Al pie de la imagen de su maestro, Pedro Albizu Campos, y con la gorra cubana que se puso para recibir al visitante.

Al pie de la imagen de su maestro, Pedro Albizu Campos, y con la gorra cubana que se puso para recibir al visitante.

Figura entrañable y mítica la suya, como envuelta en la estampa de un duende feliz, risueño, presto a hacer travesuras, sin desmedro de su realidad, del sello extraordinario de su existencia. La idea de entrevistar a ese ser humano, Antonio Cruz Colón, surgió en La Habana durante una conversación con Rosa Meneses Albizu Campos, quien tanto ha hecho por dar continuidad a las ideas de su abuelo, Pedro Albizu Campos, y al Partido Nacionalista de Puerto Rico, en que él brilló como guía.

Pero cuando el pasado 26 de septiembre llegué a la isla hermana, me esperaba un programa tan intenso de encuentros, horarios y recorridos que apenas hallé espacio —en compañía del abogado independentista Salvador Tió— para una breve visita a Cruz Colón en su pequeña, humildísima casa. Verlo y oírlo me permitió aquilatar en su plenitud lo publicado en páginas impresas.

Tuve ante mis ojos al hombre responsabilizado con la misión de honrar, en el cargo de presidente del Partido Nacionalista, a la figura más luminosa, y llena de grandeza y desgarramiento, en el independentismo puertorriqueño del siglo XX. No por gusto contra esa organización y el líder con que ella se identifica se han ensañado el imperio y sus peones, contando infiltrados, a veces alfiles, y alguna torrezuela.

En el camino del Maestro

Podía no haberle preguntado a Cruz Colón el significado de Albizu Campos para él. Bastaba un vistazo a su “santuario” —buena parte de su vivienda—, marcado aquí y allá por la veneración del héroe a quien conoció cuando ya era un guía eminente y él redondeaba la adolescencia. “Fue mi maestro, y afirmó en mí el patriotismo que sentí desde niño”, dijo antes de terminada la pregunta, hecha con miras a la entrevista que debía posponerse. Era una pena no poder dialogar largamente, allí mismo, sobre la trayectoria de aquel patriota ejemplo de facundia popular, y ya con 86 años andados: nació el 10 de mayo de 1928.

“La bandera de mi patria nos la ocultaban. La vi por primera vez cuando yo estaba por cumplir 14 años. Un hijo de la revolucionaria Candita Collazo me dijo: ‘La bandera que nos obligan a juramentar no es la nuestra. Esa yo la he visto en mi casa’. Entonces le hice prometerme que me llevaría a verla, y fuimos. Desde aquel momento me negué a saludar la de los Estados Unidos, y por eso me expulsaron de la escuela al terminar el sexto grado”.

Del pequeño poblado natal su familia se mudó para Jayuya, donde él se afilió al Partido Nacionalista y se incorporó al Cuerpo de Cadetes de la República. Así participó en 1950 en la conocida insurrección independentista que —plan de Albizu Campos— envolvió a varias localidades y tuvo centro en la ya mencionada Jayuya. Peleó a las órdenes de Carlos Irizarri y Elio Torresola, y venera como un discípulo a Blanca Canales, cuya imagen revolucionaria quedó fijada con uno de los hechos icónicos del independentismo puertorriqueño: en plena campaña ella desplegó la bandera patria para expresar la voluntad emancipadora del levantamiento armado.

Energía serena

Toñito —como lo llama su pueblo, con un tratamiento en el cual, junto al cariño, se siente latir el don que allí se reserva para personas ilustres—, luchó bravamente hasta que fue sofocada la insurrección, en desventaja numérica y de pertrechos. Entonces se le apresó, y fue condenado a más de 140 años de cárcel, con cargos inventados para hundirlo. Él revalidó coraje y verticalidad: permaneció preso 22 años, porque reiteradamente se negó a ser excarcelado mientras hubiera otros compañeros suyos en prisión.

“En 1968 se decretó un indulto general para los combatientes de aquella gesta”, testimonia Rosa Meneses Albizu Campos en diálogo con el autor de estos apuntes, y añade: “Pero él y otros tres nacionalistas negados también consistentemente a recibir perdones o indultos, y menos aún clemencia del imperio o sus lacayos coloniales, solo aceptaron ser excarcelados a la fuerza en 1972”.

Se explica que la bandera patria ondee frente a su casa, ubicada en medio de una finquita que él cultivó hasta que se lo impidió la deficiencia cardíaca. Pero lo que más sorprendió al visitante fue la limpieza de su rostro, de sus ojos. Ni resentimiento ni odio dejaron en él los años de cárcel en que sufrió la saña colonialista, incluso practicada por compatriotas.

A eso se refiere en sus memorias, compiladas por Graciano Matos y Camilo U. Matos y publicadas este año: “Ahí fue que yo saqué el pensamiento: ‘Aun a aquellos que me niegan el sol yo nunca les negaré mi sombra’. Porque nosotros tenemos que ser ejemplo para esa gente, esa gente son tan víctimas como nosotros. Son peores víctimas porque el imperio los ha cogido y los está utilizando contra sus propios hermanos”.

Líneas después sus declaraciones recuerdan al José Martí que repudió “el olvido indecoroso de las ofensas”, y alabó el “entusiasmo que sube de punto y fortaleza cuando no lo inspira el odio ciego”. Desde su propia luz, añade Cruz Colón palabras que muestran la fuerza de la energía serena: “Por eso no podemos odiarlos. Tenemos que combatirlos, pero no odiarlos porque el que ama a su patria no puede odiar ni a sus propios enemigos. Combatirlos sí, porque si usted tiene su casa y va un bandido y se mete, usted tiene derecho a sacar el bandido de su casa, como también tenemos el derecho de sacar el bandido yanqui del pueblo puertorriqueño, porque esa es nuestra patria, nuestro hogar, nuestra cuna, donde hemos nacido todos nosotros”.

Vivir, ser útil

En su “santuario” levanta el machete, uno de los símbolos de la rebeldía puertorriqueña.

En su “santuario” levanta el machete, uno de los símbolos de la rebeldía puertorriqueña.

Nada de indolencia culpable hay en él, sino permanente vitalidad luminosa, como en su valoración de Fidel Castro y Hugo Chávez, quienes —recuerda emocionado— lo invitaron a visitar Cuba y Venezuela, respectivamente. “Hombres grandes esos, revolucionarios de verdad, y tengo la inmensa satisfacción de haberlos visto de cerca”. Da aliento oír hablar a un luchador a quien ningún obstáculo, ningún sufrimiento le apaga la alegría de vivir y ser útil. Defiende ideas que a muchos pudieran parecerles condenadas al fracaso, en un mundo minado por maniobras del imperio contra el cual se yergue la vida de aquel hombre de pueblo.

Las condiciones materiales de su existencia aplastarían quién sabe a cuántos, pero no a él. Aislado en Adjuntas, en un paraje apartado de la montaña, vive sin posibilidades propias de desplazamiento, con mínimos recursos materiales para subsistir. No dispone de automóvil y no sabe siquiera manejar: no tuvo tiempo para aprender en su infancia pobre, ni luego en la cárcel.

Rodeado de símbolos patrios e internacionalistas, nada lo haría sentirse vencido. Para momentos felices, y también para conjurar tristezas, estarían sus décimas, sus improvisaciones, su guitarra, tal vez la misma que le regaló un compañero de prisión, Rafael Cancel Rodríguez —padre de otro héroe de estos tiempos, Rafael Cancel Miranda—, y que él enarboló como un arma al salir de la cárcel.

Así vive y vivirá Antonio Cruz Colón, Toñito, aunque la entrevista que pactamos para luego ya no podrá ser: el pasado 17 de octubre, solo diez días después de aquel encuentro, le ganó la batalla la deficiencia cardíaca que en 2011 lo había llevado al quirófano.

Su alma genera

La lucha a la que consagró la vida sigue llamando a su pueblo a conquistar la independencia, con el ejemplo de quien en sus memorias citadas se refiere a la visita, politiquera, del presidente Barak Obama a Puerto Rico, cuando él estaba convaleciente de la cirugía, y dice: “se le debió hacer un piquete conmigo al frente en una silla de ruedas dando el mensaje. Si viene a ayudar al pueblo, que venga, pero no vamos a considerar su llegada como una salvación para este pueblo”, porque “los capitalistas nunca llevan programas de salvación nacional para nadie, y para una colonia menos”.

También al propio Cruz Colón lo retrata una de las décimas de El Sembrador, composición que en 1968 dedicó al líder Albizu Campos, entonces prisionero, enfermo y torturado:

Al levantar tu estandarte

y dar un ¡viva! en tu nombre,

transforma el hombre en más hombre

y ya no puede olvidarte.

Quien se halla honrado en hablarte

o en conocerte siquiera,

siente que su alma genera

una ansiedad libertaria

y quiere ver solitaria

de mi Patria la bandera.

Luis Toledo Sande

Fotos del autor

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/11/21/internacionales/tonito.html

Aparecerá también en la revista impresa.

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