Hablar bien conserva sano el prestigio ajeno, y el propio.

Hablar bien conserva sano el prestigio ajeno, y el propio.

Aunque no sea un término familiar ni todas las personas tengan por qué conocer su significado, la anfibología es una de las causas más frecuentes de daños en la expresión, incluso en la de mayor responsabilidad profesional. Crea confusiones que pueden alterar gravemente el sentido, y su mismo nombre lo advierte: está construido a partir de anfi, partícula lexical cuyo contenido remite a “lo doble”.

Al sintetizar su etimología, el Diccionario de la Academia Española de la Lengua apunta que viene del griego y está presente en realidades tan diversas como anfiteatro, donde significa “alrededor”; o, con valor de “a uno y otro lado”, en anfipróstilo, nombre dado en arquitectura a un “edificio con pórtico y columnas en dos de sus fachadas” —tiene dos caras: ¡conste que hay anfipróstilos andantes!—; o en anfibio, que señala doble vida, como la propia de animales capaces de permanecer tanto dentro como fuera del agua. De ahí que se denomine anfibio a un tipo de tanque de guerra.

En la comunicación la anfibología tiene un parentesco práctico, más que fónico, con la ambigüedad. Para aligerar lo que aquí procede decir sin explicaciones propias del aula, recordemos un caso de anfibología frecuente que, con margen para la picaresca, tal vez sirva de recurso para abrir el camino a otros comentarios sobre el tema: “Ella es una mujer casada con tres hijos (o hijas)”. Para conjurar el desequilibrio sexista, piénsese en esta variante: “Él es un hombre casado con tres hijas (o hijos)”.

Todo cónyuge es hijo o hija de alguien —y metafórica o conceptualmente puede serlo también de algo, no digamos más—; pero, si casarse con un hijo o con una hija causaría azoro o repudio en gran parte del mundo, mucho más alarmante sería hacerlo a la vez con varios hijos o con varias hijas. Abreviando las posibilidades en cuanto a géneros, la duda se resolvería si se escribiera o se dijera: “Ella es una mujer casada y con tres hijos”, o “Él es un hombre casado y con tres hijas”.

Eso es lo que en la generalidad de los casos se quiere expresar, pues de lo contrario tales oraciones no se soltarían, sin la saludable conjunción y —tan diminuta como expresiva—, con tanta tranquilidad como la que habitualmente opera al usarlas. Cabe esgrimir el recurso de que también se debe confiar en el poder de inferencia de quienes reciban por vía escrita u oral aquellas expresiones, y otras. Pero la mejor norma estriba en que lo más importante no es querer decir algo, sino decirlo.

Ello es sobre todo válido en el caso del lenguaje escrito, y en los mensajes por radio y televisión, en los cuales no resulta posible dar explicaciones que se dan en la cercanía, de viva voz, o cuando se habla por teléfono. Tanto impresa como dicha, una noticia ha de darse lo más inequívocamente posible, y la impresa tiene, tanto para el acierto como para el error y lo ambiguo, una perdurabilidad que hace aún más beneficiosa su corrección, y más indeseables los efectos de las imprecisiones.

Saber lo que se dice, y saber decirlo

En un órgano de prensa nacional el autor de un artículo sobre la farándula habanera de los años 50 del siglo pasado afirmó que el “Sans Souci nació después de finalizada la I Guerra Mundial en una villa de estilo español”. En la cita se da más de una posible confusión. Decir que aquel cabaré se creó en “una villa de estilo español” puede hacer creer que se habla de una población y no de un edificio, que es lo presumible en el ejemplo.

Pero el enredo mayor se presenta al decirse que la creación del Sans Souci ocurrió “después de finalizada la I Guerra Mundial en una villa de estilo español”. Lo que se dice es que aquella contienda terminó en una villa de tales características. ¿No habría sido mejor emplear otra manera para expresar la idea? Esta pudiera ser: el cabaré Sans Souci nació en un edificio de estilo español después de finalizada la I Guerra Mundial.

Nadie crea que las confusiones irrumpen nada más en textos relacionados con antros de diversión, juego y delitos. Llegan también a escritos destinados a informar sobre temas de interés científico, donde tanto conviene lo unívoco. Anfibología se ha visto en la información sobre una vacuna cubana “destinada al tratamiento del cáncer de pulmón avanzado, un producto innovador que por su facilidad de uso puede aplicarse en el nivel primario de salud y muestra resultados alentadores en los ensayos clínicos”.

La estimulante noticia habría sido más precisa si se hubiera escrito que la vacuna está destinada a tratar el cáncer avanzado de pulmón (mejor quizás que el cáncer de pulmón avanzado), y es un producto innovador. Además, aunque involuntariamente, en la fuente citada se califica de producto innovador al tipo de cáncer mencionado, y no a la vacuna, cuando lo cierto es que ella, más que innovadora, es novedosa, o nueva. Innovadores son quienes la produjeron.

Al tratar sobre un tipo de cangrejo yeti (el Kiwa hirsuta), animal de conocimiento reciente y considerado uno de los más raros del mundo, una publicación lo caracterizó como “un crustáceo decápodo que carece de ojos y de carácter omnívoro”. Ciertamente, no tiene ojos, según lo sabido; pero ¿también carece de carácter omnívoro”, que es lo escrito? ¿Será que en el texto citado falta algo capaz de poner las cosas de otro modo, como “carece de ojos y es de carácter omnívoro”?

¿Lo poco que se conoce de esa especie alcanza para afirmar que no es omnívora? ¿Basta saber que en sus pinzas “peludas” es capaz de “cultivar” bacterias para su alimentación? Por lo pronto, una de las noticias de su descubrimiento reportó lo que parece haber sido la pelea entre dos ejemplares por apoderarse de una gamba. ¿Sería para jugar con ella? La inseguridad se refuerza por lo frecuente que es la anfibología como parte de la imperfección humana, y ello genera dudas.

Añádase apenas otro ejemplo para abundar en anfibologías originadas por la redacción. Al tratar sobre lo programado para la visita de un grupo de trabajadores de una revista cubana al mayor de los conjuntos montañosos del país, se dijo: “Un lugar particular tiene el intercambio que sostendrán con los alumnos y el claustro de profesores de la escuela Mariano Van Coll, en la Sierra Maestra, construida en 1960 por los trabajadores” de la publicación.

Se puede pensar que a nadie se le ocurrirá creer que lo construido en 1960 por aquellos trabajadores fue la célebre montaña. Pero eso es lo que está escrito en una formulación que pudo haberse sustituido por una donde se hablara de la escuela construida en 1960, en la Sierra Maestra, por trabajadores de la revista.

Confusión no plausible

¡Ay, mamita!, ¿qué será preferible?

¡Ay, mamita!, ¿qué será preferible?

Hay otros tipos de anfibología, como la causada cuando un mismo vocablo tiene distintas acepciones. Sucede, pero es apenas una muestra, con escatología. Por un lado —volvamos al diccionario académico citado—, significa: “conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”; y, por otro, “tratado de cosas excrementicias”. Si no intenta jugar con la ambigüedad, quien opte por emplear la palabra escatología, y otros miembros de su familia, debe procurar que en su texto no haya duda sobre lo que se propone expresar.

Si no se precisa en qué sentido, como se ha hecho, asociar a un conjunto de ancianos con lo escatológico da un saldo de doble crueldad: recuerda, por una parte, la cercanía entre la ancianidad y el paso a ultratumba, la muerte; por la otra, las penosas circunstancias que frecuentemente se generan en la vejez cuando disminuye o se pierde el control sobre el cuerpo y sus funciones.

A veces se unen la acepción establecida de una palabra con otra que erróneamente se le atribuye, y el desaguisado puede ser grave. Crece —y, por tanto, autores y editores deben estar cada vez más vigilantes para evitarla— la confusión entre ventaja, que designa la superioridad de fuerza o conocimiento con que se cuenta en una actividad determinada, y favoritismo, que señala la superposición del favor inmoral sobre el mérito para beneficiar indebidamente a alguien o a un grupo de personas. Ser el favorito en una competencia no es lo mismo que gozar de favoritismo.

La pifia, que tal vez acabe imponiendo una innecesaria e indeseable mutación lexical, parece haber prosperado, sobre todo, en el periodismo deportivo, pero no se ha quedado ahí. Hace poco se oyó en una emisora cubana la mención del favoritismo de Uruguay para desempeñar funciones relevantes en Mercosur.

Por el contexto, y por la seriedad del tema y el respeto que en Cuba, como en otras partes de América y del mundo todo, se siente por la patria de José Gervasio Artigas, es impensable que se intentara insultar a esa nación, y menos aún cuando la preside un carismático gobernante que está haciendo época con su austeridad, un mal ejemplo para algunos, o muchos. De seguro se quiso decir que ella tiene prestigio para merecer la confianza de un organismo internacional como el mencionado; pero se dijo que goza de favoritismo.

Con plausible va pasando algo similar. Corresponde aplicarlo —así como venerable habla de merecer veneración— a lo que merece aplausos, sea una persona, un hecho, una ley, un discurso. Por alguna rara asociación, paronimia incluida, autores respetables empiezan a utilizar ese vocablo como sinónimo de posible, y va y acaba teniendo también, a fuerza de uso incorrecto, ese otro significado. No sería el primer caso de mutación radical en el uso de una palabra. Pero la paronimia —y menos aún en personas instruidas— no autoriza a confundir rublo con rubro, edema con enema, ni precipicio con prepucio, para no ir más lejos.

Tacañear no es ahorrar

Una fuente de imprecisiones se halla a veces en la voluntad de economía verbal, aspiración sensata siempre que no origine estropicios en la comunicación. Una supuesta norma que los causa, no solamente en el periodismo, lleva a creer que los artículos son indiscriminadamente prescindibles. Ante eso más de una vez el autor de este artículo ha recordado la maestría de Ñico Saquito al explicar por qué “el perico” protagonista de la anécdota se regocijaba de haber hablado a tiempo cuando “un gallo equivocado/ lo confundió con gallina”.

El peso del artículo el para precisar que se habla de un perico determinado; de un para señalar un gallo cualquiera —con uno o con otro el perico habría corrido la misma triste suerte—, y la ausencia de artículo para referirse al ente esencial gallina, no a un ejemplar concreto de esa ave, bastarían para que el texto del guarachero figurase entre los ejemplos del uso del artículo en rigurosos manuales de gramática española.

Con el propósito de ahorrar espacio, a veces autores y redactores deciden poner el artículo en el primer miembro de una enumeración y no en los otros, lo que da lugar a expresiones como esta: “admiramos la esposa e hija del visitante”, o “ella cuida con esmero sus zapatos y abrigo”. Plasmadas así ambas ideas, esposa e hija aparecen como una misma persona, lo cual sería incestuoso, y los zapatos sirven a su dueña también como abrigo.

Si la construcción incluye un verbo en plural —“la esposa e hija del visitante acudieron con él a la cita”, o “los zapatos y abrigo de la colega están bien cuidados”—, el peligro de la anfibología mengua. Pero siempre es preferible hablar y escribir de la esposa y la hija del visitante, y de los zapatos y el abrigo de la dama aludida.

Que las series enumeradas sean largas no es razón bastante para prescindir de artículos necesarios. En todo caso, sería preferible decir, por ejemplo: “Casa, familia, pertenencias, textos, hábitos alimenticios de esa persona lo retratan de cuerpo entero”, no “La casa, familia, pertenencias, textos, hábitos alimenticios de esa persona lo retratan de cuerpo entero”. El uso del artículo en el primer sustantivo suele reclamarlo en los demás. Otro caso en que el artículo tiene peso lo muestra el hecho de que no es lo mismo decir “trabajadores del centro asistieron al acto artístico programado” que “los trabajadores del centro asistieron al acto”. Esta última oración apunta a una real o virtual totalidad.

Y si entendemos —un ejemplo más— que en las nociones orientales que hablan de yin y yang estos son dos componentes que se interrelacionan y se complementan, lo más preciso para hablar de ellas sería decir “el yin y el yang”, o incluso prescindir del artículo en ambos: “yin y yang son dos nociones básicas en concepciones orientales del mundo”. Decir “el yin y yang” procedería para aludir al proceso en que ambos complementos se integran, no a ellos por separado.

Comunicación, lengua, cultura

El lenguaje no es cosa de juego, aunque dé para jugar.

El lenguaje no es cosa de juego, aunque dé para jugar.

A veces la eliminación del artículo en un texto puede obedecer a traducciones más o menos directas. No ha faltado ocasión en que entre nosotros se empleen expresiones como esta: “Elogió a Cuba por su trabajo con la infancia el representante de Unicef”, en la que, más que usar como todo un nombre la sigla con que es habitual identificar a esa organización, parece asomar la interferencia anglosajona, pues en español resulta más natural decir “el representante del Unicef”, como decir “el secretario general de la ONU” es más apropiado que decir “el secretario general de ONU”. Añádase que a menudo se habla de “la Unicef”, pero lo pertinente es “el Unicef”, porque la base de su nombre es Fondo, no Fundación.

El uso del artículo tiene significación incluso para el quehacer “policial”. Cuando la carne de res podía adquirirse como parte de la canasta familiar planificada o, fuera de eso, en el mercado negro, si alguien decía “compré la carne”, cabía suponer que se refería a la cuota de su libreta; pero si decía “compré carne”, lo más probable es que se tratara de la otra fuente.

En idiomas que carecen del artículo, quien escribe o habla tendrá a su alcance, además del contexto, otros recursos para expresarse con precisión. En casos como el español, que lo tiene, y no de manera muy sencilla que digamos, la cultura de la comunicación fraguada durante siglos incluye las facilidades y los retos que vienen de esa tenencia. Está bien que a uno “le respeten derechos”, pero si “le respetan los derechos” será mejor, incluido el de recibir mensajes lo más precisos posible, como para no necesitar que quien lo emite aclare si dijo digo o dijo Diego.

Luis Toledo Sande

Ilustraciones de Roberto Figueredo

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2015/01/22/cultura/o-diego-o-digo.html

Circulará también en la edición impresa de la revista.

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