Ricardo Viñalet, fuente CubarteA Ricardo Viñalet le gustaba burlarse de un giro impertinente que hace unos años se puso de moda en el habla cubana, y que movía a decir cosas de este cariz: “La actividad como tal quedó bien, pero…”, y otras maravillas por el estilo. Él tenía razón, solo que ahora uno de sus amigos puede hablar de “la muerte como tal”, y no en abstracto, sino de la muerte misma del profesor y escritor que se nos ha ido.

No halla ese amigo otra salida que acudir a la primera persona, y no porque comparta la tendencia de algunos a considerar que los textos personales son los que están llenos de yoes por todas partes, y no los que tienen conceptos o puntos de vista realmente personales que expresar. Estas líneas no pasarán del tono memorioso y afectivo, porque no intentan acometer, ni tendrían el modo de hacerlo así de golpe, la ponderación sosegada que el desempeño de Viñalet merecería.

Había oído hablar de él, siempre con respeto, con admiración, y alguna vez lo vi; pero lo conocí de veras personalmente cuando entre 1990 y 1996 trabajé —simultáneamente allí y en otras partes— en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Pronto nos unió la identificación, y con otros colegas nos dimos a desencadenar tareas estimulantes para la creación y el disfrute literarios entre el alumnado. Eso todavía lo recuerdan algunos colegas y exalumnos con quienes me encuentro.

Viñalet estaba particularmente preparado para fomentar aquel movimiento cultural dentro de una institución llamada, toda ella, a generar cultura integralmente. Él acumulaba una ya larga labor docente, que le granjeaba la admiración de los alumnos (especialmente de las alumnas, dígase sin afán de levantar suspicacias). Arrastraba tras sí, o impulsaba, el entusiasmo colectivo. Se había ganado ese derecho no solo ni fundamentalmente a base de simpatía personal, sino porque era un profesor eminente, de esos que imantan aulas.

Cuando parecía rondar la intención de disminuir tamaños a los institutos pedagógicos —de veras grandes y numerosos en un país que no es tan pequeño como a veces se dice, pero tampoco tan vasto—, era evidente, o eso creíamos algunos (¿muchos?), que debía apostarse por la permanencia en ellos de profesores, y de profesoras, como Viñalet. Vino también el éxodo de personal docente a distintas áreas, y él mismo buscó aires diferentes en otra brega. Pero, o no encontró allí lo que deseaba, o, sobre todo, sintió que le faltaban las aulas —o, lo más probable, ocurrieron ambas cosas a la vez—, y volvió de lleno a ellas, que se lo agradecieron.

Siguió escribiendo, como siempre, no solo textos para la enseñanza, sino los propios de su vocación creativa. Alguna vez, y creo que murió sin saberlo, tuve la alegría de contribuir a que se le abrieran en una publicación las puertas que él merecía y parecían negársele. Fue, en toda la extensión del concepto, un hombre de cultura. Por eso mismo le reprochamos que cediera y se diera tanto al placer de fumar. Pero no tiene gracia que se lo recrimine alguien para quien no parece haberse hecho ese hábito. Él pagó su gusto, y lo más grave es que privó prematuramente de su compañía a sus familiares, y de su contribución al país que amaba, y al que tan útil era. ¿Valdrá la pena recriminárselo a estas alturas?

En vísperas de un breve viaje al exterior conocí sucesivamente de su gravedad —incluido el ingreso hospitalario bajo cuidados intensivos— y, ya casi a punto de mi salida, de los que parecieron ser, como se me dijo, indicios de mejoramiento, aunque alguna voz médica se preguntaba cómo podría él vivir sin los pulmones que le había entregado a la nicotina. Murió estando yo aún fuera de Cuba, y, al regresar, tropecé con la noticia.

La muerte, ¡vaya destino!, había sido nuestro último tema de conversación, telefónica, con la promesa compartida de reunirnos pronto, lo que no ocurrió, ni ocurrirá ya, por lo menos en este mundo, y yo —me parece que tampoco lo hacía él— no creo que exista el otro. Nos queda, y repito lo que escribí en el momento más doloroso de mi vida, hace menos de dos años, una opción de sobrevida: la eternidad en la memoria de otros y otras. Pero en aquella conversación telefónica el asunto acabó felizmente libre de gravedad. Yo había “asesinado” en un artículo a un amigo suyo y mío, a Ramón Rodríguez Hermida, y fue a Viñalet a quien llamé para salir de dudas cuando tuve los primeros avisos del “homicidio” que yo había cometido, y él me confirmó que Ramón vivía.

Un rato más tarde le leí, también por teléfono, el borrador de la crónica “Resucitar a un amigo”, que inmediatamente después le leí, por la misma vía, al propio resucitado. Los tres nos reímos a tope, celebrando que estábamos vivos, y planeamos reunirnos para continuar cultivando el júbilo. Pero nos perdimos ese encuentro, por la tonta costumbre de creernos que siempre tendremos tiempo para hacer lo que no deberíamos demorar de ningún modo. Y ahora no hay teléfono alguno por el cual ni Ramón ni yo, ni tantos otros amigos que lo quisimos y seguiremos queriéndolo, podamos decirle: “Oye, Ricardo, matar de mentirita a un socio puede estar mal, pero ¿cómo calificar el hecho de irse así, sin más, y dejar a tantas personas el desconsuelo de saber, ¡ay!, que esta vida es cortísima, porque, aunque a ti te disguste la expresión, la muerte como tal se encarga de segarla?”

Está bien, hermano, apliquémonos el remedio de los necios frente al mal de muchos: nos queda la sabia terquedad del buen afecto, nos quedan los frutos de tu vocación y tu trabajo, nos queda hasta el impulso de convocarte simbólicamente a un trago, o más —¡bien que te gustaban!—, y dedicarlos a tu memoria; pero quédete claro, Ricardo, quédete bien clarito: eso, con ser tan bueno, tan insustituible, tan tan, tan lo que sea, no es suficiente.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/ricardo-vinalet-la-muerte-como-tal/25625.html

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