El poeta, en uno de los retratos que hizo de él su hijo Rapi. Fotocopia: cortesía de Josefina de Diego.

El poeta, en uno de los retratos que hizo de él su hijo Rapi.
Fotocopia: cortesía de Fefé.

Los noventa y cinco años que Eliseo Diego habría cumplido el pasado 2 de julio, los recordó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba el 24 de ese mes con Lo que me cuentan los libros de la biblioteca de mi padre, testimonio de la hija, Josefina de Diego, Fefé. Ella también tiene el don de la palabra —lo prueban páginas como su libro El reino del abuelo—, y es la voz de una casa donde han ido dejando de ser presencia corpórea los padres y, jóvenes aún, los hermanos: Constante, Rapi, duende del dibujo, y Eliseo Alberto, Lichi, escritor exitoso.

Eso, para emplear una expresión que suena al maestro Eliseo, se dice como si tal cosa; pero ubica a Fefé en una familia que infunde responsabilidad. Junto a la honra del Diego —que el padre, orfebre de la escritura, caligrafía incluida, y aun de su propia imagen, usaba sin el de que le contrariaba la eufonía—, está la del García Marruz de la madre, Bella, y la del Vitier de tío y primos.

“Desde que abrí los ojos a este mundo me han acompañado los libros de la biblioteca de mi padre. Pero los suyos no eran para jugar ni para tocarse, según mamá nos había advertido. Nosotros teníamos los nuestros, en nuestro maravilloso closet de tesoros. Teníamos nuestros ‘ídolos’; papá y mamá, los suyos”. Para el recorrido que narró en la UNEAC, tuvo que vérselas durante un año con los alrededor de cuatro mil ejemplares que hablan de las preocupaciones intelectuales y los gustos literarios del padre.

El cincuenta y cinco por ciento son ediciones en español; el resto, fundamentalmente en inglés. Colección nacida no de incontinencias de coleccionista, sino de la vocación de un escritor que buscaba nutrientes para su sed creativa, los libros reunidos por Eliseo Diego fueron básicamente editados entre su crecimiento como lector y su muerte, ocurrida el 1 de marzo de 1994. Pero también los hay de otras épocas, ejemplares valiosísimos, raros.

Explorarlos fue apasionante y revelador para Fefé, como lo fue su charla para quienes la oyeron, y lo será para quienes lean el texto cuando se publique. De lo mucho que aquel tesoro muestra, ella recordó zonas como el entorno de la Segunda Guerra Mundial, de cuyo final se cumplen siete décadas este año. Durante la conflagración, editoriales inglesas y estadounidenses siguieron regulaciones para el mejor aprovechamiento del papel, y para el tamaño y el peso de los libros, que incluían, impresa en ellos, la invitación a que, una vez leídos, se les hicieran llegar a los soldados por vías establecidas con ese propósito.

En su estudio. Foto: cortesía de Fefé.

En su estudio.
Foto: cortesía de Fefé.

Junto con la insondable sabiduría de Eliseo Diego, un tema especialmente iluminado por su biblioteca es la historia cultural de Cuba. En los años 40 y 50 del siglo XX, lejos del movimiento editorial y del público lector que el país tendría después de 1959, en colofones, sellos y exlibris las publicaciones recogen nombres de “más de cuarenta librerías e imprentas en la capital”. Acerca de ellas, cuya cifra la sorprendió, Fefé halló material gráfico que sugiere un libro en camino.

“Me llamó la atención ver que en la famosa y elegante tienda El Encanto había una librería, algo que, me parece, habrá sido novedoso en su época”. Hizo una referencia particular a Impresores Úcar, García, S.A., establecimiento familiar para quienes han frecuentado libros cubanos de la época. Estuvo sucesivamente en los números 9 y 15 de Teniente Rey, como se le sigue diciendo a la calle que oficialmente se llama Brasil. Con razón deplora Fefé la ausencia de una placa que recuerde a una imprenta importante “no solo para los origenistas”, para quienes tendrá especial valor afectivo porque allí se hizo la mítica revista Orígenes.

La biblioteca de Eliseo ofrece fuentes y pistas para el conocimiento del Grupo que dio nombre y vida a esa publicación. Uno y otra tuvieron en él uno de sus exponentes representativos, junto con José Lezama Lima —el Maestro—, Cintio Vitier y Fina García Marruz, los pintores Mariano Rodríguez y René Portocarrero, y otros cultores de las letras, las artes y el espíritu.

Por caminos aquí apuntados o sugeridos, y por otros —algunos inasibles, como el aroma que flota entre los textos impresos y los nexos de la memoria— la biblioteca aporta material para historias de amistad, y la desbordan recuerdos de toda una familia estructurada por contingencias biológicas y, sobre todo, por el afecto y la identificación en ideas y en vocación estética. Lo familiar y lo amistoso —líneas con anécdotas que saltan del papel— remite, en casos así, a honduras del pensamiento y a inquietudes vitales. Ese reino de libros guarda no pocos asombros.

Fefé durante su conferencia, que dedicó a los compañeros y las compañeras de su padre en la Biblioteca Nacional José Martí, donde él trabajó durante años. Foto: L.T.S.

Fefé durante su conferencia, que dedicó a los compañeros y las compañeras de su padre en la Biblioteca Nacional José Martí, donde él trabajó durante años.
Foto: L.T.S.

Una de sus estelas para replanteamientos justicieros atañe a Mary Stanley Low, “una inglesa no muy británica”, al decir de Fefé. Dos décadas vivió en Cuba, hasta 1971. Aquí hizo vida familiar cubana, y escribió en español, que dominaba tanto como su lengua madre, el inglés, y como la francesa. Tradujo poemas de Eliseo y colaboró en Orígenes. Intelectuales de la altura de Cintio Vitier y Graziella Pogolotti la han recordado con aprecio, y Fefé reclama que “sus poemas se tengan más presentes en nuestro país”.

La biblioteca de un gran escritor desata sugerencias para la imaginación y el pensamiento. En esta noticia no se ha intentado escoger una muestra de nombres de autores y títulos de obras que estimularon la creatividad de Eliseo Diego. Habría muchos que mencionar, y siempre se incurriría en omisiones lamentables.

Falta espacio para enumerar los libros de un grupo básico en su biblioteca: los escritos por alguien que no cabe en las oscuras manos del olvido, y otros donde él puso luz como antólogo o como prologuista, o como traductor. Algunos le fueron dedicados a él, y todos llevan en general la impronta del consumidor y guardián de cultura que tantos miles de páginas reunió: el poeta y narrador con quien se honró en 1993 el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe que lleva el nombre de Juan Rulfo.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia, 21 de agosto de 2015.

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