita se realizó en 2011, y cuando el pasado 15 de noviembre llegó allí Bohemia animada por la curiosidad, empezaba la cuarta.

Creación con destino social

Entre pellas de barro, tornos, pinturas y piezas en ejecución, o decorando otras ya moldeadas, trabajaban cerca de 25 creadores: junto a matanceros, habaneros, mayabequenses, camagüeyanos y tuneros, había seis argentinos y un cubano residente en los Estados Unidos. Supimos que luego llegaron tres canadienses, y que la cordialidad y la sed artística primaron hasta el final. De Matanzas estaba el Manuel que durante lustros hizo historia en el dibujo, sobre todo en publicaciones como Dedeté, un hito en el buen humorismo.

El destino de las obras creadas en Arte de Fuego lo deciden sus autores, dentro de un límite: la ubicación debe tener carácter social. Algunos de los argentinos de la cita, por ejemplo, preparaban una instalación para una escuela de Matanzas. A menudo los artistas dejan sus piezas en Coincidencia, donde gracias a eso crece todo un Jardín de las Esculturas.

Así la comunidad se ve espiritualmente enriquecida por la calidad y la cifra de un patrimonio artístico singular. Dentro de un conjunto valioso, aquí y allá se encuentran obras de creadores relevantes: entre ellos los cubanos Alberto Lescay, Agustín Drake, Zaida del Río, Sergio Roque y Ernesto García Peña, quien este año también participó en la Bienal.

Lo dicho no agota ni de lejos todo lo que felizmente coincide en lo que fue un pedazo de terreno cubierto en gran parte por plantas indeseables. Viendo que a su alrededor el área de la cooperativa estaba ociosa, Héctor siguió desbrozando suelo para cultivar más. En una reunión celebrada en los años 90 en la ciudad de Matanzas, él no pensaba hablar; pero alguien le pidió que contara su experiencia, y un alto funcionario de la Agricultura le preguntó cuánta tierra tenía. Entonces respondió: “La que tengo en las orejas y en las uñas. La demás es ‘robada’. Se la he cogido a la cooperativa, que no la cultivaba”.

Explicó también que —además de tener algunas aves de corral y conejos para alimentación propia, y pocas vacas, que aportan leche— la finca se estaba convirtiendo en un bosque. Puntualizó que todo lo habían sembrado él y sus familiares, y que los frutos los vendía a la cooperativa a la cual pertenece. El funcionario, que le prestaba atención, le dijo: “El país necesita unos cuantos ‘ladrones’ como tú”. Con el tono en que pronunció ladrones advertía que no avalaba robo de ninguna índole: lo que hacía era repudiar el daño que le causa a la nación la falta de trabajo y creatividad.

Crecimiento

Actualmente Coincidencia abarca 9.75 hectáreas, entregadas a Correa en usufructo, y es un ejemplo de lo que puede lograrse con tesón. La cubren alrededor de 460 especies de plantas maderables (nada menos que cedro, caoba, majagua, teca), frutales, medicinales y ornamentales. Al recorrerla, solo una cosa hace sentir pena: más allá de sus lindes, gran parte de la finca está rodeada por áreas cubiertas de marabú.

El objeto social y económico básico de la finca son los frutales y la cerámica. Todo lo atiende esmeradamente un campesino que tiene la experiencia de trabajar con sus manos y la sabiduría del ingeniero, más el apoyo de la familia. Como recurso utilitario, y como una obra de arte más, un molino de viento garantiza el agua. No es casual que cinco especialistas en agroecología hayan tenido allí un intercambio sobre permacultura, disciplina que promueve el aprovechamiento de la materia orgánica, el humus y las semillas propias.

Un proyecto como el fomentado en Coincidencia llama la atención de turistas de todas partes. Pero allí tienen un trato con Turismo para favorecer la visita de interesados en la cerámica, no de quienes solo busquen sitios pintorescos. Aquello es mucho más, y sus creadores practican la lealtad a la producción agrícola de carácter ecológico, y a la pasión artística.

Da gusto ver cómo los conejos viven libremente, sueltos, con el amparo de una guarida construida para ellos con una gracia que la hace natural. También alegra saber que, aunque no pudimos verlo porque tal vez lo ahuyentó el bullicio de la Bienal, en aquellos árboles vive un cernícalo que come pan de la mano de Odalys, e incluso de la mano de visitantes.

Echaron a andar

Los logros abonan una certidumbre: Arte de Fuego perdurará. Además del que le brinda la ACAA, ya recibe el apoyo del Consejo Nacional de las Artes Plásticas y el Fondo Cubano de Bienes Culturales, de diversas instituciones de Matanzas y, en la difusión de las convocatorias, la Comisión Nacional Cubana de la Unesco.

Sería justo que se le habilitara su propio espacio digital en la red, pero todavía no tiene ni correo electrónico. Hasta la Bienal de este año —en la cual se disfrutó un concierto que Pedro Luis Ferrer ofreció literalmente por amor al arte— lo único llamativo que había a la entrada de Coincidencia era un gran tinajón. Héctor y Odalys lo valoran como un homenaje a Camagüey, donde adquieren la mayor parte del barro que emplean, y amigos y colegas —como los García, familia dedicada a la cerámica— les han tendido la mano.

Pero esta Bienal le aportó a la finca un regalazo que calzará su identidad junto al tinajón: un mural creado por Manuel. En el centro se ve una pareja feliz, como para recordar al gran César Vallejo, por el célebre poema en cual, acto de justicia y homenaje, la masa “abrazó al primer hombre” y “echóse a andar”. Igualmente lo merece la primera mujer.

Al pie de su mural, que acaba de erigirse, Manuel conversa con amigas y amigos. Foto: Alexander Rodríguez Castellanos

Al pie de su mural, que acaba de erigirse, Manuel conversa con amigas y amigos.
Foto: Alexander Rodríguez Castellanos

 

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://bohemia.cu/2013/12/09/cultura/arte-de-fuego.html

Aaprecerá también en la edición impresa de la revista

Anuncios