Foto: L.T.S.

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Alguien que lo conoce, y lo estima, suele decir que Leonardo Acosta “es cerrero”, y, tras una pausa, añade: “Nació en El Cerro, municipio de La Habana”. La explicación apunta al sitio por donde llegó al mundo, el 23 de agosto de 1933; pero su condición de cerrero se debe también, o sobre todo, a su arisca actitud intelectual y cívica, a un pensamiento que se revuelve contra inercias venidas del colonialismo cultural, entre otras, y contra adocenamientos de todo tipo. Lo es asimismo por su indisposición a ser entrevistado y captado por las cámaras: rechaza las veleidades de la fama, aunque le ha tocado la aureola de un prestigio merecido.

Su vocación artística y sus inquietudes podrían explicarlas, en parte, el hogar y la familia en que nació y se formó. El padre, José Manuel Acosta, matancero radicado en La Habana, y hermano del poeta Agustín Acosta, conjugó la faena del fotógrafo y dibujante y las ansias de transformación social. De ahí sus vínculos con Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, y su presencia en andaduras como la protagonizada por el Grupo Minorista.

Entre las figuras relevantes de quienes José Manuel Acosta fue amigo sobresalió Alejo Carpentier. Las conversaciones de este con el joven Leonardo fueron estímulos culturales de primer orden en la formación del autor a quien, junto a la historiadora Olga Portuondo Zúñiga, se dedica la Feria del Libro este año. Y suele pasarse por alto que Esperanza Sánchez, la madre, estuvo también vinculada con el arte. Al jubilarse, administraba la Galería Habana, una de las varias donde trabajó.

Vocación y empeño

En el desarrollo de Leonardo Acosta hasta llegar a ser la recia figura intelectual que es hace ya años, fueron determinantes una vocación y una capacidad de trabajo indetenibles. Aunque en las últimas décadas se ha centrado en la reflexión —por la que ha producido tantos libros valiosos—, su trayectoria viene de lo que ha sido su núcleo germinador: la música. Lo confirman los temas de sus textos, y las valoraciones que ha merecido, como las cuatro, macizas, que acompañan esta semblanza: respuestas de sus emisores a una solicitud del articulista, dan clara idea de los méritos que en Acosta integran y desbordan parcelas.

Por complacer al padre, quien quería para él una carrera que le diera estabilidad material, y para no traicionar su propia sed de arte, matriculó Arquitectura en la Universidad de La Habana. Pero abandonó ese centro para concentrarse en la música. La estudió desde niño, y en el camino —teoría, solfeo, trompeta, saxofón— tuvo profesores destacados. Julián Orbón y Gisela Hernández fueron algunos de ellos.

Aunque también tocó clarinete, acabó dedicándose al saxo, instrumento con el que sobresalió dentro y fuera de Cuba. En los años 50 integró diversas agrupaciones, como la Riverside y las de Armando Romeu, Rafael Somavilla y Benny Moré, para mencionar unos pocos de los nombres más conocidos. Compartió escenarios con músicos como los ya mencionados, y con otros grandes: entre ellos, José Antonio Méndez y Frank Emilio.

Demasiado extensa para esta semblanza sería una lista de todos los artistas relevantes, no solo del país, con quienes trabajó en Cuba, Venezuela y los Estados Unidos. Actuó como solista con la Orquesta Sinfónica Nacional. La relevancia de sus compañeros de tropa, y de los directores que tuvo, habla de su calidad y de su reputación. Su desempeño en Nueva York lo familiarizó con el jazz, que abrazó sin mengua de su arraigo en la música popular cubana. Si cambiaba frecuentemente de una agrupación a otra se debía al dinamismo que lo ha caracterizado: no le gustaba reiterar repertorios.

Conciencia ciudadana

Sus tempranas preocupaciones políticas lo movieron a enviarle a Jorge Ricardo Masetti, cuando este —a quien aún no conocía personalmente— se hallaba en la Sierra Maestra, publicaciones que le permitirían al periodista argentino mantenerse al tanto de noticias sobre los Estados Unidos. Al triunfo de la Revolución, el arquitecto Virgilio Perera lo presentó a Masetti, quien lo invitó a sumarse a lo que sería Prensa Latina. En respuesta, el intranquilo cubano devino uno de sus fundadores.

Fue corresponsal de esa agencia en México y en Praga, y con ella desarrolló parte de su quehacer periodístico, en el que trató arte, cultura, política internacional, para publicaciones como Casa de las Américas, Unión, El Caimán Barbudo, Revolución y Cultura y Bohemia. Pero el músico no podía ni quería sustraerse a su pasión, y también formó parte, desde su fundación, del célebre Grupo de Experimentación Sonora (del ICAIC), creado y dirigido por el maestro Leo Brouwer.

A su desempeño como instrumentista unió, solo o con otros integrantes del Grupo, la composición, sobre todo para obras de los realizadores cubanos Santiago Álvarez, Sara Gómez y Sergio Giral. En la agrupación, afín a sus ideas estéticas, y en la cual a las enseñanzas que halló en el propio Brouwer se sumaron las de Federico Smith, estuvo junto a Sergio Vitier —con quien el pasado año compartió el Premio Nacional de Música—, Emiliano Salvador, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Pablo Milanés, Eduardo Ramos y otros.

Su alejamiento del atril se trenzó crecientemente con su productividad en un quehacer investigativo con el cual, partiendo a menudo de la música, le ha dado a la cultura cubana, y desde ella al mundo, una obra ensayística sólida. Con ella ganó el Premio Nacional de Literatura.

Sabiduría, utilidad

Sus conocimientos y su vocación de utilidad social lo llevaron a ser asesor musical de la Televisión Cubana y asesor del Instituto Cubano del Libro. Se ha movido entre la sociología, la etnología, la crítica y la teoría literarias, la filosofía y otros saberes, con un arraigo cultural que ha tenido un pilar en José Martí y un maestro cercano en Alejo Carpentier —temas recurrentes en él—, asimilado todo con la óptica personal de un creador legítimo.

Se ha dicho que su obra tiene el sello del autodidactismo. El dato, con ser cierto, aporta poco. La verdadera sabiduría, la de mayor capacidad germinativa, ha sido y será, en lo fundamental, logro de autodidactas, aunque hayan completado en aulas universitarias una o más carreras, y no es el caso que nos ocupa.

Con perspectiva libre de aldeanismos frustrantes ha batallado contra secuelas del colonialismo cultural. De su brega en ese frente dan prueba numerosos textos, entre ellos libros como José Martí, la América precolombina y la conquista española, Música y épica en la novela de Alejo Carpentier, Música y descolonización, Del tambor al sintetizador, El barroco de Indias y otros ensayos y los dedicados al estudio del jazz en Cuba.

Cuando algunos asumen que la palabra política es de mal gusto y está fuera de moda, pero se rinden a la pretensa desideologización capitalizada por la política imperial, él mantiene su firmeza anticolonialista, antimperialista, revolucionaria, con ideas cuyas raíces abona su capacidad para pensar por sí. A veces en su amplitud de miras y conocimientos se ha visto eclecticismo, pero sería más exacto ubicarla en la tradición electiva que ha caracterizado al pensamiento cubano de vanguardia: de Félix Varela para acá, pasando por Martí, su cima.

A Leonardo Acosta, electivo y coherente, y cerrero —como quien intenta protegerse con la coraza de la arisquez: “quise esconder el alma, pero se me ve”, cantó Noel Nicola, trovador con quien cabría asociarlo en espíritu—, habrá que dedicar muchas páginas, las más certeras posibles, y, sobre todo, leerlo. No solo ante una feria que, en acto de justicia, se honra honrándolo.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2015/02/11/cultura/leonardo-acosta.html

Aparecerá también en la revista impresa.

Entre sus numerosos libros ha habido espacio para la ficción, con los volúmenes Paisajes del hombre (relatos) y El sueño del samurai (poesía).

Entre sus numerosos libros ha habido espacio para la ficción, con los volúmenes Paisajes del hombre (relatos) y El sueño del samurai (poesía).

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Leonardo Acosta es, en mi opinión, el musicólogo más creativo y audaz de nuestro país. En primer lugar porque es músico de atril y en segundo porque es un hombre de cultura orgánica, un escritor erudito.

Miguel Barnet, poeta y etnólogo, presidente de la UNEAC

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No es posible aludir a Leonardo Acosta de manera única. Su vida profesional transita, en armonía, por caminos prácticos y teóricos: las vivencias del músico de atril, las interpretaciones y reinterpretaciones musicológicas; el ensayista veraz y agudo al analizar los procesos de negociación entre lo propio y lo ajeno en la cultura de Cuba, son algunos de esos derroteros. Sus libros marcan la dinámica del pensamiento musicológico en Cuba y América Latina, y remueven enfoques convencionales.

Victoria Eli, musicóloga y profesora

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Leonardo Acosta es un músico extraordinario y un escritor excepcional. Ha tenido la dicha de integrar importantes agrupaciones cubanas y participar en relevantes acontecimientos que han marcado con sello de oro el universo sonoro criollo. Esto le ha permitido codearse con grandes ejecutantes, compositores, arreglistas, cantantes, musicólogos de nuestro ámbito nacional y de otros países, y le proporcionó la experiencia de la incursión en los géneros de la música popular en todas sus manifestaciones, incluido el jazz, desde la óptica cubana. Sus investigaciones musicológicas revisten una importancia incalculable. Prolíficas y variadas, son un basamento enraizado en nuestras más puras tradiciones musicales. Complementa sus facultades con la profesionalidad para plasmar en prosa amena, elegante y a la vez comunicativa lo vivido y lo estudiado. Hay que quitarse el sombrero ante una personalidad de esta altura.

José Loyola Fernández, compositor, musicólogo, flautista y profesor

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Leonardo Acosta es uno de los músicos de jazz más importantes que hemos tenido en todos los tiempos. Otro tanto pudieran decir muchos grandes maestros, como Chucho Valdés, Leo Brouwer, Enrique Plá, Amadito Valdés y —si vivieran— Armando Romeu y Cachaíto, entre otros. Sus amplios conocimientos musicales y culturales en general, su sonido increíble y su lirismo creativo, sumados a su trabajo teórico tanto en la música como en la literatura, la sociología y otras materias, lo avalan como una de nuestras figuras de primera magnitud. Haber recibido el Premio Nacional de Música ex aequo junto con él, ha constituido para mí una gran alegría por dos razones: su importancia en mi formación y la entrañable amistad que nos une desde que yo era un adolescente.

Sergio Vitier, guitarrista y compositor

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