Cubierta del libroLos gustos y las técnicas de la escultura cambian, se enriquecen, en el intento de apresar el sentido del tiempo en que el artista vive y produce. La magnitud del logro estará ligada a la creatividad con que autor y obra se yergan en medio o por encima de su día. Sean de piedra, de metal o de otros materiales, lo que no puede faltarles a los monumentos para tener larga vida y no acabar reducidos a bultos perecederos es el espíritu reclamado en su creación. Si tienen el ardor necesario, la autenticidad y la calidad indispensables, podrán sobrevivir a las injurias del tiempo, la desidia o la maldad destructora.

Este libro es un monumento a la justicia, a la equidad, a la dignidad humana, y un alto exponente del pensamiento emancipador de los pueblos que componen la que José Martí llamó nuestra América. El hecho de que represente en especial a uno de ellos le confiere una significación particular: Haití desempeñó una labor pionera en las luchas por la independencia en esta región del mundo. Ese proceso no fue —como se ha pretendido hacer ver desde posiciones de linaje colonialista— mero subproducto de acontecimientos vividos en Europa, ya fuese la Revolución Francesa o la guerra de España para zafarse de la dominación napoleónica, negadora del mejor espíritu con que aquella Revolución se inició.

En Haití se unieron a pareja altura la búsqueda de la soberanía política y el afán por erradicar las secuelas de la brutal opresión que sufrieron hijos e hijas de África arrancados de su suelo y esclavizados en América. Anténor Firmin,1 autor del presente volumen, pudo haber nacido y vivido en cualquier comarca del planeta; pero que fuese un gran intelectual y político haitiano, es dato relevante: haber visto la luz y crecido en ese pueblo —de cuya herencia se sentía justamente orgulloso, como lo corrobora en este mismo libro su valoración de Toussaint Louverture— le daría especial sensibilidad para el tema tratado. Lo que el estudio científico le confirmó, lo tenía ya en sí desde la cuna como enseñanza de una nación cuya proeza emancipatoria echó por tierra mitos racistas y corroboró que los seres humanos se igualaban —se igualan— en la defensa de la libertad y la justicia, o en el afán de frenarlas.

Con esas bases desbordó el propósito de impugnar, desde un enfoque multidisciplinario, las tesis expuestas por el escritor francés Joseph Arthur de Gobineau en su Essai sur l’inégalite des races humaines [Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas], cuatro tomos publicados originalmente en París entre 1853 y 1855, poco después del nacimiento de Firmin, quien vio la luz en 1850. No es fortuito que su obra sea menos conocida que la del conde europeo. La de este último, propalada por ideologías dominantes, opresoras, ganó vergonzosa celebridad: llegó a ser una fuente inspiradora del colonialismo que se reciclaba en la segunda mitad del siglo XIX, y del fascismo crecido en la primera del XX.

Según datos aportados por Carolyn Fluehr-Lobban, tuvo “cinco ediciones alemanas entre 1910 y 1939” (o 1940), y en ellas Gobineau fue leído y admirado por racistas que devinieron precursores o soportes del fascismo, como el destacado músico y deplorable pensador político alemán Richard Wagner (1813-1883); el yerno de este, Houston Chamberlain (1855-1927), escritor inglés nacionalizado alemán; “y quizás” hasta el propio “Adolph Hitler, quien incorporó ideas similares en su ideología nazi. La última edición alemana” del Ensayo del Conde “fue impresa en 1939-1940 durante el Tercer Reich”.2

Retrato de Anténor FirminFirmin, muerto en 1911 —en Saint Thomas, donde vivió su último destierro—, no alcanzó a conocer la barbarie nazi, pero en sus circunstancias, y para su condición de hijo de un pueblo aporreado por la discriminación racial, un hecho sería harto relevante: el libro escrito por Gobineau para apoyar “científicamente” el racismo se reeditó en 1884. Como ha escrito el historiador francés Paul Estrade a propósito de la respuesta del estudioso haitiano al Conde y al pensamiento que este representaba y nutría, entonces “en el congreso de Berlín las grandes potencias colonialistas se repartían el África olímpicamente, seguras de la superioridad rotunda de la ‘raza’ blanca y de los bienes infinitos de la colonización”.3

Si Firmin conocía la obra del Conde o al menos tenía noticia de ella por la primera edición —lo que es probable, dada su curiosidad intelectual, y vistas la rapidez y la extensión de su maciza respuesta, publicada en 1885—, las circunstancias en que volvió a publicarse lo movieron a impugnarla rápidamente. En el prefacio de su contestación se aprecia que lo hizo con sentido de urgencia, aunque el texto en su conjunto muestra que no descuidó por ello la argumentación.

Fue pionero en rebatir el texto de Gobineau, a cuya orientación antisemita se suma, sobre todo, la apología de los germanos como supuesta “raza pura” heredera de los arios. Con solo haber refutado semejantes aberraciones ideológicas, ya habría merecido la admiración que José Martí mostró por él a raíz de haberlo tratado en Cabo Haitiano en 1893. Si se quiere apreciar el significado de la obra de Firmin para el revolucionario que luchaba por fundar en Cuba una república moral basada en la equidad, basta saber que, al morir en combate el 19 de mayo de 1895, el segundo cargaba consigo en su papelería, manuscritas por él, varias citas, glosas o paráfrasis de la respuesta del primero a Gobineau.4

Es significativo que el cubano Martí y el haitiano Firmin tuvieran un lazo común en la amistad de un gran antillanista puertorriqueño: el médico Ramón Emeterio Betances, representante en París del Partido Revolucionario Cubano, que Martí fundó con el fin de organizar una guerra concebida para “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”,5 por lo cual Betances lo llamaba Cubano y Puertorriqueño. A raíz de su encuentro con Firmin, Martí le escribió a Sotero Figueroa, quien, establecido en Nueva York, sobresalía entre los puertorriqueños que colaboraban destacadamente en las tareas de aquel Partido y del periódico Patria, vocero de la revolución orientado también por Martí. Este, en carta fechada 9 de junio de 1893, en Cabo Haitiano, donde vivía Firmin, le comunicó a Figueroa: “Ayer hablé de Vd. con un haitiano extraordinario, que por Betances y por Patria lo conocía: con Anténor Firmin”.6 Por su parte, años más tarde Firmin recordará:

“En 1893 tuve la ocasión de conferenciar en Cabo Haitiano con el incomparable José Martí. El gran patriota, al que Cuba, reconocida, le ha dado el título de Apóstol, se presentó en nombre del doctor Betances, quien le había recomendado que me viera. Nuestras conversaciones giraron en torno al gran problema de la independencia cubana y la posibilidad de una Confederación Antillana. Excepto algunas reservas prácticas, estuvimos absolutamente de acuerdo en los principios. Experimentamos una irresistible simpatía el uno por el otro”.7

Esas palaras de Firmin confirman que la idea de lograr la unidad de las Antillas para hacer frente a debilidades internas y, sobre todo, a peligros que las amenazaban desde el exterior, no alentó solo en representantes de los pueblos de habla española situados en la zona comúnmente llamada hoy Caribe. El tema —que no es el confiado a este prólogo— requiere adentrarse en las motivaciones históricas de la aspiración, y en cómo concibieron la unidad antillana quienes la defendieron, ya fuera propiamente como una confederación o como parte de la unidad familiar y de espíritu que toda nuestra América debía cultivar. Hoy las cultiva frente a las maniobras que las potencias opresoras continúan desplegando para capitalizar la diversidad de la región.

Dos años antes del contacto personal entre él y Martí, Firmin había dado otra demostración de las virtudes que lo incluían —lo incluyen— en la familia de los grandes pensadores de la emancipación latinoamericana y caribeña. Era ministro de Relaciones Exteriores de su país cuando a inicios de 1891 se produjo —como derivación del Congreso Internacional celebrado en Washington entre 1889 y 1890— la Conferencia Internacional Americana, y desde su alta investidura suscribió en abril de aquel año “una de esas cartas que”, al decir de Estrade, “han de figurar en el libro de oro de las ‘cancillerías de la dignidad’ latinoamericana”. Con esa carta, dirigida a representantes oficiales de los Estados Unidos, se opuso enérgicamente a las intenciones de esa nación de arrendar, con prepotencia y en franco detrimento de la soberanía de Haití, un pedazo del territorio de la República caribeña para establecer una estación naval.8

Por distintas vías le habrían llegado a Martí, de conocidas lucidez y firmeza ante las pretensiones imperialistas de los Estados Unidos —en particular con respecto a los mencionados foros celebrados en Washington en función de dichas pretensiones—, señales de la actitud de Firmin, quien en uno de los períodos de destierro que vivió en Francia como resultado de las contingencias políticas de su país, escribió este libro contra las fantasmagorías de Gobineau y, en general, contra el racismo, históricamente uno de los recursos imperiales para avasallar pueblos. Esta obra bastaría para asegurarle al autor un sitio eminente en la historia intelectual de nuestra América. Su publicación en Cuba, donde por vez primera aparece traducido en su totalidad al español, favorecerá que se conozca más ampliamente un legado que por derecho propio merece abrazarse entre los motivos de orgullo de nuestros pueblos, y de la humanidad en su conjunto.

En la tortuosa senda abonada por los espejismos racistas, Firmin utilizó el término raza para desmentir falsedades como las propaladas por el conde francés. Pero ese detalle no se le ha de reprochar al autor haitiano, pues se trata de una de las mistificaciones de las cuales aún hoy no ha logrado zafarse en la Tierra el pensamiento emancipador. El descubrimiento del genoma que científicamente ha confirmado la inexistencia de razas en la humanidad, se redondeó a finales del siglo XX e inicios del XXI, más de cien años después de haber escrito Firmin su libro, y todavía hoy se habla de “discriminación racial” y de la “igualdad de las razas”. ¿Hasta cuándo?

Ni de lejos se ha deshecho el engaño de las razas, como tituló esclarecidamente el erudito cubano Fernando Ortiz uno de sus aportes sobre el tema: es decir, contra ese engaño. Aún perduran tales atavismos lingüísticos, aunque se sabe que el concepto raza llegó a la sociología desde los estudios zoológicos, en una maniobra seudocientífica al servicio del pensamiento conveniente a la colonización, y a cuanto pudieran esgrimir los opresores, apoyados por sus voceros, para mantener sus privilegios.

Antes de que la ideología dominante introdujera el concepto de raza en la tradición sociológica, las conquistas y los sometimientos se llevaron a cabo entre pueblos más o menos isocromáticos. Por tanto, los opresores tenían que fabricar el pretexto de la supuesta superioridad de unos conjuntos y estratos humanos sobre otros, y de unos pueblos sobre otros. Incluso después de 1492, en un caso en que no podía aducirse precisamente diferencia de colores, los colonialistas británicos llamaban “gorilas blancos” a los irlandeses colonizados. Pero la mundialización que —yugos mediante— interrelacionó a Europa con África y América, y reforzó sus vínculos con Asia, proporcionó pretextos de más fácil visualización: las clasificaciones negro, cobrizo y amarillo, y sus derivaciones, tanto como sus combinaciones posibles, sirvieron para denigrar a “seres inferiores” proclamados “carga” para el “blanco”, mientras este se erigía en paradigma impuesto.

Semejante aberración ha tenido secuelas, y las secuelas de crímenes terribles son terribles crímenes también. En medio de esa realidad la obra de Firmin permanece erguida contra maniobras y mistificaciones de la peor ralea. Entre ellas está el hecho de que las devaluaciones se aplicaban y se aplican asimismo al mestizaje, descalificado como hibridez frente a la “pureza racial”. Así ha sido, aunque en la mezcla se incluya el componente aportado por la “raza blanca”, de la que por lo general, como norma, en el llamado Occidente y en las regiones “occidentalizadas” han procedido los opresores, quienes se atribuían y gozaban el derecho de pernada, entre otras prerrogativas detentadas por la fuerza.

El valor de la pasión justiciera de Firmin, y la vigencia que ella sigue teniendo, pueden apreciarse con unos pocos datos “elementales”: para designar el fruto de la procreación entre “blanco” y “negra” —a la inversa era mucho más difícil en sociedades patriarcales y de presunta “superioridad blanca”— se acuñó el término mulato, o mulata, derivados de mulo, o mula, por asociación degradante con el cruce de caballo y burra, o de burro y yegua. De esa manera el humano mestizo quedaba comparado con una bestia de carga, estéril por añadidura. Otras variantes del mestizaje corrieron una suerte similar. Así, vayan otros dos ejemplos, se reservaron el nombre de un mono —zambo y el femenino zamba, también adjetivos que califican a personas de piernas malformadas— para los frutos de la mezcla de genes “indios” y “negros”, y el desdeñoso calificativo cuarterón, o cuarterona, para el nacido o la nacida de español y mestiza, o de mestizo y española.

Semejantes criterios se hacían sentir con fuerza en el entorno francés donde Firmin defendió sus puntos de vista, por lo cual se ha pensado, con razón, en las dosis de desgarramiento que habrán sufrido él y otros en similares circunstancias. Sería también el caso, por ejemplo, de su compatriota y coetáneo Louis-Joseph Janvier, quien abrazó asimismo la tesis de la igualdad de las razas humanas, y estuvo entre quienes propusieron a Firmin para que integrase la Sociedad Antropológica de París.

La apasionada ecuanimidad de Firmin revela firmeza de convicción, y por encima de la asunción del concepto de raza —práctica que en él no fue ajena a la crítica, y le propició que su respuesta a Gobineau arrancara desde el propio título de su libro—, lo perdurable en él tiene una sólida base: la sostenida y rotunda demostración de que eran falsas las concepciones que sostenían, en beneficio de los opresores, la pretensa inferioridad de unas “razas” con respecto a otras. Aunque el genoma humano no se hubiera descubierto aún hoy, la igualdad entre los seres humanos se confirmaría acopiando prueba sobre prueba.

Con su actitud y su pensamiento Firmin desbordó, desde la antropología —que él contribuyó a librar de los asideros racistas que otros le insuflaban, auxiliados por el origen burgués y eurocéntrico de esa ciencia—, los límites de la sociología positivista. Entre los tributos que merece la memoria de sembradores como él, el menor no sería que el vocablo raza, si de la humanidad se trata, fuese a parar como una antigualla más al museo de las armas utilizadas en la prehistoria de la especie.

En una edición habanera de la obra de Firmin es natural abundar en los cimientos de la afinidad entre él y la vanguardia del pensamiento cubano. En 1882, afincado en un humanismo cuyo valor perdura y se proyecta hacia el futuro, Martí afirmó: “Las ciencias confirman lo que el espíritu posee”,9 y en su cardinal ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891, sostuvo: “No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre”.10 Son criterios que, a su modo, también pudo haber suscrito Firmin.

Desde que el antropólogo haitiano publicó su libro, las ciencias han avanzado, y seguirán haciéndolo. Basta leer algunas de las argumentaciones que él necesitó esgrimir en su lucha contra prejuicios y discriminaciones criminales, de lesa humanidad. Pero los principios básicos defendidos por él continúan en pie, alimentados por el espíritu justiciero, más fértil y perdurable que las minucias estadísticas, las mediciones físicas y los puntillismos genéticos, que ciertamente pueden servir a la emancipación, pero han sido manipulados por el racismo y su modalidad fascista. Los valores éticos y morales que abrazó Firmin viven también por encima de lo que en el original de su texto pueda hoy parecer, o ser, un lenguaje pasado de moda, o que fue del gusto personal de un autor a quien la República Francesa condecoró.

Él tiene —y es necesario que se le conozca— un sitio seguro en la estirpe del más elevado pensamiento de la emancipación crecido, con vocación de humanidad, en nuestra América. Al hacer trizas las “tesis” de la supuesta inferioridad de la “raza” etíope, vaticinó incluso que ella se haría sentir hasta en la presidencia de una nación como los Estados Unidos, marcada por realidades tan terribles como el Ku Klux Klan. El justiciero optimismo de tal previsión, inseparable de la solidez antirracista, merece que no tarde en ser validada por el futuro del planeta, no para prolongar los rejuegos y las maniobras de la opresión, sino para bien de la equidad y la liberación plenas, y la paz digna. La esclavitud —tanto en su rostro antiguo como en el más reciente— siempre y en todas partes ha sido instrumento de un sistema de explotación de unos seres humanos por otros, de unos países por otros; y si bien la llamada cuestión racial y la división de la sociedad en clases no deben confundirse como una misma cosa, tampoco se ha de olvidar que tienen interconexiones profundas y determinantes.

Este libro es un monumento de espíritu, de ideas, de combate por la emancipación y la dignidad humana, y con esa fuerza sale airoso de las erosiones del tiempo. No es un conjunto de ruinas que se deba salvar como curiosidad arqueológica. A despecho de lo que en él pueda considerarse o resultar superado, es una trinchera de ideas que seguirá mereciendo atención y respeto. La presente edición le rinde el homenaje de un país con el cual tuvo contactos significativos, no solo su ya mencionada relación con Martí. En un acto de homenaje a Firmin con ocasión de su centenario, el Embajador hatiano en Cuba, Jean Victor Généus, contó que el 5 de noviembre de 1889, bajo el gobierno de Florvil Hyppolite, Firmin, entonces canciller, recibió en su país a Antonio Maceo. Al hacerlo, no se atuvo a las conveniencias diplomáticas derivadas de las relaciones de Haití con España, y le dispensó al héroe cubano un tratamiento válido para que olvidara malos recuerdos que podía guardar de 1879, cuando sufrió en aquella nación hermana la actitud hostil del presidente Lysius Salomon, el mismo con quien se asocia el destierro por el cual Firmin escribió este libro en París.

Généus relató además que a Firmin se le nombró Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República de Haití ante el gobierno de la República de Cuba en 1908, año en que se constituyó el Partido de los Independientes de Color, y presentó credenciales el 3 de marzo de 1909. Ello, sostuvo el diplomático, le propició amistad con dirigentes de aquel Partido —como Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet—, a quienes solía recibir en su residencia. Ante las protestas de las autoridades cubanas, fue trasladado de Cuba a Gran Bretaña.11

De la estancia de Firmin en Cuba queda, entre otros testimonios, un ejemplar al menos de la edición original de esta obra, autografiado por él con fecha 21 de abril de 1909. Se conserva en los fondos de la Biblioteca Nacional José Martí, y fue el que este prologuista revisó para localizar las citas que acompañaban a Martí en Dos Ríos. El Instituto Cubano del Libro y su Editorial de Ciencias Sociales contribuyen ahora a que el libro cumbre del sabio Firmin —cuya traducción al español está en proceso de revisión editorial cuando se escribe el presente prólogo— ocupe el lugar que le corresponde, y sea conocido a esa altura, en la estirpe del más elevado pensamiento de la emancipación crecido, con vocación de humanidad, en nuestra América.

Luis Toledo Sande

La Habana, 10 de octubre de 2012

* Con leves y escasas modificaciones para su presente salida, se reproduce aquí el prólogo [“Monumento a la dignidad”] con que se publicó el libro de Anténor Firmin Igualdad de las razas humanas. Antropología positiva, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2013. Es la primera edición en español del volumen De l’egalité des races humaines (Anthropologie positive) [De la igualdad de las razas humanas (Antropología positiva), 1885]. (De las lectoras y los lectores que tenga el prólogo en la artesa espera el autor agradecido una dosis adicional de generosidad, para que le disculpen la imposibilidad en que se ha visto de conseguir que los números de las llamadas aparezcan volados, como es norma en textos impresos. L.T.S.)

1 Así firmaba y es más conocido, aunque su nombre era Joseph Anténor Firmin. El prefacio escrito para la presente edición por el también antropólogo haitiano Jean Maxius condensa datos y luz sobre la vida y la obra de Firmin, cuya trayectoria estuvo marcada por las contradicciones y los vaivenes de la política de su país, que le costaron períodos de destierro.

2 Datos aportados por Carolyn Fluehr-Lobban en su estudio introductorio a la edición en inglés (The Equality of the Human Races, traducción de Charles Asselin, Illinois University Press, 2002) del presente libro de Firmin. El texto de Fluehr-Lobban se cita aquí por Un acercamiento a la igualdad de las razas humanas (La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2011), donde se reproduce —vertido al español para ese volumen por Graciela Chailloux— junto con el capítulo final y la conclusión del estudio de Firmin que Lino D’Ou publicó, puestos en español y presentados por él, en la página “Ideales de una raza”, del Diario de la Marina, La Habana, 6 de abril de 1930, y que luego se reprodujeron en los Papeles del t[enien]te coronel Lino D’Ou, La Habana, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1977.

3 Precedidas por una valiosa introducción titulada con palabras de José Martí —”Un haitiano extraordinario”—, el historiador francés Paul Estrade aportó al número 233 (octubre-diciembre de 2003) de Casa de las Américas, traducidas del francés por Carmen Suárez León, varias “Páginas salvadas” de Firmin, a quien define como “abogado, jurista, latinista, historiador, economista ducho en asuntos financieros, publicista, […] un hombre culto, un gran intelectual y un político atinado”. Entre los textos de la citada sección de la revista se lee un fragmento del presente libro: la valoración de Toussaint Louverture.

4 Siguiendo indicios dados por Estrade en Casa de las Américas (ver nota 3) y por Rolando Rodríguez en su Martí: los documentos de Dos Ríos (Santa Clara, Ediciones Sed de Belleza, 2001) —volumen donde al pie de los fragmentos correspondientes el historiador cubano anotó: “Parece decir Firmin” —, sospeché que esas citas, glosas o paráfrasis provenían de la obra mayor de Antenor Firmin, y me lo confirmó una búsqueda hecha en la primera edición del libro. Ver Luis Toledo Sande: “José Martí contra el racismo” (Cubarte, 5 de febrero de 2004, http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/jose-martí-contra-el-racismo/11242.html) y, especialmente, “José Martí y un haitiano extraordinario: contra el racismo”, Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana (19 de mayo de 2010, http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/jose-marti-y-un-haitiano-extraordinario-contra-el-racismo/14961.html).

5 José Martí: “Bases del Partido Revolucionario Cubano”, Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. I, p. 279.

6 José Martí: Carta a Sotero Figueroa del 9 junio de 1893, Obras completas, cit. (en nota 5), t. II, p. 354.

7 La cita se lee en “Betances, Martí y el proyecto de Confederación Antillana”, título bajo el cual Paul Estrade recogió en las citadas “Páginas salvadas” (nota 3) de Anténor Firmin fragmentos de un ensayo de este último: “Haïti et la Confédération Antillienne”, Lettres de Saint-Thomas (Etudes sociologiques, historiques et littéraires), París, V. Giard, 1910, pp. 112-119.

8 Fechada en Puerto Príncipe, 22 de abril de 1891, figura entre las “Páginas salvadas” de Firmin reunidas por Estrade (ver nota 3).

9 José Martí: “Emerson” (1882), Obras completas, cit. (en nota 5), t. XIII, p. 25.

10 José Martí: “Nuestra América” (1891), Obras completas, cit. (en nota 5), t. VI, p. 22.

11 Jean Victor Généus: “Joseph Anténor Firmin: un gigante de nuestro Caribe” (Haitianos en la Historia de Cuba, 1 de octubre de 2011, http://haitianosylahistoria.blogspot.com/2011/10/joseph-antenor-firmin-un-gigante-de.html), intervención en el homenaje que el 28 de septiembre de 2011 se rindió en la Casa de las Américas a Firmin con ocasión del centenario de su muerte, ocurrida el 19 de ese mes en 1911.

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