Las pifias, como las penas, se agolpan unas con otras, y por eso… ¿no nos matan?

No se conoce plenamente aquello cuyo nombre se ignora o no se sabe bien

No se conoce plenamente aquello cuyo nombre se ignora o no se sabe bien

Se cuenta que, en algún lugar de La Mancha, cierto paciente rechazó el tratamiento indicado por un médico, al ver que este, en el diagnóstico, había escrito farinjitis. Para explicar el rechazo adujo que aquella jota, atravesada como una espina en el mal de su garganta, era un pésimo augurio: aunque el profesional fuera joven, si los años de estudio no le habían servido para conocer en su idioma el nombre de la enfermedad, ¿cómo asegurar que supiera detectarla y combatirla eficazmente?

Quizás se trate de una anécdota inventada, o el hecho fue un desliz ocasional de aquel médico y, en todo caso, es probable que el paciente exagerase. Pero, si lo contado es cierto, ¿carecía de fundamento el enfermo para pensar como pensó?

A partir de ahora —al igual que en “Pifias que se leen y se oyen”, el anterior artículo de la serie “Del idioma”— los ejemplos citados son reales, aunque no se diga dónde aparecieron ni se nombre a los autores. No hace falta ni una cosa ni la otra para preguntarse: ¿por qué confiar en la calidad de un reportaje hecho por un comunicador que repite diabetis una vez y otra, mientras el especialista entrevistado reitera, correctamente, diabetes?

Hay que ponerle carácter

Sin afán exhaustivo, valga una pregunta más: ¿cómo recibir la información dada por otro colega que, minutos después, en el mismo espacio televisual, habla de un especimen determinado? Si se informó seriamente para hacer su trabajo, las fuentes debieron bastarle para saber que lo correcto es espécimen.

El primer error, diabetis, reprodujo el nombre incorrecto que suele darse a la mencionada enfermedad metabólica. El segundo parecería deberse a la contaminación con el plural especímenes, que en los caminos del idioma se acuñó en lugar de espécimenes, sobresdrújula de ardua pronunciación.

Eso ocurre también con el plural de carácter, que no es carácteres, como exámenes de examen, sino el vocablo llano caracteres, aunque carácteres sería un esdrújulo pronunciable, al igual que exámenes. Otro artículo de la serie abordó ya dos creencias erráticas frecuentes: que una letra es un caracter, y que estadio corresponde solo al terreno deportivo y estadío a otras esferas de la realidad. Pero letra es, ni más ni menos, sinónimo de carácter, y estadio es lo correcto en todos los casos.

Afanado en dar su interpretación, o conjeturas, sobre el conocido extravío de las páginas del Diario de campaña de José Martí correspondientes al 6 de mayo de 1895, un comentarista radial imaginó estragos causados en el documento por su exposición “a la interperie”. Debió haber dicho “a la intemperie, como corresponde —informa un diccionario prestigioso— a la circunstancia de permanecer “a cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno”, aunque no es seguro que ello le ocurriese al Diario citado, a pesar de las condiciones de la guerra.

Etimológica y semánticamente primo de temporal en función sustantiva —recordemos la expresión “capear temporales”, equivalente a “sortear dificultades”—, el vocablo intemperie concierne al tiempo en sentido atmosférico, no cronológico. Al parecer, la familiaridad del prefijo inter va tornando casi familiar un término erróneo, interperie, que significaría algo así como entre perie: o sea, nada, salvo que el dislate acabe imponiéndose, para lo cual no hay ni necesidad ni razón.

El hecho de que la ignorancia y la imperfección humana se encuentren al doblar de cualquier esquina, y en nosotros mismos, no autoriza a desentenderse del necesario cuidado del lenguaje. Nadie está libre de esa responsabilidad, y menos aún puede estarlo un profesional de la comunicación: si no la asume plenamente, es señal de que no valora su instrumento de trabajo ni respeta al público al cual debe informar.

Vale todo, o casi todo, pero no el mal uso

En una “maquinaria” compleja como el idioma, todos los elementos importan, aunque sea una virgulilla. Este es el nombre de signos como la tilde que diferencia la eñe de la ene. Ante la expansión del inglés, no solo en la informática, algunos propusieron suprimir la primera de aquellas letras, y eso desató batallas de pensamiento. El entrañable carácter está en el alma de cariño, y hasta en la médula del nombre de la lengua española.

Tampoco en los signos gráficos el tamaño es lo más relevante: todos tienen valor

Tampoco en los signos gráficos el tamaño es lo más relevante: todos tienen valor

Imaginemos lo que acarrearía borrar la diferencia entre año y ano. Esta parte del cuerpo es imprescindible, y tiene su propia dignidad: con su etimología parece emparentado el nombre de una joya —el anillo—, por la cual se bautizó un dedo de la mano, el anular. Pero, si la mencionada diferencia desaparece, se dificultaría saber cuándo la palabra equivale a la conocida cronometría y cuándo al elemento anatómico, y ambas podrían confundirse con algún apóstrofe. Tanto es así que el nombre propio Ana carece de equivalente masculino.

Figura del lenguaje, el apóstrofe denota pasión, o encono, y puede significar también insulto. Cosa distinta es el apóstrofo, virgulilla que a menudo se llama, erróneamente, apóstrofe. El apóstrofo es un signo infrecuente en español, pero también tiene sus usos en este idioma, como el de marcar grafías correspondientes a formas de expresión del habla coloquial: por ejemplo, to’ y pa’ en vez de todo y para, respectivamente.

En Cuba, sobre todo en La Habana, es familiar el apóstrofo en nombres de calles que recuerdan, de tiempos de la colonia, a personajes de ancestros irlandeses: O’Reilly y O’Farrill. Un capitán general se llamó Leopoldo O’Donnell. Cubanísimo, pero con nombre asociable a la influencia de otras lenguas, hizo historia el legendario cuarteto D’Aida, cuya continuidad rinde tributo a su fundadora y guía, la maestra Aida Diestro.

En inglés el apóstrofo es socorridísimo, para representar en la escritura prácticas habituales de contracción y acortamiento de palabras y expresiones diversas en el habla. It’s so! La avasalladora influencia de esa lengua —hecho al cual se ha referido en otros textos el autor de este artículo— mueve a imitaciones que rayan en el absurdo. Con el signo & es usual sustituir en inglés la conjunción and, que tiene tres caracteres, a diferencia de su homóloga en español, y, tan fácil de escribir. Que un dúo cubano se llamara Chicho & Pepa —¿no lo habrá?— ni siquiera se atendría a la ley del menor esfuerzo, elemental en la evolución de la lengua.

Toda partícula sígnica tiene su valor. Felizmente gana terreno la conciencia de que en lenguas como el español, donde la presencia o la ausencia del acento gráfico indica diferencias rotundas —cántara, cantara y cantará, ejemplo clásico—, el hecho de que los caracteres estén en mayúscula no autoriza a prescindir de aquel signo. SI SE PUEDE no expresa lo mismo que SÍ SE PUEDE, y para una mujer, máxime cuando se vive el terror del VIH, no será igual llamarse Élsida que Elsida.

El guión corto (-), generosísimo en su utilidad para partir palabras al final de una línea, representar la estructura silábica de un vocablo, marcar inicio y cierre de etapas cronológicas y formar apellidos compuestos y términos bimembres, no se debe confundir con los guiones mediano (–) y largo (—). En la venerable jerga imprentera que sobrevive y no tiene por qué extinguirse en la era de la computación, esos dos se denominan plecas. Se usan para marcar diálogos y acotaciones dentro de estos, y para deslindar segmentos incidentales en una oración, así como para ordenar incisos en un documento. Por esto último hay quienes suponen que pleca es sinónimo de inciso.

Dime, espejo, ¿quién es sabio?

La coma en particular tiene un gran valor funcional. Para usarla correctamente se necesita distinguir cuándo es opción estilística y cuándo cuestión de norma. Al quehacer periodístico le corresponde atenerse con el máximo rigor posible a la gramática, sin camisas de fuerza contra la creatividad, y con una guía: la información debe ser precisa, unívoca.

Ese es un desiderátum, pues las insuficiencias humanas y la complejidad del idioma dificultan la perfección. Pero un artículo de periódico, o de revista, no da la libertad que —aun cuando su poema se inserte en un órgano seriado de circulación amplia— un poeta se permite al prescindir de signos de puntuación, por el derecho a la creatividad y por la polisemia de la poesía. Algo similar ocurre cuando un narrador opta por representar en el lenguaje escrito el fluir de la conciencia, en lo cual sentó cátedra sembradora el irlandés James Joyce con su novela Ulises.

Nada autoriza a escribir mal. En el periodismo no vale escudarse en la libertad que un gran escritor, José Lezama Lima, sentía frente a la puntuación, en especial ante la coma. La usó de un modo que algunos han vinculado con su frescura caribeña de jardín insular o con su pronunciación de asmático, y otros con el descuido o el simple desconocimiento de las reglas.

El rigor al puntuar es responsabilidad de quien quiera expresarse correctamente, con mayor o menor vuelo literario. Uno de los casos en que frecuentemente se viola una norma básica es la falta de la coma en presencia del vocativo. Si se quiere que sea correcto, el título de un programa televisual no ha de ser Música maestro, sino Música, maestro. En la primera variante, maestro se convierte incorrectamente de vocativo en adjetivo que califica a música. Si la intención fuera esa, entonces correspondería el título Música maestra o Música magistral.

También para el uso del idioma es útil interrogar, bien, buenos espejos

Y para el uso del idioma es útil interrogar, bien, buenos espejos

En un diálogo, real o imaginario, es erróneo escribir: “—Pero Floro —le dije—, ¿has llamado para decirme eso?” Lo pertinente es: “—Pero, Floro —le dije—, ¿has llamado para decirme eso?”, con coma entre pero y Floro, y también entre Floro y la pregunta que se le hace a este. En la cita, y en otras construcciones similares, a la segunda coma le corresponde ir después de la acotación, que en este caso es —le dije—. Si en el diálogo se hablara de Floro con una tercera persona —por ejemplo, Pedro, que entonces sería el vocativo—, procedería algo así: “Oye, Pedro, Floro me llamó para decirme eso”. Y si, remedando cuentos infantiles, alguien habla con un espejo mágico, lo correcto sería: “Dime, espejo reluciente, quién es la más hermosa”, no “Dime espejo reluciente quién es la más hermosa”.

Distintos recursos pedagógicos sirven para ilustrar el uso de la coma en el vocativo, pero aquí se empleará solo una versión de uno de los más benévolos: no es lo mismo “dime, tonto” que “dime tonto”. Hay que conocer y respetar la diferencia de expresiones tales, para aspirar a que alguien se dirija a uno en estos términos: “dime, sabio”, sin que tengamos que rogarle inútilmente: “dime sabio”.

Ser o no ser, decir o no decir

Todo autor, o autora, tiene el derecho de querer decir, y el deber de decir. Contar con la inteligencia del público lector es respetuoso, y justo, pero no soltarle desaguisados para que él los arregle. En todas las formas de comunicación se debe aplicar el mayor sentido de responsabilidad, y ello es necesario especialmente en la escrita, que perdura y depende de lo plasmado con signos gráficos, los cuales perpetúan aciertos y errores. Se debe cuidar también la oral, aunque tiene el auxilio de la rectificación sobre la marcha, y el apoyo de la entonación y los gestos, útiles para marcar la intención y precisar el contenido.

Entre las pifias que estropean la comunicación en general, y causan estragos en los medios de información, abundan esas calificables de elementales, como confundir el verbo reflejo acordarse con el transitivo recordar, y escuchar con oír, algo similar a confundir mirar y ver. También saltan conjugaciones incorrectas, como querramos en lugar de queramos, reprobada por Roberto Figueredo en la ilustración de otro artículo.

Y no dejemos de lado cierta voluntad de ultraprecisión que naufraga en la redundancia: como hablar de un centro hospitalario cubano, motivo de orgullo para el país, y llamarlo Cardiocentro Pedriático para niños. Conste que ello se ha hecho, aunque es algo parecido a decir “problemas cardíacos en el corazón” o “residencia geriátrica para ancianos”.

Una cosa es segura: no faltará tela para seguir tratando sobre problemas en el uso del idioma.

Luis Toledo Sande

Ilustraciones: Roberto Figueredo

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/01/06/cultura/uso idioma.html

y en el número de la revista impresa correspondiente al 10 de enero de 2014

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