Su imagen, junto a la bandera de la patria, en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre.

Imagen de José Martí, junto a la bandera de la patria, en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre.

Recientemente, en el sepelio de la educadora Angelina Romeu Escobar, a quien por su fértil vida se le veló en la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País, fue necesario pedirle al conductor de la carroza fúnebre que retirase la bandera estadounidense puesta o aceptada por él en la cabina del vehículo. Quienes por impulso propio exigieron que fuera retirada, fundadamente pensaron que la presencia de tal pendón era irrespetuosa en particular con la memoria y los restos de la patriota. ¿Sería esa la única razón para desaprobarlo en un automóvil de propiedad social y administración estatal, y destinado, por añadidura, a una dolorosa solemnidad?

Aunque sea un ejemplar de mínimo tamaño, aquella bandera concentra una historia compleja, como la de toda nación; pero los Estados Unidos —país cuyo pueblo tendría derecho a reclamarla para sí, y sanearla— han protagonizado un devenir imperial opuesto a la independencia y la soberanía de Cuba. Es una realidad bien conocida o fácil de conocer para quienes no quieran ignorarla.

Temas de esa hondura no caben en un artículo breve, y tampoco intentó agotarlo “¿Banderas nada más?”, mucho menos enjuto que el presente, y publicado en el número de Bohemia del 5 de septiembre de 2014. (Se reprodujo en varios sitios digitales, como el de la mencionada publicación, y Cubadebate.) El autor no lo cita por afán promocional, sino para ahorrarse consideraciones hechas o esbozadas allí, y sabe que ambos textos molestarán a quienes acepten la propaganda de la globalización neoliberal y paladeen como caramelos sus ruedas de molino.

Bicitaxi en La Habana Vieja, 23 de marzo de 2015.

Bicitaxi en La Habana Vieja, 23 de marzo de 2015.

Los megaestados —más claramente: los imperios— propalan cuantas falacias les convengan, para devaluar todo lo que huela a defensa de los derechos nacionales… de otras naciones; pero buscan que los suyos sean hegemónicos y perpetuos. En ese rejuego los beneficia que aquellos a quienes han sometido o intentan someter, o sobre quienes influyen de forma dominante, acaten sus dictados como si vinieran de la naturaleza o de fuerzas divinas incontrastables, no de instituciones que defienden intereses de bolsa y poder.

Desentenderse de los valores patrios, o considerarlos intrascendentes, no beneficia a quienes se propongan cultivar la dignidad de su país, sino a los poderosos afanados en privarlo de ella. No es casual que esté arreciando una burda campaña enfilada a injuriar el legado martiano. Que esté condenada al fracaso no basta para pasarla por alto. Curiosamente, se aprecia, sobre todo, en lajas del ámbito académico estadounidense o calzadas desde allí, aunque ha habido y hay en él estudios serios cuyas luces la refutan a fondo.

En semejante contexto ocurre que la bandera de los Estados Unidos ondea —junto a la cubana, o sola— en algunos vehículos que recorren calles del país. También pululan otras enseñas foráneas, y no es necesario cultivar aldeanismo ni chovinismo alguno para desaprobar hechos que merezcan repudio. El patriotismo le ha permitido a la nación cubana alcanzar su independencia y su soberanía en lucha sucesiva contra el colonialismo español y el imperialismo estadounidense, que no ha renunciado a doblegarla.

El respeto que merecen la bandera, el himno, el escudo de la patria debe contribuir a mantener vivo su valor simbólico, movilizador. Convertirlos en meros trapos, sonidos, palabras o trastos propicia que —dígase con una expresión popular— se les coja para el trajín. El humor, que mucho nos ha ayudado, mal asumido puede nutrir también la irresponsabilidad y la desidia, así en el pensamiento como en la acción.

Imagen captada en la calle San Pablo, del municipio habanero de El Cerro, el 14 de febrero de 2015.

Imagen captada en la calle San Pablo, del municipio habanero de El Cerro, el 14 de febrero de 2015.

No procede confiar a meras medidas administrativas, aunque se trate de leyes bien pensadas —y a menudo incumplidas—, lo que debe asentarse en actitudes conscientes y nociones firmes, abonadas por la historia y la información. Pero el temor a excesos de control y al dogmatismo no debe convertirnos en ortodoxos del despelote y la irreverencia ante lo que merece orden y respeto. Semejante desprevención sería siempre costosa, y más aún si se une a la falta de claridad política, raigambre cultural y sentido común. ¿Qué decir de la desfachatez?

Luis Toledo Sande

Fotos del autor del texto

Publicado en Bohemia, 17 de abril de 2015.

También circulará en la edición digital de la misma revista.

Anuncios