Ilustración de Roberto Figueredo.

Ilustración de Roberto Figueredo.

La alegría, útil para vivir, debe estimular el pensamiento, no aletargarlo. Una de las verdades que aprendimos en la escuela enseña que Cuba se halla en un área geográfica donde no se suceden primavera, verano, otoño e invierno, sino alternan dos estaciones fundamentales: lluvias y sequía. También este ciclo lo han alterado los cambios climáticos de los últimos tiempos, y bajo el estímulo de la promoción turística, y de la realidad, hace unos años prosperó un lema que repetíamos con orgullo: “Cuba es un eterno verano”.

Desde fecha más cercana se ha puesto de moda celebrar imaginativamente el inicio y el fin de la etapa fogosa, como en un rito establecido por decreto; pero el entusiasmo no conseguirá que el calor se limite a ese lapso. Llamar verano a las semanas que van de julio a los primeros días de septiembre parece obedecer, de un lado, a una ilusión: creer que las altas temperaturas se darán solamente en ese período; y, de otro, a una verdad ostensible: la población escolar del país está de vacaciones, y eso no es una minucia.

El muchacherío necesita modos de aplicar sus energías y reponerlas para el siguiente curso, lo cual concierne además, de distintas maneras, a los familiares adultos, tengan o no tengan vacaciones. La nación puede y debe apoyar la búsqueda de opciones para el entretenimiento; pero este no se alcanzará ignorando intereses e iniciativas individuales y colectivas. Por otra parte, enfrascado en hacer eficiente su economía, el país no está en condiciones de asumir todos los gastos necesarios para la recreación. Comprenderlo debe ser fuente de normas para todos los sectores y niveles de la sociedad.

Las familias están llamadas a dar su aporte, con el apoyo de las organizaciones y las instituciones del territorio correspondiente. La comunidad ha de favorecer el cultivo de la alegría, que no excluye perspectivas creadoras, ni hábitos edificantes como el de leer, y el de disfrutar la música, sea en el recogimiento o en reuniones y fiestas, sin convertirla —como va siendo habitual— en bulla enajenante, molesta para otras personas.

Diversificar los modos de recreación y los empeños para propiciarla va más allá del ahorro y el buen empleo de recursos: es asimismo una manera de evitar efectos deformadores causados por la centralización excesiva. Concretamente, las fiestas populares —que solo tienen garantizados éxito y fertilidad si la población las abraza y les imprime sus iniciativas— son en términos sociológicos y prácticos un ejemplo aprovechable al pensar caminos masivos para el esparcimiento.

Donde exista un local adecuado para buenos encuentros, habrá espacio en que recrearse. Donde haya un río, un bosque, una playa, un pedazo de naturaleza para dar riendas sueltas a la diversión sana, habrá maneras de cultivar el cuidado del entorno. Ese es un propósito fundamental cuando se está generalizando una indisciplina que no solo daña ámbitos urbanos y playas: lo mina todo. Urge poner freno eficaz tanto al desastre ambiental como al deterioro de las costumbres.

No se trata de campañas propagandísticas, generadas por mentes dadas a imaginar catástrofes. De manera creciente lo confirman la mengua de la civilidad y el empeoramiento del clima que le está tocando vivir al mundo: que nos está tocando sufrir. Temperaturas insoportables y diversos fenómenos destructivos crecen, en frecuencia y en intensidad, por el manejo incontrolado de los recursos naturales.

La vida del planeta, de las especies que en él se han formado —la humana, una de ellas y máxima responsable de tal calamidad, también peligra—, merece perdurar y crecer hacia un verdadero progreso. Justicia y cultura plenas se requieren para ello, y no son meta que pueda confiarse a la espontaneidad.

Aparte de ofrecer vías de recreación, el contacto directo con la naturaleza puede constituir una escuela viva. El clima no se maneja fijando administrativamente fechas para celebrar presuntos inicio y fin de una estación que se torna ilimitada. Apremia impedir que el mundo se convierta en un infierno eterno, donde no cabría hablar de recreación, pues no habría condiciones para la vida.

Cultivar formas de esparcimiento, y divertirse, no implica desentenderse de la realidad, ni renunciar al pensamiento; no obliga a desistir del propósito de que la humanidad llegue a ser verdaderamente humana y a tener un mundo a esa altura.

Luis Toledo Sande

Publicado en “La columna editorial” de Bohemia, 7 de agosto de 2015, y en la edición digital de la revista.

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