Con su característica alegría. Fuente: peglez.blogspot.com

Con su característica alegría.
Fuente: peglez.blogspot.com

En el artículo siguiente, “Lagunillas”, narra esa visita anunciada, que hará en compañía de Germán Espinosa Portillo, secretario del Partido Comunista de Venezuela en el Zulia; el poeta Luis Pastori y el dirigente juvenil Alfredo Tarre Murzi. “La carretera, ancha y cómoda, va desenvolviendo su cinta de asfalto interminable. Tres horas después —son las siete de la noche— nos detenemos en un pueblo sombrío, donde la vida parece arrastrarse como una serpiente venenosa. Es Lagunilla, la cabecera urbana del campo petrolero de ese nombre”. Allí, bajo la lluvia, se ven “calles de tierra […] llenas de anchas vetas como de nácar oscuro. Es petróleo. Pequeñas casas sórdidas, de madera; pequeños establecimientos de ropa, pequeños cafés… A un lado y otro, gentes foscas y mal vestidas, que nos miran indiferente[s]”.

El grupo se detiene “ante uno de aquellos tugurios”, “caricatura de restaurante”:

“Pedimos café con leche y pan. Son cuatro servicios, pero nos ponen dos.

—Mira, vale, ¿qué pasa con lo nuestro? —pregunta Tarre Murzi.

—Un momento, señor, tenga la bondad. Solo hay cinco tazas. Tres que están ocupadas ahí, y esas dos que tienen sus compañeros…

Naturalmente, no hay más remedio que esperar.

El recorrido por el pueblo aprieta la garganta y llena el pecho de una rabia sorda, que se nos sube a los labios, incontenible como un vómito” (319).

La descripción continúa, y, con el paso por “un tenducho” donde los caminantes se guarecen de la lluvia, viene esta escena: “La chiquillería que nos ha estado siguiendo se sitúa a la puerta y nos mira con curiosidad. Cuchichean, apretujados. Muchos están descalzos; otros llevan la escueta alpargata que usa el pueblo venezolano. Los hay de todos tipos: blancos, indios, negros, mestizos. Tienen cara de hambre” (319-320). Esa es la antesala del acto obrero: “Cuando llegamos, el local está de bote en bote. Los trabajadores se aprietan en sus asientos, o en los pasillos, de pie. El local es amplio y limpio. Hay un cuarto de baño para los hombres y otro para las mujeres… Una especie de plataforma de cemento se adelanta hasta convertirse en una especie de púlpito o tribuna, de cemento también, donde el orador puede moverse con amplitud y comodidad. Al fondo, un gran retrato de Bolívar”.

Al visitante le alegra testimoniar que “todo allí respira energía, confianza, poderosa decisión de lucha. Cuando un dirigente sindical se pone para hablar, aquella enorme masa lo imita, con el puño en alto”. Expresiones concretas de apoyo a los camaradas cubanos refuerzan el entusiasmo. El poeta de la Isla ocupa su turno entre los oradores y saldrá de allí con muy buen ánimo: “En medio de aquel pueblo muerto, la agitación bulliciosa del sindicato es una implacable manifestación de vida. Estos hombres curtidos por el sol de los campos petroleros saben cuál es el camino del porvenir”. Así emprende con sus compañeros el viaje hacia Mene Grande, “en demanda de ese otro campo petrolero, cincuenta kilómetros al fondo…” (320).

Después viene la experiencia que da tema al artículo “Maracaibo y los maracaiberos”. Narra el viaje hacia esa ciudad y describe lo que ve “desde la ventanilla del avión”: “mis ojos escrutaron el aeropuerto, donde un grupo de amigos avanzaba en son de recibimiento”. De ese instante data el diálogo al cual pertenece el parlamento que sigue: “—Ahí está su gente —díjome un compañero de viaje, ya advertido por la prensa”; y él piensa para sí: “¿Mi gente? Podía ser. Sin embargo, hízome vacilar un poco una amplia sotana, de la que sobresalía el rostro cuadrado, poderoso, de un corpulento indígena, con facciones de ídolo precolonial”.

Una especie de sonriente autocrítica pudiera sospecharse en el tono de ese pasaje. Nombra a conocidos que identifica desde el aire —los doctores Espinilla Portillo, secretario del Partido Comunista de Venezuela, y Tarre Murzi…—, pero viene la duda: “Eran las únicas dos personas que yo conocía desde Caracas. ¡Caray, pero ese cura! Seguramente en el avión venía también alguna dignidad eclesiástica a quien el santo varón se aprestaba a recibir. No es que me desagradara, pues mientras no sean fascistas o reaccionarios ninguna otra cosa tengo sino respeto hacia quienes representan en este bajo mundo las excelsitudes y bienandanzas del otro. Pero aquello me parecía un poco raro…”

Después de las conocidas alianzas entre jerarquías eclesiásticas y cúpulas sociales opresivas, una de las cosas que, por su efecto contra la unidad en la lucha, más daño han hecho a las izquierdas ha sido confundir ateísmo y posición políticamente revolucionaria, olvidando la alta presencia de religiosos honrados en las fuerzas de las revoluciones, a nivel mundial. Expresada su duda, Guillén agrega: “En breve la incógnita quedó resuelta. El religioso era nada menos que el padre Roberto Acedo, presbítero de la Catedral de Maracaibo, criollo por los cuatro costados, y en quien la dignidad de su estado compadecíase a las mil maravillas con una hombría vital y democrática”. Entre el escritor comunista y aquel representante del clero católico se establece una corriente de simpatía: “El padre Acedo fue durante mi estancia en el Zulia una fuente perpetua de optimismo; un soberano ejemplo de savoir vivre encajado profundamente en su tierra natal”; y el primero estampa este diálogo: “—¿Se asombró usted de verme? —me preguntó luego, en un coctel en el Club Alianza. // —Bueno, padre, un poco. Pero le aseguro que ahora que lo conozco, ya no me asombro de nada…” (321).

Guillén cuenta cómo la entusiasta generosidad de sus anfitriones convirtió en dos semanas la estancia de tres días prevista para Maracaibo, ciudad que, declara, le gustó, para añadir: “Enorme, tendida en un amplio semicírculo junto al lago Coquibacoa, la segunda ciudad de Venezuela se sabe dueña de su riqueza y de su poderío. La población antigua, de calles estrechas, muchas destruidas ahora a causa de la instalación del alcantarillado, conserva el perfume colonial, español, que fluye del siglo XVIII, poblado de invasiones piráticas, de contrabandistas en el puerto lacustre y de aventuras galantes”.

Pero las apariencias tampoco en este caso obnubilan su capacidad de discernimiento: “La otra Maracaibo, la que se propaga como una mancha de aceite en busca de aire libre, es una ciudad moderna y clara, cortada por anchas avenidas, en las que verdean frescas arboledas. En algunas de ellas, las casas tienen por patio el lago, sobre cuyas aguas se inclinan románticamente mansos cocoteros, como en esas películas más o menos tropicales que nos sirve Hollywood”.

Y tampoco pierde la cordialidad. Para el pueblo que lo recibe, tiene justo halago: “El carácter de los maracuchos es franco y cordial, y se abre a la amistad en un impulso directo. Hablan un español cadencioso, que se apoya largamente en el final de las palabras, y se tratan de “vos”, como los camagüeyanos. Tienen fama de ser regionalistas, acaso bien ganada, lo cual no me parece reprochable. A fin de cuentas, el amor a la región es una forma celular del amor a la patria. ¿Acaso el general [Rafael] Urdaneta, gran venezolano, lo era menos porque amara ardientemente el hermoso rincón [Maracaibo] en que nació?” (322).

Ese final —donde compara con el maracucho el voseo camagüeyano, sugerencia tal vez de una de las raíces del casticismo del autor— deja en alto el interés: “Pero Maracaibo no es todo. Dejemos para mañana algo más, que la hermosa ciudad no ve, porque es cosa que está Zulia adentro, en los dramáticos campos de donde los taladros succionan día y noche el oro negro de los pozos petroleros” (323). Las contingencias del viaje, o los motivos que fueran, le habrán impedido consumar ese “algo más” anunciado “para mañana”. Pero tal “incumplimiento” —¿o será que hay textos suyos aún por descubrir?— lo suplen ampliamente las sugerencias contenidas en los artículos citados, y, sobre todo, las valoraciones que el autor ha hecho días antes en otro texto: “La vida intelectual” (313-315), que El Nacional difundió el 23 de abril de 1946.

No se centra —lo advierte el título— en el movimiento obrero, y comienza con estas líneas testimoniales: “Una muchacha francesa amiga mía, de paso por Caracas, me preguntaba la otra tarde cuál era la impresión más neta que llevaba yo de mi estancia en esta tierra. Sin pensarlo mucho le respondí, que, en el orden sentimental, la de que los venezolanos son gentes de extremada cordialidad y simpatía, cuyo carácter abierto mucho se parece al de mis compatriotas. En el orden cultural, añadí que nada me ha complacido tanto como la vigilante disposición que en ellos he visto para las más puras preocupaciones del espíritu. No es cosa de una minoría selecta, de un grupo enterado y culto, sino de la gran masa popular, que ama las artes y agasaja a los artistas”.

La alabanza prepara para lo que sigue: “Por otra parte, la vida intelectual es en Caracas extremadamente inquieta. En Cuba —y vuelvo otra vez a la inevitable comparación con mi país— lo político da el tono general. Pero aquí todavía el ambiente es idílico, y permite juntar en una misma mesa, sin que se enseñen las uñas, a escritores de las más opuestas tendencias e ideologías”. La comparación, matizada por lo que el autor añade entre paréntesis —“(Algo parecido, pero más constante, a lo que estaba ocurriendo en La Habana durante los almuerzos del flamante Pen Club, cuyo actual destino ignoro)”—, le da pie para discurrir sobre las particularidades de la escena venezolana: “Este fenómeno tal vez se deba a que después de la caída de [Juan Vicente] Gómez, el venezolano no ha ido recobrándose sino muy lentamente de aquella larga pesadilla que duró veintisiete años, y en la cual representaba lo literario, lo estrictamente imaginativo, la única válvula de escape del espíritu, engrillado por el feroz bagre andino”.

Guillén, peleador en letra y espíritu, acude precisamente a la voz de un autor venezolano para mostrar las honduras de una realidad signada en lo fundamental por lo político, más allá de cualquier apariencia:

“Leoncio Martínez, el múltiple ‘Leo’, gran humorista y gran poeta, escribía desde la Rotunda, [la prisión] donde le sepultara el dictador:

Estoy pensando en exilarme

en marcharme lejos de aquí

a tierra extraña donde goce

las libertades de vivir…

Hablar de política, disentir de la opinión del jefe públicamente, salirse del rebaño tremendo en que Gómez convirtiera a su patria, significaba la cárcel, cuando no la muerte. Quedaba la literatura, y en ella se refugiaron cuantos ‘pensando en exilarse’ e imposibilitados de derrocar la tiranía, tampoco lograban ‘marcharse lejos de aquí…'” (313-314).

También se encarga el cronista de recordar que lo decisivo de aquella realidad no se limitaba a los rasgos personales de un gobernante: “A Gómez sucedió [Eleazar] López Contreras, que no aflojó gran cosa las riendas, y aunque [Isaías] Medina abrió el compás —dicho sea con perdón de la Junta Revolucionaria—,7 el hecho tuvo una vigencia muy limitada, como que no alcanzó siquiera a un simple período sentimental. Ahora, seguramente, ese compás va a abrirse un poco más”.

Desde tales miras traza un cuadro abarcador de lo que, en cuanto a política y vida intelectual, aprecia en aquel país: “De todas suertes, ello es que la inquietud política, que es el signo de nuestro tiempo, llegó siempre muy amortiguada a Venezuela, bajo Gómez y después de él. Salvo algunas excepciones —Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, Héctor Guillermo Villalobos, Juan Oropesa, Carlos Augusto León y algunos más—, en los escritores venezolanos encuentra todavía mayor vigencia la especulación literaria pura que la militancia ideológica, al punto de que pocas veces se presentan mezclados ambos ingredientes, así en la vida como en la obra”.

Al poeta no podía sino agradarle que hubiera una intensa vida literaria y artística en Venezuela, o en cualquier otro país. Disfrutaba aquel ambiente, que él conoció en compañía de un grupo “sólido y valioso, henchido de sano liberalismo”, y en el cual hay “hombres que ya pertenecen con justicia a la fama continental. De ellos, y de mucho joven que ahora empieza, trataré demoradamente cuando la serenidad del regreso me permita coordinar mis apuntes y sedimentar mis impresiones”.

Lo regocija que en Caracas no pase “día sin recital o conferencia, sin cocktail y homenaje”, y que en las exposiciones de pintura vuelen “los cuadros, adquiridos por un público tan inteligente como espléndido”, que los conciertos llenen “salas y teatros” y “la gente del oficio” viva “al tanto de la última novedad cultural…” Eso lo lleva a decir: “El espíritu flota en Caracas puro, como en los días griegos, musical y primaveral” (324), y añade líneas tensadas por sus preocupaciones: “Sin embargo, ¿no quedará todavía mucho más por hacer? Seguramente, sí. Queda todo el porvenir de Venezuela, queda una vasta tarea, humana e inmediata, que surge cada día más clara de entre el humo de la pasada guerra. A esa tarea habrá que incorporarse, no solo en la poesía, no solo en el arte, sino mediante la presencia activa en la plaza pública donde se ventila lo que este dramático y contradictorio mundo de hoy, con sus obreros y sus artistas, está llamado a ser” (314-315).

Lo que Guillén comenta sobre aquella realidad podrá someterse a escrutinio y a estadísticas para comprobaciones rigurosas, y a matizaciones que no encuentran bastante cobijo en los pocos párrafos de un artículo de diario. Pero semejante indagación no es necesaria para disfrutar —líneas antes de esa cita, y junto al reclamo contenido en ella— la vocación profética de la poesía calzada por la conciencia política. En un párrafo anterior ha escrito: “Acaso falte en Venezuela un gran sismo que, sacudiendo la tierra lírica que pisa ‘la inteligencia’, haga de los poetas y escritores, de los artistas en general, seres que además de cultivar su huerto inalienable, su cándido jardín, vayan también hacia la tremenda batalla que ahora libra el espíritu contra sus más duros enemigos” (314).

¿Sería excesivo considerar que un gran sismo como el reclamado por el poeta vino décadas más tarde, con el proyecto bolivariano? El reclamo de “presencia activa”, hecho por él a sus colegas, ¿sería desmedido vincularlo con un hecho de difícil comprensión para quienes hayan vivido una realidad como la Revolución Cubana? Para no pocos juicios, ese hecho ha sido el escaso apoyo que en sus inicios al menos tuvo el proyecto bolivariano en gran parte de la intelectualidad venezolana.

También en otro hecho se piensa ante el periodismo venezolano de Guillén: ideas y testimonios como los suyos no eran entonces, ni lo son hoy, los de mayor difusión en los más poderosos medios de prensa. Añádase que El Nacional, varias veces citado en estas notas, no es ni remotamente el que desde su fundación y durante décadas estuvo estrechamente vinculado con el quehacer de Otero Silva y otros grandes amigos del poeta cubano. Venezuela siguió presente en él después de aquella estancia de 1946 allí, como él siguió presente en la nación cuya capital lo declaró, en 1975, Hijo Ilustre suyo.

Las claves del periodismo venezolano de Guillén, y de toda su obra de ese género, están en su pensamiento político, en su actitud ciudadana al lado de la lucha por la justicia social, en el internacionalismo gemelo de ese pensamiento y de esa actitud, que fueron consistentes de igual modo con la pasión estética del poeta. Se queda el comentarista con ganas de seguir apuntando virtudes de una labor que sobresale por sí misma, y en comparación con una gran zona del llamado periodismo moderno, que el mundo ve empobrecerse día a día, y no precisamente por culpa de los adelantos tecnológicos, valiosos también para la grandeza.

Luis Toledo Sande

La Habana, 30 de abril de 2014

 

* Escrito para el Congreso 2014 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), reunido en Chicago del 21 al 24 de mayo, y en el cual leí una versión abreviada.

7 Se refiere a la Junta Revolucionaria que, presidida por Rómulo Betancourt, sustituyó en la presidencia a Isaías Medina Angarita, derrocado el 18 de octubre de 1945.

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