Cubierta del libroEl autor de las páginas reseñadas no solamente está libre de extremos que han conspirado contra el recto entendimiento y el buen empleo de la sicología, profesión a la cual se dedica sin estrecheces parcelarias. Un extremo ha sido pretender anclarla rígidamente en la individualidad y en procesos de raíz biológica; otro, suponerla mecánicamente determinada por el entorno social.

También aprecia el valor de esa ciencia para contribuir al mejoramiento de la sociedad, no solo para beneficiar a seres humanos tratados como pacientes. Lo guía una fértil voluntad instrumental, y no se asfixia en un utilitarismo ramplón. Al observar el conjunto social, valora el espacio y el peso legítimos de los individuos.

Goza de los “dones” del buen comunicador, y en su palabra escrita vibran ganancias de la oralidad, que él ejerce en el aula o en la televisión, y en encuentros con público en distintas conferencias, invitado como parte de un desempeño que lo ha llevado a varios países de Europa y América. Habitualmente dialoga con equipos deportivos, con colegas y otros profesionales de áreas afines, igual que con representantes de organismos políticos.

A todo eso se suma que, aunque gestadas hace algunos años ya al servicio de la formación de jefes —función que se realiza en muy diversos niveles: desde grupos minúsculos hasta la estructura de la nación—, las conferencias aparecen reunidas, como libro, en un momento singular del país: cuando, en pos de una eficiencia económica que sirva para mantener la justicia social y la equidad irrenunciables, se reclama lo definido como cambio de mentalidad necesario para las transformaciones que se buscan.

Desde su ángulo de exploración, el autor se interesa por ofrecer luz en ese afán. Tiene en cuenta —no es cosa de echarlo todo por la borda— lo que se debe mantener del pensamiento que ha servido para dar a la nación lo bueno alcanzado, y qué se debe modificar para excluir cuanto deforme o lastre, y pudiera poner o haya puesto ya en peligro, las conquistas cardinales.

Con miras al cambio necesario, señala la importancia de un deber que cada quien ha de asumir en cualquier caso: pensar con cabeza propia. Ello exige no caer en las hipertrofias del individualismo —caldo de cultivo para la corrupción y otras manifestaciones egoístas— ni, en nombre de un colectivismo mal entendido, o timorato, sentarse a esperar que otros ejerzan el pensamiento que nos corresponde cultivar con esmero y sentido de responsabilidad.

Inquieta al sicólogo/sociólogo el peligro de que la idea del cambio pare en simple consigna —teorización desmedulada— y se frustre por la resistencia de aquellos que, responsabilizados con ocupar un sitio de vanguardia en la transformación, por inercia o por cuidar ventajas personales se conviertan en escollos que la frenen. El título, que empieza con Cambiando la mentalidad, añade esta precisión: …empezando por los jefes.

¿No habría venido bien sacrificar en parte la idea de proceso reiterada con los dos gerundios, y sustituir el primero de ellos por el infinitivo cambiar o el sustantivo cambio? Quizás, pero las honduras del texto sugieren no detenerse en detalles de edición, aunque esta —que en todas partes parece descuidarse cada vez más— sea una especialidad tan necesitada de rigor como cualquier otra.

Fruto de una carrera profesional prestigiada por el éxito, el volumen se afirma en una amplia erudición. Su lectura fluye por la eficacia del comunicador que, haga lo que haga, no cede un palmo en las exigencias de su hacer, ni pierde la soltura, expresión de libertad. Propicia recordar con gusto su andadura juvenil en los caminos de la trova y la música, en la etapa tal vez más felizmente silvestre y sembradora del Grupo Moncada, nombre emblema de una historia a la que el autor del libro es creativamente fiel.

Sabe que en el mundo campea un pensamiento ajeno a la justicia, y el gran desafío para la sociedad cubana es marchar sin pausa ni costosas demoras hacia una luz justiciera cada vez más fuerte. El libro, publicado por la Editorial Academia, tiene en la cubierta un cuadrado en camino hacia la perfección de un círculo que no ha de ser vicioso. ¿Desiderátum inalcanzable? Difícil será, es, como todo lo grande, lo que vale la pena. Pero no se “contará” aquí el texto, cuya lectura nutre y se disfruta como obra de Manuel Calviño, autor lúcido y en plena lucha.

Luis Toledo Sande

Aparecerá en las ediciones digital e impresa de la revista Bohemia.

Anuncios