(Información acerca de la foto al pie del texto.)

(Información acerca de la foto, al pie del texto.)

Tal vez él pudiera decir de sí mismo, con José Martí, que la voluntad de conciliación anima todos los actos de su vida, y se le ve pasar gran parte del día frente a una computadora, atendiendo tareas cotidianas. Pero quien lo haya visto intervenir en una discusión, o andar con su paso de mozo atlético, sabe que tan lejos está de ser cedente como de ser sedentario.

Un correlato de su honradez, de su limpieza moral —mayor aún que su ostensible pulcritud física—, se halla en su resolución de ser discreto, no solo en la antigua acepción de ser inteligente, sino asimismo en la que predomina hoy: la capacidad para guardar secretos. Pero semejante disposición no supera la transparencia de su espíritu, y esta lo impulsa a tener una actitud confesional que parecería venir de la mística, si no fuera porque, hasta donde sabemos, sigue teniendo el gusto, mal visto en estos tiempos, de mantenerse ateo. A esa cualidad se suman en él otras igualmente arcaicas hoy, y poco estimadas: las de ateo y heterosexual.

También eso hasta donde sabemos, pero es muy probable que así sea en realidad, pues entre su pensamiento y su lengua operan resortes de incontenible correspondencia. El primero se desborda a cada paso, ajeno siempre a los asomos de mala intención, y siempre irrefrenable en la franqueza. Aun cuando intentara dar salida por lo bajo a lo que no pudiera guardar para sí, está dotado de un aparato fónico que, de oírlo, se lo envidiaría el “magnánimo Esténtor, quien tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta hombres juntos”, según se lee en La ilíada. Ese es el origen del adjetivo estentóreo, que es pálido para calificar a nuestro amigo.

Para mayor singularidad, él es capaz de mantener en elongaciones sucesivas una misma nota, la más alta de la escala, a lo largo de una partitura que, tenga la extensión que tenga el original, dejada a sus posibilidades devendría infinita. Y todo ello con una sonoridad que vibra entre la tuba y el trombón, una y otro hechos en legítimos aceros alemanes por fabricantes caribeños.

Todo en él apunta a una base donde se adunan el conocimiento y la veneración. En el mundo se ha puesto de moda el título de filósofo, para el que hoy parece merecimiento bastante haber pasado por carreras de temas afines a esa disciplina en cualquier universidad. Pero si se trata de rendir verdadero culto a lo que en rigor debemos llamar filo-Sofía, él ha dado pruebas de una intensidad que pocos se han atrevido a personificar.

Aunque reitera que, al paso de los años, la narración de los hechos se ha enriquecido con elementos fictivos, ya es célebre, y nada la ha debilitado, la leyenda según la cual en cierto momento él tuvo que lanzarse por una ventana, se dice que a considerable altura, huyendo de un agente del orden que lo persiguió armado de astas y pistola. Nuestro héroe afrontó incluso el peligro de ser emasculado por perros callejeros, porque ante la furia del burlado tuvo que salir zanqueando como se vino al mundo.

Pero no solamente se libró de la embestida pistolera: también parece haber salido ileso del hambre de los perros. La señal o evidencia de lo primero está en que hoy sigue vivo y tronante; de lo segundo, en que la portadora del conocimiento, de su filo-Sofía, se le ha seguido dando con actitud devotamente fiel. No media en ello constancia probada de que lo haya hecho en espera de correspondencia, y mucho menos de que la haya logrado. Estamos, pues, ante lo que parece ser una prueba todavía más convincente de generosa y entusiasta fidelidad.

No le demos más vueltas a ese asunto, ni a otros. Aquí se habla de Víctor Manuel González Albear, amigo a quien queremos, y a quien, incluso cuando uno —de hallar motivo para ello— se propusiera dejar de quererlo, acabaría queriéndolo igual o más que antes, porque su terca ternura, / que algunos llaman demencia, / no se limita a la ciencia / ni la rige la cordura. / Lo suyo, en su tesitura, / que en lindes no se detiene, / no es pensar qué le conviene; / sino cómo ser mejor, / aunque no tenga un motor, / y ni bicicleta tiene.

Luis Toledo Sande

La foto: De pie, desde la izquierda, Liset García Rodríguez, Francisco P. Blanco Hernández (Blanquito) y María Victoria Valdés Rodda, en casa de los dos últimos. Con sombrero, y abrazado por Sofía Margarita Romeu Escobar, Víctor Manuel González Albear lee —mientras tomo la foto— el álbum que el grupo hizo para la celebración, y para el cual nació el texto recogido ahora en la artesa.

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