Ilustración de F. Blanco

Ilustración de F. Blanco

En cada regreso al país, cuando se pasan largas temporadas fuera, preguntar por personas queridas puede ser fatídico. Algunas han abandonado “este mundo”, un hecho más devastador aún para quienes no creemos en la existencia de otro, salvo el posible, deseado y mejor, necesario para la vida y la dignidad de la especie humana, y de la tierra misma.

Un saldo particular tuvo el caso de uno de los colegas con quienes entablé amistad en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Me refiero a Ramón Rodríguez Hermida. La última vez que quise saludarlo en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, adonde se había trasladado luego de una larga labor pedagógica, vi frustrado mi deseo. Alguien —seguramente un amigo común a quien no logro identificar en el recuerdo— me soltó el dato escalofriante: “Ramón se murió”.

La información debió llegarme en un ambiente y en un estado de ánimo que me impidieron escudriñarla a fondo. El pesar no me lo quitaba nadie, y luego lo compartí con otras amistades, como Raúl García Dobaño, autor de la novela El compromiso, sobre la Campaña de Alfabetización, y del cuento —con ambiente habanero— Don Quijote en busca de posada, que merecerían reeditarse. A medias pusimos freno a la tristeza con un brindis que, ni Raúl ni yo teníamos la menor duda, el amigo muerto habría querido compartir.

Para no hurgar en el vacío que nos deja la partida de seres a quienes tenemos afecto, no indagué más sobre Ramón, y, por supuesto, no volví a verlo: de haber ocurrido esto, al menos de momento se me hubieran movido algunas de las concepciones aludidas al inicio. Sobre todo, habría llegado a una visión clara de los hechos.

Mientras tanto, no dejaría de rendirle al amigo el homenaje que cupiera en la primera ocasión propicia, y la tuve al escribir un artículo sobre la Galería Villa Manuela, entre cuyos fundadores era justo recordarlo. Pero ¿mencionarlo sin más entre otras personas que seguían gozando las maravillas y sufriendo las fealdades de este mundo? Junto a su nombre añadí una acotación escueta y pesarosa: “ya fallecido”. Ahí estuvo de veras la tragedia: “oficialmente” acababa yo de matarlo.

Publicado el artículo, alguien me preguntó entre el azoro, la duda y el desgarramiento: ¡¿Cuándo murió?! Entonces, buscando la fecha, supe que el dato era falso. Ramón seguía vivo, y aplicado otra vez al quehacer para el cual lo preparó de veras la vida. No hay que ponerse a medir títulos y saberes: el deber lo puso en el camino de ejercer y dirigir la docencia, y a ella se entregó. Cuando lo conocí en el Instituto Pedagógico mencionado, ya hacía años que él era su rector. Si se hace “una revolución más grande que nosotros mismos”, es común acometer tareas que nos desbordan.

Eso es tan natural como roñosa la actitud de quienes no han entendido qué es una revolución, y arremeten contra quienes han sido fieles a ella. A Ramón se le han lanzado alfilerazos desde sitios donde la fetidez salta al olfato, aunque sean virtuales. Virtuosos no son.

Ya hablé con Ramón, cuyo segundo apellido, de resonancia griega, lo señala hijo de Hermes, como si fuéramos hermanos. La ignorancia de mis abuelos y de algún notario hizo que se inscribiera a mi madre con ese nombre, que corresponde a un dios varón y de moralidad dudosa, cuando menos.

Al enterarse por mí de su “muerte”, Ramón se rio. Se sabe duro de roer, y dio por buena la confusión, que ahora me permite resucitarlo como si yo tuviera poderes divinos. Acababa de jubilarse en el Instituto Superior de Arte, pero dondequiera que esté andará a lomo de Rocinante o de Bucéfalo, o de un rinoceronte —da igual—, intentando deshacer entuertos, en pelea contra males de este mundo, aunque nadie, ni él mismo, sea perfecto, y algunos puyosos lo hayan hecho protagonista de chistes en los cuales hilaridad se pronuncia mientras con las manos se hace el gesto de desenredar un hilo.

El doctor Ramón Rodríguez Hermida, otro “muerto que se fue de rumba”, sigue tejiendo entre risas y afanes la hebra del vivir. Su amigo “homicida” lo asegura.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/01/31/nacionales/cronica.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista.

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