En la Feria del Libro cubana de este año (2015) se puso en circulación Pablo de la Torriente Brau. Pasión de contar, publicado por la casa editora que lleva el nombre del héroe. Acerca del volumen y su presentación escribí una reseña que se publicará en la revista Bohemia. Ahora reproduzco en la artesa las cuartillas que me fueron pedidas para ese libro. Al revisarlas con miras a esta nueva salida, les he cambiado el título, y —entre otras modificaciones leves— he suprimido en ellas el corte propio de su origen: respuestas al cuestionario hecho por los compiladores.

L.T.S.

Cubierta del libroEn algún texto me he burlado del prurito clasificatorio por el cual se dice que alguien es “escritor y periodista”, o viceversa. Tal formulación establece un deslinde entre las funciones mencionadas, cuando en rigor, al menos si de periodismo escrito se trata, un verdadero periodista es un escritor, aunque no cultive géneros de ficción. Son esos los que en la tradición occidental suelen otorgar rango de cultor literario; pero en nuestra América ocurre que el quehacer periodístico ha sido el terreno donde se ha expresado más ampliamente, o tanto como en los terrenos fictivos, el talento de autores de primera línea. Para el señero José Martí, aquel quehacer fue el que más lo ocupó en cuanto a producción de páginas grandiosas concierne; y para otros —mencionemos solamente algunos ejemplos insignes más: Rubén Darío, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Gabriel García Márquez— ha sido también una parcela de amplio cultivo.

Pero, a pesar de la burla aludida al inicio, también resulta ostensible que la clasificación tiene asideros considerables, y parecen crecer cuando el empobrecimiento del periodismo a nivel mundial, con ayuda de otros males, ha restado prestigio al oficio de informar, que a veces hasta cede el camino a la función contraria. Aunque sería injusto responsabilizar por ese hecho a las tecnologías de más reciente aparición, no cabe ignorar el peso de las facilidades con que ellas abonan despropósitos viejos, pero que ahora parecen estar en el apogeo de sus estragos. Es el caso de la agilidad irresponsable, del descuido formal que campea cuando han quedado atrás los rigores de prácticas creativas que empezaban por el pensamiento serio antes de llegar al manuscrito, o la escritura a máquina, y terminar (o interrumpirse) en todo un proceso de pruebas y revisiones, en el cual —escuela para autores— se fraguaban editores, correctores y tipógrafos experimentados.

Pero, a pesar y por encima de todo eso, un buen periodista sigue siendo alguien que cuida sus textos con no menos pasión que la puesta por un artista responsable en el cuidado de su obra. Un buen texto periodístico es también, a su modo, una pieza artística, literaria. Pablo de la Torriente Brau fue un escritor que volcó su talento, fundamentalmente, en la pasión informativa, y también de ahí —no solo de las ideas que defendió— le viene a su obra la vital perdurabilidad por la que, así como en su tiempo constituyó un camino creativo para la lucha en el plano del pensamiento y de la acción, se le sigue disfrutando por su eficacia verbal e ideológica, incluso por su condición de iniciador del testimonio como hoy se le entiende. Si es cierto, y lo han atestiguado personas que lo conocieron de cerca, señaladamente su hermana Ruth, que él arrancaba de un tirón los textos a su dactilográfica, habrá que entender que su rapidez no era fruto de la despreocupación, sino de aptitudes que no se regalan.

Y su capacidad profesional estuvo siempre hermanada con el coraje informativo. Constantemente desafiaba el peligro. Es cierto que lo hacía ante fuerzas políticas que encarnaban eso que, para simplificar las cosas, llamaremos el mal, al que es elegante desafiar, incluso —y hasta sobre todo— cuando se pierde la vida por encararlo. Pero un coraje como el personificado por Pablo es igualmente necesario para defender, desde dentro, una Revolución que no solo debe vencer escollos externos venidos de las fuerzas hostiles a ella y que dan continuidad a las que combatió Pablo, sino también deficiencias, faltas y desviaciones internas que acaban o empiezan siendo aliadas de aquellos escollos.

En ese terreno hay que combatir por igual, aunque a menudo las consecuencias no aporten a los protagonistas el sello de heroicidad y elegancia que Pablo ganó con su brega, en la cual siempre militó del lado de la verdad y la justicia, hiciéralo o no lo hiciera formalmente en las filas de una organización. No han faltado evidencias de que el no haberlo hecho propició que, al parecer, alguna actitud sectaria influyese en el intento de minimizar, por ejemplo, la significación de su heroica militancia revolucionaria, internacionalista, en defensa de la Segunda República Española, en la cual tuvo una participación que alimenta a la mejor tradición de partidismo emancipador. La vida muestra que también en las derechas se es orgánicamente partidista aunque no se sea parte formal de un partido.

En la conjunción de profesionalidad —signada en él por la calidad de la expresión— y de valentía combativa, están la raíz de la vigencia de su periodismo, y la mayor lección con que sigue siéndonos útil hoy, y lo será mañana.

Su obra tiene un alto valor en sí misma, y como alimento formador. Profesionalidad, pensamiento y actitud combativa —de palabra y de acción— apreciará quien se asome a ella. Tal experiencia será un hecho extendido más allá de lo individual de cada quien. Pablo es cimiento y vaso comunicante. No olvidemos el orgullo con que proclamó haber aprendido a leer en La Edad de Oro. Si bien puede haber dado con ello un testimonio de carácter factual, no debe descartarse que al decirlo se refiriera a la vez, sobre todo, a otra dimensión de la realidad: en aquella revista martiana, cuya lectura se le facilitó en su ambiente familiar, encontró tempranamente un camino para desentrañar textos y vida, y pensar por sí propio.

No es casual que en sus páginas, al sembrar valores con textos como la semblanza de tres héroes raigales en quienes prendió y fructificó aleccionadoramente el decoro, José Martí sostuviera: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”. Una luz como esa sitúa en un plano superior lo que para Pablo significaba haber aprendido a leer en La Edad de Oro. ¿Podría sernos indiferente una obra producida con esa claridad?

Como detalle de experiencia individual en relación con su legado, añadiría que la circunstancia de haber ejercido la diplomacia en la Embajada de Cuba en España, me dio la posibilidad de ser uno más entre los cubanos que han apoyado, o participado en él, el afán de que los restos de Pablo sean trasladados a su patria. Las características del sitio catalán donde se halla la fosa común en que acabó siendo arrojado su cadáver —que había sido preparado ya, en plena guerra, para su envío a Cuba— harán muy difícil desenterrar lo que quede de él, e identificarlo. Pero ese es un propósito al cual no debe renunciarse, y si, finalmente, sus restos no pudieran sacarse de aquella tierra, perduraría en pie el valor —símbolo y verdad— de la declaración, devenida testamentaria, que al consagrarle una de sus elegías Miguel Hernández recordó que el peleador cubano le había hecho: “Me quedaré en España, compañero”. Y si algún día se pudieran traer sus restos para Cuba, en España seguirá afianzado el sello de su ejemplo, para seguir irradiando desde allí a su patria y al mundo.

Conocí la obra de Pablo de la Torriente Brau por sus cuentos de Batey, gracias a la reproducción de uno de ellos, “El héroe”, en un libro de texto de la enseñanza secundaria básica, y por ahí llegué al volumen que lo contiene. Para mí, que estudiaba, a mediados de los años 60, en una escuela situada junto a la línea del ferrocarril oriental Velasco-Sabanazo —que todavía entonces funcionaba: sus rieles y traviesas se convirtieron luego en vigas para la construcción y leña para cocinar—, fue una revelación que el nombre de mi pueblo natal, Velasco, apareciera en un libro. De alguna manera eso sembró en mí algo de disposición para apreciar desde lo entrañable la vitalidad de los textos de Pablo, cuya obra es profundamente testimonial, aun cuando se vea en una novela, Aventuras del soldado desconocido cubano.

Una buena selección de escritos suyos no se librará de excluir páginas que son también de valor altísimo; pero estará fatalmente destinada a ofrecer un conjunto sembrador, ya recoja una muestra de Realengo 18, de Presidio Modelo o de La isla de los 500 asesinatos, de su periodismo y su epistolario, o de otras zonas de su obra no citadas aquí. Sobre todo, invitará a lectoras y lectores —estudien periodismo o cualquier otra carrera, o ejerzan la profesión o el oficio que tengan— a visitar otros espacios de una producción que sobresale, toda ella, por la gracia, el dinamismo, la sinceridad, el talento y el decoro, y la mejor gallardía.

Luis Toledo Sande

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