Cuando visitó Venezuela tenía tal vez esta imagen. Fuente: cervantes.es

Cuando visitó Venezuela tenía tal vez esta imagen.
Fuente: cervantes.es

Aunque también la disfrutara, se cuenta que Miguel de Unamuno sufría la sombra luminosa que su autoridad académica tendía sobre su obra y su imagen pública. Percibía que el prestigio del pensador solapaba su condición de creador de poesía. Sus expectativas e insatisfacciones al respecto se apreciaron cuando, según lo contado, alguien le preguntó al autor de ensayos medulares y rector emblemático de la Universidad de Salamanca si también era poeta, y él contestó: “Yo también soy lo demás”.

Nicolás Guillén pudiera ubicarse en las antípodas de esa experiencia. Quien conoció en vida el merecido aprecio mundial logrado por su obra poética, aprecio que en su patria le valió el título de Poeta Nacional, pudo haber sentido la necesidad de exclamar: “¡Yo soy también periodista!” El reconocimiento de su labor en el periodismo no parece abrirse paso a la altura de su relevancia, pese a la publicación de los cuatro volúmenes que dan fe de esa parte de su obra: Prosa de prisa.1

El prólogo, de Ángel Augier, comienza con la afirmación de que “el gran poeta ha monopolizado la personalidad reconocida, la imagen generalizada del autor. Pero con el gran poeta coexiste un gran prosista, como saben quienes han seguido de cerca su trayectoria literaria” (vii). El acierto del juicio no basta para soslayar las confusiones amparadas por las imprecisiones conceptuales de la tricotomía verso/poesía/prosa, que no es el tema de los presentes apuntes.

En ellos no se aspira a tratar el periodismo de Guillén con el abarcamiento merecido, ni discernir sobre percepciones y prejuicios que benefician a unos géneros expresivos sobre otros. Apenas lo rozan dentro de los límites de lo prometido en el título, sin agotar siquiera la parcela marcada por la estancia de Guillén en suelo venezolano. Hacia allí partió a finales de 1945, para un periplo, no menos político que literario, que lo llevaría a otros países de nuestra América: Colombia, Perú, Chile, Brasil, Uruguay, Argentina.

Su interés por Venezuela —afectivamente identificada en Cuba, como en el resto de la región, como tierra de todos, por ser la cuna de Simón Bolívar, El Libertador— no nació de ese recorrido. Aparece ya explícitamente en 1937, en una de sus muestras de apoyo a la Segunda República Española, agredida por la acción anticonstitucional que durante décadas sembró el tenebroso terror propio del fascismo, y dejó un legado con vertientes y portadores que llegan a la actualidad. El 6 de diciembre de aquel año apareció en la revista habanera Mediodía el artículo de Guillén titulado “Cubanos en España. Un pelotero, capitán de ametralladoras” (107-110). El texto —semblanza de Basilio Cueria, “aquel gigantesco mulato” cubano que, hijo de padre asturiano y madre negra, cambió el beisbol por las armas para vivir en España “la gloria […] de los hombres que están sufriendo otra vez por la libertad”— incluye la preocupación venezolana del autor.

Con perspectiva internacionalista, Guillén reclama: “Hay que clavar en el espíritu de nuestro pueblo una sencilla verdad: por encima del color rojo, amarillo, negro, blanco, está la terrible desigualdad material, el monstruoso reparto de los bienes del mundo, y es necesario combatir” para que “la distribución sea más justa, el reparto más equitativo”. Entre los ejemplos que cita para sostener que esa actitud debe tenerse “en todas partes”, figura este: “en Venezuela, contra los gobiernos que permiten a ingleses y alemanes chupar avaramente todo el petróleo del suelo”, y —desde su experiencia cubana— este otro: “en las Antillas, contra la avidez cañera, azucarera, bananera, minera, de los Estados Unidos de Norteamérica” (107).

Su viaje a Venezuela lo emprende con esa visión del mundo, con esa actitud, y con un prestigio literario cimentado ya entonces en varias de sus contribuciones principales a la poesía del continente y de la lengua española en general, no solo a la lírica cubana. Para esa fecha se habían publicado sus volúmenes Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo. Poemas mulatos (1931), West Indies Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937), España. Poema en cuatro angustias y una esperanza (1937) y Sóngoro cosongo y otros poemas (1942, con una elogiosa carta del exigente Unamuno).

También tenía el aval de su labor ensayística, con textos como Claudio José Brindis de Salas, el rey de las octavas (1935) y Estampa de Lino Dou (1944), y de una creciente producción periodística en distintitas publicaciones, desde antes incluso de haber sido redactor de El Camagüeyano, en su ciudad natal. Su producción la esparcieron en La Habana, ampliamente, los diarios El Mundo, Información, Hoy y otros órganos, como la citada revista Mediodía, publicación de los comunistas cubanos, al igual que el último de aquellos rotativos.

Su escritura la acompañaba una trayectoria internacional que incluía su participación (1937) en el Congreso organizado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, de México, y en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en medio de la guerra civil española. Tal fue el Guillén que en noviembre de 1945, en vísperas de partir para Venezuela, ofreció en la sociedad femenina habanera Lyceum-Lawn Tennis Club del Vedado una conferencia que ratificó su respeto a las exigencias artísticas de la poesía, su conciencia de cubanía plena y sus ideas revolucionarias en el plano político y social.

En él, todo lo marcaba el signo de la integración, con el cual se opuso a que en su país se imitaran actitudes que en el plano llamado racial habían servido en otros lares, y en la propia Cuba, para fomentar un segregacionismo conveniente a quienes entonces, como a lo largo de la historia y en la actualidad, han sabido sacar provecho de la máxima divide et impera. Expuso claramente su punto de vista en “El camino de Harlem”, artículo programático publicado el 21 de abril de 1929, y que signó su colaboración en la página “Ideales de una raza”, que, colada en el reaccionario Diario de la Marina, fue donde se dieron a conocer sus Motivos de son.

La altura estética e intelectual y la lucidez ideológica de Guillén, y su don de gente, fueron garantía para la acogida que se le tributó en Venezuela, por lo menos desde que el 10 de enero de 1946, en el Teatro Municipal de Caracas, compartió un recital con los célebres venezolanos Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco y Vicente Gerbasi. Fue el inicio público ostensible de un itinerario que lo llevaría también a otros parajes en aquella nación.

Según Prosa de prisa, de ese viaje nacieron siete artículos, que circularon en El Nacional, de Caracas, cinco, y en Hoy, de La Habana, dos. El primero, “Ciudad en construcción”, aparecido en El Nacional, ofrece la visión del poeta periodista sobre el crecimiento experimentado por Caracas entonces. Quien la haya conocido décadas después, apreciará cómo en el texto se perfila lo que empezaba a ser la ciudad atollada en medio del conjunto montañoso de El Ávila: “Caracas está en todas partes. Sube en sólida[s]2 masas de diez y doce pisos, buscando el aire que ya le niegan sus estrechas calles; derrámase en vastas urbanizaciones, que muerden el campo vecino e invaden las antiguas señoriales quintas de recreo; trepa por lo que hay libre en el cerro que la cuida, para llenarlo de vertiginosas viviendas, algunas de gusto detestable, lo cual no es raro ni en Caracas ni en muchos otros sitios cuando los ricos proyectan sus palacios, pues con frecuencia no les ha venido el dinero en compañía de la suficiente cabeza para usarlo”.

Y ve igualmente Guillén otra cara de la metrópoli: “Junto a esa Caracas que se expande, o mejor dicho, sobre ella, como si la espiara, hay otra que comunica a la ciudad un carácter único: es el rebaño de casitas apiñadas en las faldas del Ávila, sobre la tierra amarillenta, con sus frentes rojos, con sus techos de tejas antiguas, en canal, y su enjambre de muchachos de todos colores en las puertas. Son las viviendas del pueblo, cuya ubicación envidian los ricos, y que a la larga serán barridas por el avance caudaloso de la urbe. Si es bello verlas allá arriba, como subidas por una grúa, más lo es aún contemplar a Caracas desde ellas, encajonadas [sic, ¿encajonada?]3 entre montañas, en el fondo de un breve abismo. Por las noches, esas casitas se encienden, parpadean sobre la ciudad como estrellas próximas, como astros urbanos de utilidad municipal. ¡Espectáculo maravilloso, uno de los que más sorprenden al viajero […]!” (306).

Los reportes venezolanos de Guillén obedecen a un plan editorial que, pensado de antemano, o definido sobre la marcha, revela toda una estrategia comunicativa. En el final de ese artículo pudiera percibirse levedad: el autor se fija en los nombres de las calles caraqueñas y los compara con los que tienen las de La Habana, donde las direcciones le parecen, o son, más precisas. Pero el aire de aparente ligereza abre el camino para los dos artículos titulados “Junto al Ávila (I)” y “Junto al Ávila (II)”, editados en Hoy los días 20 de febrero y 20 de marzo de 1946 (308-309 y 310-312, respectivamente).

En el primero alaba al pueblo venezolano: “Hay en los hombres y mujeres de estas tierras un don cordial de tan fina condición, que es como una malla sutil pero firme, de la cual no puede uno zafarse sino mediante un esfuerzo excepcional, a veces brusco”, y alude a la identificación entre Cuba y Venezuela, que él describe como “prolongación de nuestra sonriente Antilla”: “Salvo las provincias andinas, ya en los límites de Colombia, el resto es mestizaje atlántico, Caribe; mulatez blanquinegra, en fin. Recuerdo mi primer recorrido por las calles de Caracas, en la inteligente compañía de Miguel Otero Silva, y mi avidez por hallar lo que en este pueblo fuera distinto del mío. ¿Qué vi? Gente como las de Cuba. Mulatos, negros, blancos… Un fuerte dejo santiaguero en el habla dulzona y mucho del ambiente urbano de nuestra hermosa ciudad oriental. Claro que entre Caracas y Santiago de Cuba media la misma distinta [sic, ¿distancia?] que hay entre una ciudad sofocada en los límites de la provincia y una capital en pleno desarrollo. Pero a cada instante, al revolver una esquina, a la subida de una empinada callejuela, en la disposición tropical de una frutería, en el ambiente de un restaurante, en el clima familiar de un parque y hasta en el hilillo sucio y rastrero del Guaire, topamos con semejanzas y parecidos entre aquello y esto” (308).

Una de sus imágenes definitivas captadas por Juan David. Fuente: cubaliteraria.cu

Una de sus imágenes definitivas captadas por Juan David.
Fuente: cubaliteraria.cu

También se refiere a la vida nocturna de aquella Caracas, que le parece inocente comparada con La Habana de entonces, “el sonrojo de todo el Continente”. Ante esta observación, los lectores de su poesía —de Cantos para soldados y sones para turistas, por ejemplo— recordarán lo que en la capital cubana representaba la presencia yanqui. Pero el título de esos artículos, destinados al lector cubano principalmente, es más bien un guiño, un emblema para remitir a temas abarcadoramente venezolanos. De hecho, el segundo de ellos relata el viaje del autor a lo que podríamos llamar la Venezuela profunda. Desde el avión en que se traslada a Ciudad Bolívar contempla el Orinoco, y luego testimoniará: “Miré la hora y anoté en una pequeña hoja de papel: ‘Febrero 2 de 1946. Cuatro menos cuarto de la tarde. Veo por primera vez el río Orinoco…’”

Pero en el centro de su visión de la realidad laten preocupaciones sociales: “El privilegio [de ver el Orinoco] no era vulgar. Desde el fondo de mi alma daba las gracias al poeta Héctor Guillermo Villalobos, presidente del Estado de Bolívar, por haberme invitado a realizar ese viaje, que muchos venezolanos no han hecho, que acaso no lo hagan jamás. El de Venezuela es un territorio inmenso —diez veces mayor que el de Cuba— y no es fácil recorrerlo, sobre todo porque las vías de comunicación son muy escasas. La más cómoda, la más rápida, que es la aérea, resulta harto costosa para el común de las gentes, las cuales no suelen tener amigos como el hondo lírico guayanés”.

Cuando, ya en tierra, inicia el recorrido desde el sitio donde se aloja hasta el muelle en que toma una embarcación para navegar por aquellas aguas, observa: “Gente pobre, sentada a la puerta de bohíos más pobres todavía, la piel cetrina y la mirada incierta, nos veían pasar. Tal vez les era difícil comprender nuestra euforia frente a un espectáculo tan simple, tan natural para ellos, como el de aquellas aguas rodando eternamente hacia el océano” (310). Durante el recorrido por el río llaman su atención, entre otras cosas, los mogotes “que emergen del agua como gigantescos hipopótamos”, y apunta: “¿Quién no los conoce en Ciudad Bolívar? Son las ‘lajas de las sapoaras’, cantadas por Villalobos”. Pero tampoco entonces se queda en lo pintoresco del paisaje: “Allí, en el mes de junio, hallan trabajo en la pesca cientos de guayaneses, y muchos también hallan la muerte, porque esas piedras, resbaladizas, son siempre muy traicioneras…” (311).4

La gran corriente lo impresiona y le recuerda a Cuba: “A medida que se avanza por el Orinoco, la idea de río va borrándosenos de la mente para dar paso a una neta noción marítima. ¿Qué importa que el agua sea dulce? Muelles, barcos de gran calado, pelícanos, islas, resaca, puertos, aduanas… ¡pero hombre! Esto es el mar, el océano. Para río, el Cauto natal, que no lo disimula, y que como enseñaba el texto de geografía de nuestro bachillerato, ‘solo es navegable en su desembocadura por buques de pequeño calado’” (311-312).

El modo humilde y entrañable de comparar recuerda la sonriente bravosidad de su compatriota José Lezama Lima, al decir que el pintor Mariano Rodríguez, cubano igualmente, de regreso a La Habana tras su experiencia diplomática en la India, ya había “podido ver los cuatro grandes ríos: el Ganges, el Sena, el Amazonas y el Almendares”.5 El humor es aquí indicio afectivo de que, para Lezama, el río habanero representaba “la tierna humildad”, algo parecido al sentimiento de Guillén con respecto al Cauto. Pero la clave en su manera de relacionarse con la naturaleza permanece afincada en lo social.

Los artículos “Junto al Ávila” son la antesala de los cuatro textos siguientes, destinados por directo al público venezolano, pues se publicaron en el diario caraqueño El Nacional: “La vida intelectual” (313-315), “Petróleo venezolano” (316-318), “Lagunillas” (319-320) y “Maracaibo y los maracaiberos” (321-323), aparecidos los días 23, 26 y 27 de abril de 1946, respectivamente, los tres primeros, y presumiblemente muy cerca de ellos el cuarto, cuya fecha de edición no se indica en Prosa de prisa.6 Veamos primero los tres últimos.

“Petróleo venezolano” relata parte del recorrido zuliano del autor: el que hace por los dominios de la Creole Petroleum Corporation, especialmente por la ciudad de Cabimas y el célebre lago Maracaibo, con el doctor Leonardo Altuve Carrillo, otrora diplomático y a la sazón encargado del departamento de “relaciones exteriores” de la poderosa empresa. Guiado por Altuve, Guillén vive “una excursión muy simpática de la que participaron periodistas y escritores de Maracaibo. El restaurante, primero, con su ancha terraza llena de aire y de sol; el consultorio médico de la compañía, después, y por último el colegio, una escuela denominada Concordia… Todo naturalmente en orden; todo limpio, todo amable a los ojos del más exigente de los inconformes”.

Luego viene “el paseo por el lago, que fue el número fuerte del programa. Altuve brindó a sus invitados un par de horas de las que no se olvidan. ¿Se imagina el lector lo que es recorrer aquella inmensidad lacustre en una lancha de velocidad casi trasatlántica, y con un guía lleno de esprit, que conoce al dedillo todos los rincones del Coquibacoa?” Todo esplende. Pero el cronista mira a lo hondo, incluso físicamente: “Allá abajo, a cinco o seis mil pies de profundidad, su fondo bituminoso brinda el oro negro en que es millonaria toda esta región del Zulia. En el mediodía solar, el lago finge una misteriosa Nueva York, donde a lo largo de cientos de kilómetros los pozos fueran monótonos rascacielos grises, dispuestos en inalterables avenidas” (316).

La referencia a Nueva York no es casual. Pocas líneas después, descritos ya los pozos con sus distintas prestancias tecnológicas, el periodista recuerda versos de Otero Silva:

Entra el taladro en la tierra,

la tierra venezolana;

suda el hombre, suda, suda,

el hombre venezolano.

Crujen las máquinas yanquis,

grita el ingeniero yanqui.

…………………………………

El hombre venezolano

regresa al atardecer,

sucio, fatigado, hambriento.

Cuatro chiquillos palúdicos

comen tierra junto al rancho…

Si en la semblanza, publicada en 1937, del pelotero y luchador internacionalista cubano los poderosos saqueadores del petróleo de Venezuela eran británicos y alemanes, en la crónica de 1946 son estadounidenses. El texto de Otero Silva lo resume Guillén con esta imagen: “Es un relámpago lívido, de dolor y miseria”, para continuar: “Mientras Altuve nos habla, desenredando su plática técnica, pensamos en el otro lado de la moneda, donde un rostro dramático, ajado por el trabajo diario, con los ojos vidriosos y la boca anhelante, mira fijamente el porvenir. Es un instante nada más” (317).

La intencionada dramaturgia del texto deja la clave para el final:

“Pronto, de regreso, penetramos en el lujoso Club de la Creole. Los altos empleados de la empresa nos tienden la mano, sonriendo tras el humo de los cigarrillos rubios. Altuve inquiere.

—¿Qué le parece?

—Espléndido. Ha sido una tarde deliciosa. No sabe usted cómo se la agradezco. Solo que…

—¿Qué?

—Solo que mañana voy a darme también una vueltecita por los sindicatos…” (317-318).

Luis Toledo Sande

La Habana, 30 de abril de 2014

[CONTINÚA]

 

* Escrito para el Congreso 2014 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), reunido en Chicago del 21 al 24 de mayo, y en el cual leí una versión abreviada.

1 Nicolás Guillén: Prosa de prisa (1929-1985), compilación, prólogo y notas de Ángel Augier, La Habana, Ediciones Unión [de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba], 2002- 2007. Una anotación expresa: “Edición realizada con motivo del centenario del natalicio de Nicolás Guillén. Tomada de la edición de 1975 de la Editorial Arte y Literatura, del Instituto Cubano del Libro”.] Suma cuatro volúmenes, pero las citas en el presente trabajo proceden todas del primero. La paginación se indica —entre paréntesis— junto a cada cita, o al final de la sucesión de ellas que correspondan a una misma página.

2 Quede para una edición crítica o más cuidada de Prosa de prisa detectar y corregir erratas que tal vez en algunos casos procedan de las publicaciones periódicas en que circularon originalmente los textos, o de pifias introducidas en su trayectoria editorial posterior.

3 El contexto y el sentido hacen pensar que se está en presencia de otra errata. Como en este caso, en lo sucesivo se añadirá entre corchetes y signos de interrogación la corrección probable.

4 La alusión al texto en que Villalobos describe la pesca de la sapoara, o zapoara, desborda la erudición de finalidad estética: especialmente para un público conocedor del original citado, calza el mensaje social de la crónica. Villalobos describe el riesgo que corren los tarrayeros en la brega que —“Por once meses de ayuno / un mes de pesca colmada!”— llevan a cabo sobre los mogotes rocosos que jalonan el Orinoco: “¡Ay, mi madre! —en el traspiés. / Y nada más… El río brama. / Qué muerte resbaladiza! / Qué traicionera ‘puntada!’ / Y así se lleva a los hombres / la ‘Laja de la Zapoara’”. Héctor Guillermo Villalobos: “Romance de ‘La Zapoara’”, Jagüey. Antologías y selecciones, prólogo de J.F. Reyes Baena, Caracas, Ediciones del Ministerio de Educación Nacional, Dirección de Cultura, 1950, p. 61

5 “Mariano llega de la India”, texto para el catálogo de la exposición del artista acogida por la Galería de La Habana en 1962, es un delicioso fragmento del cual se siente que tira el imán de la suma poética del autor.

6 Tales precisiones estarían entre los aportes deseables de una nueva edición de estos textos.

Anuncios