Samuel Feijóo en 1964. Foto: cortesía de Adamelia, su hija

Samuel Feijóo en 1964.
Foto: cortesía de Adamelia Feijóo, su hija

Su obra lleva el sello de la proeza, y su biografía, por mucha sobriedad que buscase, pudiera hacer pensar que no retrata a un ser real, sino a uno más —que no menos— entre personajes creados por él: dígase Juan Quinquín o Wampampiro Timbereta. Pero las peculiaridades que lo distinguieron difícilmente quepan en palabras.

Fue un ser humano extraordinario, mezcla de Don Quijote y Sancho no manchegos, sino cubanos de montes y llanuras. Asumió y acrisoló en su labor lo hispano de Cuba tanto como lo africano y lo aborigen. Su novela Jira descomunal, nombre posible para la biografía sugerida, se define en el subtítulo como cubana nativista, costumbrista, folclorista e ¡indigenista!

Nació el 31 de marzo de 1914 en un poblado cuyo topónimo podría ser uno de sus “inventos”, pero a este articulista le han asegurado que es verdadero: La Jorobada. Pertenece a San Juan de los Yeras, territorio del municipio villareño (hoy villaclareño) de Ranchuelo, donde el futuro creador se inició en la vida escolar. Más tarde se mudó para La Habana, y aquí cursó el bachillerato. Estudió y enseñó inglés. Fue, sobre todo, un autodidacto. Más que sabio, era sabiduría andante.

En su juventud permaneció alrededor de tres años en Nueva York, donde se dice que fue diseñador en una fábrica (¿de muebles?) y lo cesantearon por participar en una huelga. La mayor parte de su existencia transcurrió entre Las Villas, que hasta la división político-administrativa del país en 1976, abarcó un área mucho más vasta que la actual. Incluía Cienfuegos, en cuya ciudad cabecera también residió, como en Santa Clara. En La Habana vivió sus últimos años, hasta morir el 14 de julio de 1992.

Trashumante empedernido, se movió por aquellas ciudades, y por otras, así como por numerosas regiones rurales. Más allá de las fronteras cubanas, recorrió buena parte del mundo, y cosechó altos reconocimientos, además de provocar verdaderas sacudidas con sus ocurrencias. Dondequiera que iba, llevaba consigo el catauro que, urdido con memoria y apuntes, volvía lleno de maravillas para su fértil fiebre creativa.

El folclorista

El folclor cubano tuvo un peso sobresaliente en su ardor investigativo. Si no hubiera hecho otras cosas, esa vertiente de su tarea —él mismo en diálogo, como uno más, con los portadores de las tradiciones nacionales que nutrían su cosecha— bastaría para que se le rindiera honor. Lo silvestre que pudiera apreciarse en cuanto hizo, fue proteína de su vitalidad. La montuosa producción que acopió seguirá apoyando lo hecho, y lo por hacer, en un terreno que ha sido y será sustrato de la idiosincrasia nacional.

De su acarreo en ese campo, o en zonas próximas y afines, nacieron, a veces en más de un tomo, antologías o compilaciones como Cuentos populares cubanos, Los trovadores del pueblo, La décima popular, Refranes, adivinanzas, dicharachos, trabalenguas, cuartetas y décimas antiguas, Mitos y leyendas en Las Villas, Diarios de viajes montañeses y llaneros y —síntesis y suma— su Mitología de Cuba, núcleo de una reciente multimedia.

El editor

Desde joven mostró su vocación literaria, que parece haber empezado a expresarse —como suele ocurrir— por la poesía, y esa pasión se le unió a otra íntimamente vinculada con ella: la del editor. Especialmente desde 1958 protagonizó un empeño que anticipó y nutrió la institucionalización con la cual la Revolución Cubana —que en 1959, el mismo año de su triunfo, creó la Imprenta Nacional y siguió dando pasos y cosechando frutos que llegan hasta hoy— revirtió la penuria editorial que el país había sufrido.

Además de dirigir Islas, que, adscrita a la Universidad Central de Las Villas, pronto devino una de las más sobresalientes revistas que hayan honrado a Cuba, encabezó en aquella Universidad el Departamento de Publicaciones y el de Investigaciones Folclóricas. La lista de autores y títulos —cerca de un centenar de libros— que se beneficiaron de su gestión no parará de asombrar por su variedad, su riqueza y su altura. Una muestra representativa de la diversidad de los autores se tiene con recordar a Juan Marinello, Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Raúl Roa, Ángel Augier, Cintio Vitier y Roberto Fernández Retamar, entre otros.

Buena parte de la revista y de los libros la ocupaba la obra del propio editor. Eso ha estado quizás entre los motivos de mohínes con que a veces parece querer devaluarse un quehacer ciclópeo, generoso y productivo. Si faltaban textos para satisfacer el ritmo de trabajo de Feijóo, ¿por qué no iba a encargarse él de no dejar espacios vacíos, y de hacer productivos los recursos?

Lo hizo con páginas propias y, muchas veces, con el saldo de sus rastreos y acopios sobre la cultura nacional. De ellos nacieron los libros Colección de poetas de la ciudad de Camagüey, La décima culta en Cuba, Cantos a la naturaleza cubana del siglo XIX, El movimiento de los romances cubanos del siglo XIX y Sonetos de Cuba.

Sería mezquino desconocer o subvalorar lo que hizo desde ese frente, y olvidar la esplendidez natural con que, junto a celebridades, publicaba a autores a cuyo conocimiento él contribuyó. Tal denuedo empezó antes de vincularse con la mencionada Universidad —piénsese en el volumen, preparado por él y editado en 1948, Rumores del Hórmigo, de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé—, y lo continuó tras su separación de ella.

Su salida de esa institución requeriría un comentario aparte, pero es innecesario. Se trata de rendirle a Feijóo el homenaje que acaso no merezcan, a pareja altura con él, quienes lo sacaron de aquella institución. Fue un ser humano originalísimo, emprendedor, altamente creativo, y también, casi se diría que por consiguiente, difícil de disciplinar, de embridar. Personas así suelen facilitar las cosas a quienes, por el motivo que sea —y sin descartar razones—, quieran deshacerse de ellas.

Añádase, sí, que ha habido quienes han querido convertir aquel hecho en una injusticia cometida “por la Revolución Cubana”. Pero es sabido que la generalidad de las más prestigiosas instituciones de esta, y sus más altas autoridades, respetaron, admiraron y defendieron a Feijóo, incluso cuando se produjo aquella separación. Indivorciable de ese apoyo fue el nacimiento de Signos.

Con ella, que, al igual que Islas, hoy sigue editándose, continuó su infatigable labor de revistero. A Signos se le dio sede en la Biblioteca Provincial de Las Villas —hoy de Villa Clara—, y en el número bautismal (noviembre de 1969) se presentó con el lema subtitular En la expresión de los pueblos y como auspiciada por el Consejo Nacional de Cultura. Un Aviso editorial la acreditó como “órgano del Departamento de Investigaciones de la Expresión de los Pueblos, radicado en la provincia de Las Villas”. ¿No sería otra singular ocurrencia del editor?

También en sus páginas dio cabida a numerosos y diversos autores; pero, mientras él pudo llevar las riendas, en gran medida fue cauce para la obra de uno de los creadores más prolíficos que el país haya tenido: fue, sobre todo, la revista de Feijóo.Como para recordar la sabiduría con que los antiguos aseveraban que la virtud y el defecto son las dos caras de una misma moneda, su sobreabundancia quizás haya dificultado que se llegue a la nuez de su obra y se tenga clara percepción de su alta jerarquía.

El narrador

Como la generalidad de los autores del país, Feijóo disfrutó el ensanchamiento creativo y editorial propiciado por la Revolución: “le ofrece ancho campo en que manifestarse, y él lo llena con su poderosa frescura popular”, escribió Nicolás Guillén en 1961. Su libro Cuentacuentos le valió en 1975 el Premio que en la UNEAC lleva el nombre de otro autor que merece salvarse del olvido: Luis Felipe Rodríguez. (¿No habrá más ejemplos? Sobre la obra personalísima de Onelio Jorge Cardoso, no poco afín a Feijóo, ha caído un silencio editorial al que —sean cuales sean sus causas— urge ponerle fin, y no solo ni en lo fundamental porque 2014 sea también su centenario.)

La cuentería —término usado por Feijóo como título de una de sus colecciones de relatos, y que apunta a los nexos de estos con las canturías populares— fue asimismo para él una manera de poner cauces literarios a experiencias y conocimientos que acumulaba en sus andanzas de viajero rural y urbano. En ellas degustó y asimiló la herencia del costumbrismo y aires de la picaresca.

En ese camino, o espíritu, el huelgo de la novela le propició un despliegue mayor. Ahí están Jira descomunal, Pancho Ruta y Gil Jocuma, Tumbaga, La vida completa del poeta Wampampiro Timbereta, y la que más especial acogida ha tenido: Juan Quinquín en Pueblo Mocho. Además de tener una versión televisual, fue llevada al cine por Julio García Espinosa, con abrazo entusiasta del público. Por la significación del novelista, y del realizador, la película debería volver a las pantallas.

El poeta

Sin desconocer el espacio que otros géneros literarios tienen en el torrente creativo de Feijóo, vale decir que fue medularmente un poeta, verdad en la cual insistió con razón Cintio Vitier. No es la cifra lo que más debe atenderse en él, pero procede tener en cuenta numerosos volúmenes, empezando por Camarada celeste. Fue el primero en aparecer, le valió altos reconocimientos y devino antesala de una lista que sería desmesurado citar en su totalidad. Menciónense por lo menos Beth-el, Libro de apuntes, Faz, Carta en otoño, Violas, El girasol sediento, Cuerda menor y Ser fiel.

En la poesía tuvo una aliada fiel para ver y asumir el mundo, y energía para estructurar los frutos de la erudición atesorada a lo largo de su existencia. Tal dedicación pudiera representarse con el metafórico título que usó para designar compilaciones de destellos de su pensamiento, de sus saberes: Alcancía del artesano.

José Lezama Lima, tras reclamar para “el estudio de la literatura” una perspectiva que rebasara “las fuentes de información […] estrictamente literarias”, sostuvo: “Hay que señalar en esa dirección las investigaciones folclóricas de Samuel Feijóo, realizadas con verdadera alegría de creador, que aclaran zonas de nuestro vivir que guardan profundas y soterradas relaciones con la poesía”.

No es fortuito —y no solamente porque Feijóo colaborase en la célebre revista homónima de esa hornada de creadores— que así se expresara con respecto al poeta villareño el maestro mayor del Grupo Orígenes. Con este, especialmente con el propio Lezama, Cintio Vitier y Fina García Marruz —y con Cleva Solís, inscrita en los sentires y modos de dicha promoción, y en cuya casa amiga vivió sus años finales—, el autor de Pleno día tuvo afinidades que no autorizan a desconocer su portentosa individualidad. Con ella cabe conjeturar que, en no poca medida, las afinidades mencionadas habrán tenido que dialogar, pulsear, atemperarse. Y hasta sonreír, por lo menos.

Él, que fue también un lector voraz, buscaba conocimientos y belleza no solo en el estudio de textos, sino igualmente por rutas sintetizables en varios de sus títulos: Diarios de viajes montañeses y llaneros, Caminante montés, Libreta de pasajero. Además, a diferencia de los miembros de Orígenes, no era católico. Ni hay pruebas de que su religiosidad representara para él las tensiones que aquellos afrontaron por la suya.

Según declaraciones recogidas por el investigador René Batista Moreno, Feijóo —aludiendo presumiblemente a su entorno familiar— sentía que lo habían enseñado “a confiar en un Dios” y lo habían llenado “de cristianismo protestante”. Pero se guiaba, sobre todo, por la consistencia ética del cristianismo originario, la del Jesús “traicionado y crucificado por la sanguinaria turba de dogmáticos, fanáticos, de la religión dominante de su tiempo”. Eso también haría que el autor del poemario Beth-el —en el cual, ha escrito Virgilio López Lemus, “seleccionó un tema bíblico para escribir un texto intelectivo” con “la naturaleza insular” como fondo— se sintiera afín a los colegas, ciudadanos, patriotas honrados que sobresalieron en Orígenes y fueron sus amigos.

El periodista

Gran parte de la vida de Feijóo transcurrió en años durante los cuales los más destacados escritores del país ocupaban espacio asiduo, como autores, en las publicaciones seriadas nacionales. Estas daban margen de compensación ante la pobreza editorial vernácula, y a la vez se prestigiaban con una práctica que merece retomarse: dar a los escritores una amplia acogida que a menudo incluía reservarles columnas propias.

El quehacer periodístico de Feijóo dejó huellas no solo en Orígenes, revista cuya perdurable trascendencia cultural es inversamente proporcional a su escasa tirada, sino también en otras, que unían relevancia profesional y alcance masivo: Carteles, El Mundo, Hoy, Granma y Bohemia. Las tres últimas, y lo que Feijóo ofreció en ellas, muestran que, para él, el periodismo no fue solo cuestión de pan ganar y autopromoción.

Su labor en la prensa confirmó que sus investigaciones sobre la cultura popular no nacieron de una aséptica voluntad intelectiva. Fueron una vía para reconocer la dignidad —humana y cultural— de los pobladores más humildes del país, y para denunciar las injusticias de las cuales eran víctimas. Lo hizo con particular intensidad en Bohemia.

Su colaboración en esta revista permitió que todavía en mayo de 1958, cuando ya Feijóo llevaba recorrido un tramo de sus andanzas multidisciplinarias, Medardo Vitier —no nos detendremos en otros juicios incitantes reunidos en el artículo aquí citado— sostuvo que muchos lo conocían, sobre todo, “por sus escritos en Bohemia, donde ha pintado con realismo y ternura vidas humildes de gente de campo, de mar, de brega y de pena”.

Motivado por el centenario del escritor, un colega de esta revista, Pedro Hernández Soto, ha incluido en su sitio digital propio (http://hdezsoto.wordpress.com) un artículo donde pondera los textos que publicó en ella. Sin pretender ser exhaustivo, cita cerca de una veintena, y señala que en su gran mayoría fueron “fuertes acusaciones en pleno auge de la feroz represión de la sangrienta tiranía de Fulgencio Batista y Zaldívar”.

El pintor y dibujante

Aunque el presente artículo no ha tenido afán exhaustivo —apenas traza un esbozo sin citar ni remotamente la totalidad de títulos de su bibliografía—, lo apuntado pudiera parecer excesivo como obra de una sola persona. Pero esa persona hizo mucho más. Aún aquí no se ha mencionado su venturosa producción en las artes plásticas, menos conocida que el resto de su obra.

Ya era significativo lo que había hecho en esa esfera cuando en 1958, el mismo año en que asumió sus responsabilidades editoriales en la Universidad Central, ingresó en el Taller de Artes Plásticas de Cienfuegos. Además de dibujos autónomos, son parte de su producción en ese género muchas de las ilustraciones con que calzó su quehacer de editor y sus propios textos. Señaladamente ocurrió en Signos.

Lejos de limitarse al dibujo, hizo numerosas pinturas. Como en aquellos, en estas mostró el pulso de un creador de intención primitivista, pero no propiamente primitivo. Lo enriquecía una cultura insondable, tan selvática y vital como él. En dibujos y pinturas evidenció el dominio de la composición, y tiene un bien ganado sitio como artista. Obras suyas se encuentran en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

El Samuel Feijóo

Era, él solo —o con escaso apoyo—, una institución fructífera. Aunque cualquiera de ellas bastaría por sí sola para mostrar a un creador extraordinario, ninguna de las vertientes de su quehacer pudiera valorarse acertadamente si se le desgaja de las otras. En el todo que él fue, pudiera señalarse una particularidad que viene a cuento en su posible comparación con Lezama Lima.

En la bibliografía del fundador de Orígenes figura un título como La cantidad hechizada, coherente con su característica mezcla de exuberancia barroca y autocontención crítica. Feijóo, por su parte, se prodigó en lo que pudiera llamarse la cantidad desatada, no solamente por el “silvestre desmelene” que en referencia a su libro de cuentos Diario abierto señaló Imeldo Álvarez, sino por un sentido de libertad leal a sus propias normas.

Como se ha dicho, la desmesura, inseparable de su proeza, puede estar entre las causas —no será la única— que han dificultado valorar más amplia y justicieramente su obra. Con respecto en particular a su producción poética, y sin desconocer las valiosas antologías hechas por Cintio Vitier cuando aún el autor de Pleno día no había completado su andadura, más de una voz ha clamado por una selección rigurosa y actualizada en la cual unas decenas de poemas, un centenar acaso, ofrezcan la imagen justa de uno de los grandes autores de la lírica cubana.

Guillermo Rodríguez Rivera, una de esas voces, también ha puesto por escrito la inconformidad ocasionada en muchas personas por un hecho infeliz: al autor de tantos libros sembradores, no solamente de poesía, se le privó del Premio Nacional de Literatura. Cuando pudo ser su turno de recibirlo, se entendió que no era pertinente, porque ya él ni siquiera iba a enterarse.

En tal razonamiento, que no parece haberse aplicado por igual en otras áreas artísticas, ve Rodríguez Rivera —no es el único— el agravante de la crueldad. Feijóo padecía una demencia senil que tal vez fue el reforzamiento extremo de tendencias que se daban desde temprano en él. Cintio Vitier, quien lo conoció bien, y lo apreció sin reservas, ¿pensaría en ellas cuando, unos pocos años antes de la muerte del amigo, mezcló con la querencia lo que tal vez ni él mismo sospechó que era broma de zahorí? Lo llamó “un poeta sabio, un niño sabio, un loco sabio”.

Feijóo se quedó sin aquel Premio, y este perdió aún más al quedarse sin Feijóo. Él tenía por más importante que las condecoraciones la obra hecha. Se sabe que lo ratificó al recibir la Orden Félix Varela, la más alta otorgada por el Estado cubano en la esfera de la cultura artística y literaria, y que él fue de los primeros en recibir merecidamente, y en honrarla con su obra y a su modo.

También sobre eso hay pistas para el libro donde pudiera reunirse un sabroso anecdotario de Feijóo. Evadiendo la solemnidad, podía explayarse en la irreverencia, y acostumbraba reírse hasta —si no en primer lugar— de sí mismo: usanza sana, pero fuente de posibles “argumentos” para que no se valore justamente a quien la practica.

Una tendencia, más peligrosa aún, podría contribuir con mayor sordidez a que Feijóo termine siendo olvidado, o no tan recordado como él merece. Puesto que no sufrió las consecuencias de líneas oficiales fallidas o mal aplicadas, cabría suponer que no hace falta enaltecerlo, porque tampoco hay que reivindicarlo. Felizmente, hay buenos indicios en torno a él. En 2013 se creó la Comisión Nacional que, encargada de celebrar su centenario, podrá seguir trabajando en el acertado cultivo de su memoria.

Para eso, nada mejor que su propia obra. Desde la Feria del Libro del presente año, el de su centenario, se han vivido capítulos —publicaciones, foros…— que ratifican la voluntad institucional de hacer justicia al legado de quien, en páginas de rico contenido autobiográfico, se vio —con la informalidad y a veces el desparpajo que enfiló contra la vanidad y la arrogancia— como un zarapico.

Se identificaba así con un ave humildísima, a la que puso un nombre en el cual se percibe la combinación de variantes léxicas canonizadas: zarapito y sarapico. Pero él, que hacía reventar diccionarios, fue una figura descomunal en la cultura cubana, y es cuestión de honor y sensatez, y de justicia, impedir que la cultura patria se quede sin él. Ni sin otros y otras que le alimentaron a ella el alma.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/04/21/cultura/samuel-feijo.html

También aparecerá en la edición impresa de la revista.

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