El verbo injuriar designa actos de índole moral, y también física. En La música en Cuba se refiere Alejo Carpentier a estos últimos cuando habla de partituras “particularmente injuriadas por el tiempo”. No obstante, el uso ha favorecido que injuriar se asocie especialmente con efectos morales, al privilegiar su sinonimia con calumniar. Otro tanto le ha sucedido a ofender, aunque este otro verbo tiene uso asimismo en el plano material, como en el lenguaje militar, donde es antónimo de defender y pariente de ofensiva.

Pero bastaría el sentido de injuriar en el plano moral para estar advertido sobre sus consecuencias, que se agravan cuando se vinculan con el lenguaje soez, zafio, sin miramiento de entornos y receptores. Por el abuso, ciertas palabras, o palabrotas, van camino de agotarse, y muchas han perdido su connotación léxica.

Aparte de que la grosería causa los mayores daños en las costumbres, ¿qué haremos cuando ya esos vocablos no sirvan para emplearlos en lugares y con las connotaciones pertinentes, sin agredir a quienes no se les debe imponer que los oigan? ¿Será posible sustituir en pocos años, por otras que tengan sabor y eficacia, palabras acuñadas a lo largo de épocas? Lo más deplorable no sería que hubiera que volver a recórcholis y cáspitas, interjecciones que ya ni en muñequitos aparecen: lo peor son las secuelas dejadas en la conducta y la convivencia por la chabacanería hecha moda.

Y si de injuriar o insultar se trata, como norma general lo dicho define más a quien dice un improperio que a la persona contra la cual este es lanzado. Quien se expresa —sea para atacar o para elogiar— se autorretrata, y el autorretrato puede corresponder a un momento específico o representar esencias; pero, una vez trazado, queda como un documento, verbal o escrito.

Basado en su erudición y en su capacidad para escarnecer con ingenio, el argentino Jorge Luis Borges escribió un ensayo sobre el “arte de injuriar”, y diversos autores citan muestras reunidas por él en ese texto. Una se le atribuye —como frase propia o como cita de un texto ajeno— a Samuel Johnson, escritor inglés del siglo XVIII: “Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando”.

El catalán Néstor Luján apunta que, no obstante la jerarquía de ese alfilerazo, para Borges “la injuria más espléndida que conoció” fue dirigida por el colombiano José María Vargas Vila al peruano José Santos Chocano, quien en su turbio aventurerismo había estado a punto de ser fusilado: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia”.

Para ilustrar la pericia del mismo Borges en saetazos verbales a veces arbitrarios y siempre agudos, Luján cita lo que aquel, autor de Historia universal de la infamia y émulo de Johnson, añade acerca de Vargas Vila: “esta injuria es más singular si consideramos que es el único roce del autor con la literatura”, un juicio que no hay aquí espacio para comentar.

A Santos Chocano lo definen sus actos y sus textos, más que lo dicho contra él por Borges y Vargas Vila, quienes también quedan entrevistos en sus respectivos criterios, tildables de muchas cosas, pero no de no ser elegantes. Quien califica, se autocalifica, y si insulta, es muy probable que se autoinsulte. Habrá quienes merezcan recibir burdos improperios; pero debemos tener una aspiración: merecer no decirlos, para no mermarnos. Tanto en grandes ocasiones como en la cotidianidad, la grosería es, más que un dardo, un bumerán con bordes filosos y envenenados.

Incluso usada para condenar a criminales y adversarios políticos, la vulgaridad mella el raciocinio. Energía y radicalidad no se deben confundir con chusmería: aquellas se cultivan, y esta, yerba mala, crece sola, máxime si se calza con el supuesto servicio a buenos fines. En los ardores y rispideces de un campamento en pie de guerra, José Martí —primogénito entre los apasionados, y ajeno a la maledicencia— expresó en carta a un amigo su desprecio por los cabecillas anexionistas, y por los autonomistas, que podían engañar aún más que aquellos a sus compatriotas, y también pararían en el anexionismo. Pero ni en un texto confidencial bajó de su altura.

Dedicó a esos enemigos un ataque verbal violento, pero con una elegancia que a él lo retrata en su estatura moral y estética. Al llamarlos “especie curial, sin cintura ni creación”, alude a la condición de abogados característica de los más representativos caudillos del autonomismo, tendencia cuya esterilidad política, y falta de coraje, él repudiaba. De haberlo hecho groseramente, su valoración, devenida testamentaria con su muerte en combate al día siguiente, no habría alcanzado la eficacia que la eterniza. ¡Oigámoslo!

Luis Toledo Sande

http://www.bohemia.cu/2014/04/01/opinion/pensandolo-bien.html

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