Fotocopia: cortesía de Cubarte

Fotocopia: cortesía de Cubarte

Cubarte, Centro de Informática en la Cultura, entra en su año 21 con logros que ratifican un trabajo sostenido y fértil. En los más recientes sobresale, de la Colección Cúspides, una nueva multimedia, a cuyos valores permanentes se une el mérito circunstancial de rendir homenaje, en su bicentenario, a una cubana que brilla entre las figuras más relevantes de las letras en lengua española, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 23 de marzo de 1814-Madrid, 1 de febrero de 1873).

La conocida investigadora Cira Romero, a quien se le encargó preparar la multimedia, sitúa en su contexto vital a la poeta, dramaturga y novelista. Varias secciones, empezando por “Biografía”, refuerzan esa ubicación desde su nacimiento hasta su muerte, y en la estela de su bien ganada gloria. Sin la exhaustividad que sería abrumadora, “Selección de obras” representa su producción, clasificada con rótulos que ilustran su riqueza: “Poesías”, “Novelas”, “Teatro”, “Leyendas”, “Impresiones de viaje”, “Ensayos y artículos”, “Autobiografía y cartas”.

La “Bibliografía” reúne asientos fundamentales para profundizar en el estudio de Avellaneda, mientras que “Opiniones”, “Homenajes”, “Entrevistas” y “Galería” dan fe de la alta estimación que ella mereció por parte de contemporáneos como José Nicasio Gallego, Marcelino Menéndez Pelayo, Manuel José Quintana, la Condesa de Merlin, José de Espronceda y Luisa Pérez de Zambrana; y, desde el final de sus días en adelante, con irradiaciones que han de perdurar, por parte de Enrique José Varona, Tomás Navarro Tomás, Regino E. Boti y José María Chacón y Calvo, para mencionar solamente unos pocos ejemplos mayores, y citar a otros en las líneas que siguen.

Razones del tributo

Para Cuba, honrarla es un acto de justicia con quien fue y se sintió hija suya, y defendió apasionadamente esa filiación cuando le fue desconocida, sobre todo por su larga permanencia en España. También allí la reclaman, porque es sabio aspirar a la posesión de lo grande, aunque por su condición de mujer se le impidió en su momento ingresar en la Real Academia Española, a la que ella no necesitaba pertenecer, pero podía honrar con su presencia.

La escritora proclamó que su patria era la de José María Heredia, José Joaquín Palma, José Jacinto Milanés, Plácido, José Fornaris, Rafael María de Mendive, Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, entre otras grandes representaciones de esta tierra. No obstante, en pleno siglo XX aún se le cuestionó su cubanía, o los grados y matices de esa condición.

Un crítico de la talla de Cintio Vitier valoró altamente a la creadora, al tiempo que sostuvo: “Gallarda y criolla, sí; enviada de la Isla, con talento y pujanza que justamente sorprendieron, a la orilla española, sí; pero ¿cubana de adentro, de los adentros de la sensibilidad, la magia y el aire, que es lo que andamos buscando? Confieso llanamente mi impresión: no encuentro en ella ese registro”.

En plena lucha ideológica deploró José Antonio Portuondo la “dramática neutralidad” de la creadora que enfermó y murió en España cuando la primera guerra por la independencia de su patria empezaba a estancarse; pero también afirmó: su obra “resiste el paralelo con las más grandes figuras coetáneas de la literatura universal. Yo he mencionado a Goethe y he mencionado a Byron. La Avellaneda resiste el paralelo con estos escritores. Y si alguien debe rescatar esa herencia, somos nosotros, los cubanos, porque la Avellaneda es plenamente cubana”.

Y añadió Portuondo: “es, para orgullo nuestro, la más grande dramaturga, es la más grande novelista, la única novelista que planteó el problema de la esclavitud con valor y decisión, con planteamientos legítimos del derecho de igualdad del hombre negro y el hombre blanco, como no lo había hecho nadie”.

Cira Romero, quien cita en su introducción palabras como esas, la termina con estas otras, de Dulce María Loynaz: “Si no entendemos el drama de esta vida, tal vez aún más hermoso y conmovedor que todos los que en vida escribiera, o si aun entendiéndolo, nos es más cómodo dejar rodar las piedras como vengan, seremos nosotros y no ella —dolida, enfebrecida reclamando su patria—, los responsables de privar a Cuba de una gran página de la Historia de la Cultura”.

Lo entrañable esencial

Durante décadas se han estancado los afanes, que no deben abandonarse, de traer sus restos mortales a su patria. El autor de esta reseña ha sido testigo de que el empeño —apoyado por hijos e hijas de España amigos de Cuba— ha tropezado con el testamento en que Avellaneda expresó la voluntad, a la cual se ha acudido con motivaciones varias, incluidas actitudes anticubanas, de que sus restos descansaran junto con los de su esposo, Domingo Verdugo. Para eso, cuando es de suponer que no avizoraba la posibilidad de volver a Cuba, hizo ella construir en el cementerio sevillano de San Fernando la tumba donde yacen. Los planes, hasta hoy no logrados, de traerlos juntos a Cuba llegaron a tener la aprobación de familiares de Verdugo.

Camagüey, ciudad que acogió al grancanario Silvestre de Balboa –a quien Cuba debe el sembrador Espejo de paciencia–, y que vio nacer a Nicolás Guillén, celebra en 2014 el medio milenio de su fundación y el bicentenario de la extraordinaria Gertrudis Gómez de Avellaneda. A tan ilustre hija podría tributar, con apoyo del país, un homenaje entrañable: salvar para el patrimonio de la patria su casa natal, donde la devoción podría ejercerse con no menos intensidad que en torno a su tumba.

Luis Toledo Sande

Se publicó en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/01/13/cultura/multimedia.html

y en la revista impresa.

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