Foto: Gaspar Sardiñas, Archivo de Bohemia.

Foto: Gaspar Sardiñas, Archivo de Bohemia.

Con decir que se le recuerda por la relevante labor que desplegó en la Campaña Nacional de Alfabetización, se daría una idea del ser humano a quien se dedican estas líneas, Raúl Ferrer. Surtidora de semillas que siguen germinando no solo en Cuba, sino en otras tierras de nuestra América y en otros continentes, aquella Campaña —cultural en el sentido más profundo y abarcador— ha sido una de las mayores proezas de la Revolución Cubana.

Él, vicecoordinador nacional de esa obra, fue una de sus almas. Se entregó a encaminarla en esfuerzo compartido con otras personas que, como el coordinador, Mario Díaz, también merecen elogio, al igual que el conjunto de maestros voluntarios, brigadistas y alfabetizadores populares que la llevaron a feliz término, un ejército de luz que tuvo incluso mártires.

En la herencia de José Martí, abrazada en La historia me absolverá, la Revolución Cubana acometió su proyecto educacional y justiciero desde que alcanzó la victoria en el alba de 1959. Ya Raúl Ferrer había cumplido cuarenta y tres años, y su talante de lozana cubanía, cimentada en el ímpetu creador, halló el entorno para realizar sus sueños.

La Alfabetización fue la mejor continuidad para el largo trecho de magisterio que él había emprendido en su juventud. Empezó haciéndolo en educación física, y pronto se adentró en un terreno más amplio de saberes y virtudes, siempre junto al afán de justicia social para su pueblo. En una república maniatada por el imperialismo y corroída por las desigualdades, se vinculó con quienes comprendieron que la vía para transformar el país se hallaba en el empeño por construir el socialismo. Plantearse tal meta en aquellas circunstancias, a no pocos les parecería un acto quijotesco, para decirlo en términos “piadosos”.

Orígenes y camino

De familia modesta, Raúl Ferrer Pérez nació en Meneses, localidad del municipio de Yaguajay, entonces perteneciente a la provincia de Las Villas, hoy a la de Sancti Spíritus. El alumbramiento ocurrió el 4 de mayo de 1915, aunque por la fecha de su inscripción en el registro civil el centenario se le celebre el 1 de julio. Tempranamente asumió la causa del socialismo con la resolución de jugarse la piel. Lo demostró con su conducta diaria.
Para que los niños y las niñas más pobres no sufrieran la humillación de la desigualdad —que les impedía calzarse—, y que por ese motivo no faltaran al aula, ideó que todos sus alumnos asistieran a clase descalzos: “Así el aprendizaje les entrará por los pies”, diría. Los que tenían zapatos, los dejaban junto al tronco de una ceiba, bautizada Carlos Manuel de Céspedes. El maestro daba el ejemplo: también él ponía allí los suyos.

Se arriesgó, sobre todo, en un sentido de mayor significación: vinculado al Partido Socialista Popular, tomó parte activa en el enfrentamiento a la realidad nacional. Buscaba una república diferente, una libertad que permitiera a toda la infancia, a todo el pueblo, tener zapatos y libros. Sufrió persecución y cárcel, y más de una vez intentaron cesantearlo, a lo cual se opusieron otros trabajadores de la enseñanza que lo respetaban y admiraban.

En los períodos en que se le arrancó del aula hay derecho a pensar cuando en su “Romance de la niña mala” —dedicado a sus alumnos del Central Narcisa— se leen los siguientes versos: “Y cuentan los que lo saben,/ que en aquella tarde amarga/ en que no vino el maestro,/ era la que más lloraba”. Viene asimismo a la mente el pasaje que rememora de este modo a la niña: “Verdad que siempre está ausente;/ pero si viene no falta/ entre sus manitas breves/ un ramo de rosas blancas/ para poner al Martí/ que tengo en mitad del aula”.

Renovado fervor

Quienes lo trataron, máxime si vieron el entusiasmo con que, en la Cuba de la Revolución triunfante, renovó su ahínco educacional, lo recuerdan con veneración. De ello abundan testimonios, como los que prestigiosas voces dieron especialmente para acompañar estas páginas, cuyo autor lo conoció, sobre todo, en los Seminarios Juveniles de Estudios Martianos. En esos encuentros el maestro contaba que su Martí “en mitad del aula” no era simple metáfora: en las escuelas a su cargo no había los llamados “rincones martianos”, porque —afirmaba— al hombre de La Edad de Oro no le correspondía estar arrinconado, sino vivir en el corazón de la enseñanza, tanto en quienes la practicaban como en quienes la recibían.

Como parte de su atención a la obra de Martí —sobre quien hacía observaciones que han merecido reconocimiento y gratitud de estudiosos—, hacia el final de su vida colaboró con Teodomira (Teddy) Aguiar Abreu en el afán de compilar los numerosos poemas dedicados por autores de Cuba y de otros países al hombre en quien Gabriela Mistral vio una “mina sin acabamiento”. Recuperar aquella compilación, y publicarla, sería un logro.

De su actitud y sus ideas en general hablan los hechos de su existencia, que, de tantos y tan intensos, no cabría ni rozar en pocas páginas. Felizmente, sobre la trayectoria seguida por él antes y después de 1959, existe una Cronobiografía de Raúl Ferrer Pérez, obra de Lidia Dávila Montes, Baldomero Expósito Rodríguez y Nilda Sosa Delgado. Ese texto ha nutrido y seguirá nutriendo contribuciones sobre la vida y la obra del maestro.

Pero el volumen, impreso en La Habana en 1998, no parece haber tenido una tirada extensa, ni haberse reeditado, y es necesario promover lecturas y conocimientos que le rindan a Ferrer un homenaje digno de sus méritos. No cabe acomodarse a la existencia de páginas publicadas, y tampoco son tantas las que se le han dedicado. Añádase que, aunque lo fueran, hasta sobre almohadas de libros puede dormir, ingrato, el olvido, máxime tratándose de una figura como la suya, tan distante —y distinta— de las que privilegian como cuestión de moda los medios dominantes en el mundo, cuyos tentáculos desinformadores se cuelan por todas partes.

Con la brújula de Martí —“Ser culto es el único modo de ser libre”—, vio en la Campaña de Alfabetización el modo de acometer en toda la patria la obra de saber y ternura que reclamó el autor de “Maestros ambulantes”, artículo de 1884 donde se lee aquella máxima. Cumplida la histórica Campaña, Ferrer desarrolló dentro del Ministerio de Educación una fértil labor en el frente de la Educación de Adultos, para el cual se hicieron los planes llamados de Seguimiento.

Su aporte a esa labor —a la que sumaría la Campaña por la Lectura, dirigida a toda la población— fue medular, y le ganó un prestigio que desbordó largamente el ámbito cubano. Fue asesor de la Unesco y participó en distintos foros internacionales. También ejerció la diplomacia como consejero cultural de la Embajada de Cuba en la Unión Soviética.

En la poesía

Permanente fue en él la conjunción de poesía y labor pedagógica. En el prólogo a uno de sus cuadernos de versos (Poemas, 1990), Alfonso Quiñones recuerda haberle oído decir que no había vivido “‘en poeta’ y a eso achacaba su falta de reconocimiento por parte de la crítica. Pero es que, en realidad, Raúl Ferrer siempre ha vivido ‘en poesía’”. El juicio de Quiñones lo apoyan textos del propio Ferrer.

En “Raquel”, poema dedicado a Raquel Cuesta Méndez, la compañera de su vida, sostuvo: “¿Recuerdas/ cuando andábamos/ de un lugar para otro/ perseguidos?// Todo quedaba/ abandonado en casa;/ menos los versos,/ lo único que de veras/ aquel mundo/ me dejó poseer/ y compartir contigo!”. En “Arte poética” plasmó el sentido con que amasaba la poesía: “Ni verso para hacerme una corona,/ ni verso de acicate a mis instintos,/ ni una mesa de versos,/ ni versos para el llanto./ ¡Mejor los llevo al cinto!”.

No bruñó sus versos obedeciendo a modas, ni llevado por la sed de puntualidad que pudiera dominar a quien acude a la cita con la poesía afanado en hacer carrera literaria. De ahí, y del consciente valor de utilidad —en la virtud— con que escribía, pudiera derivarse algún menosprecio de su estatura poética, acaso por la idea de que, en cuanto a recursos y modos expresivos, no buscó someterse a corrientes o normas de paso. Pero quizás de esa “extemporaneidad” le vengan sus valores más perdurables.

Tampoco se caracterizó por descuidos, ni por subvalorar las exigencias formales para ceder a un pedagogismo cómodo. “Estoy haciendo versos/ porque me gusta la palabra hermosa”, se lee en “Nueva Beatriz”, poema de resonancia dantiana en que declara asimismo: “Estoy hecho de rima casi todo”. Solo que no vio en la forma un fin, sino un camino para llegar con autenticidad al corazón de sus destinatarios. Ya por eso merecería respeto, lo merece.

Si se quisiera un fundamento para acreditar las consideraciones precedentes, quizás no habría otro mejor que la aceptación de la cual gozan, hechos canciones, textos suyos tan diversos como el ya citado “Romance de la niña mala” y “La vaquita Pijirigua”. Tal triunfo no alcanzaría a explicarlo únicamente la destreza del espléndido musicalizador e intérprete: Pedro Luis Ferrer, sobrino y venerador del poeta. Se explica por el dominio que este tuvo de la palabra, y por un registro de sentimentalidades que van desde la ternura hasta la comicidad de arraigo popular.

Campechanía, grandeza

Caricatura de Blanquito

Caricatura de Blanquito

El autor de esos textos, y de tantos otros, hace pensar en un tipo humano característico del centro del país, donde parecen brotar, como frutos de la naturaleza, seres en quienes la conciencia del valer propio va pareja con la voluntad de no darse importancia, o, para emplear una expresión que hoy parece en desuso, no darse lija. Vienen a la mente personas a un tiempo afines y diversas, como los escritores Samuel Feijóo, de quien contaba anécdotas deliciosas, y Onelio Jorge Cardoso —ambos próximos afectivamente a él—; Alcides Iznaga, cuyo centenario, en 2014, pasó sin la atención merecida; o la maestra y trovadora Teresita Fernández.

La proyección de personas como esas puede confundir a quienes se dejan encandilar por poses y figureos. Pero no a quienes miren a lo hondo y con pupila esclarecida. En el caso que nos ocupa, y en otros, la campechanía apunta a una conciencia de servicio colectivo que engulle o pone en su sitio a la vanidad y otras expresiones de la egolatría. No es razón para desconocer la altura de aquellos y aquellas que no se dejan obnubilar por su jerarquía intelectual.

Caricatura de Juan David.

Caricatura de Juan David.

A propósito del aniversario 90 de Raúl Ferrer, que había fallecido el 12 de enero de 1993, en La Habana, Enrique Núñez Rodríguez, amigo suyo y también de origen villareño, escribió: “Ahora que la cubanía, la identidad nacional, y nuestras raíces culturales son objeto de un serio estudio, alguien debería profundizar en el pensamiento, la obra y, sobre todo, la sicología de este comunista con letra de Marx y Engels y música de Sindo Garay”. Para hacer aún más completo el feliz y risueño acierto, habría que añadir, con toda seriedad, que la orquestación iría por cuenta de José Martí.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia, 26 de junio de 2015;

y en la edición digital de esa revista:

http://www.bohemia.cu/2015/06/29/cultura/raul-ferrer-centenario.html

Nota: En la revista impresa y en su versión digital, además de tres poemas de Raúl Ferrer y otras ilustraciones se incluyen sendos testimonios en torno a él aportados por Armando Hart Dávalos, Asela de los Santos y Lidia Turner Martí en respuesta a una solicitud del autor del texto. (L.T.S.)

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