CubiertaEn la nota de contracubierta se apuntan comparaciones que tal vez sigan asomando o aumenten: con otra novela, Memorias de una geisha, de Arthur Golden; con El último samurái, película de Edward Zwick; con Madama Butterfly, ópera de Giacomo Puccini. Pero, aunque fueran muchas las obras con las cuales tenga o parezca tener similitudes, posibles relaciones, La amante japonesa del obispo kamikaze, de Thelvia Marín Mederos, es pieza singular.

La autora, con preparación en sicología y en música, ha sobresalido como escultora y pintora, ejercido la diplomacia y publicado libros de poesía, narrativa y ensayo. Quien escribe esta reseña la entrevistó en 2012 para Bohemia con ocasión de sus noventa años, tan bien cumplidos y llevados, y ahora, un trienio después, se entera de que en Madrid la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica le ha otorgado su Premio Ediciones Comoartes. Pero la noticia del momento, y que confirma su espléndida vitalidad, es la publicación en La Habana, por Ediciones Extramuros, de la novela mencionada, que propicia modos diversos de asumirla.

Para disfrutarla bastaría la línea argumental: las peripecias de la japonesa que, de familia vinculada al poder, crece en medio de la dominación de territorios chinos por su país; tiene en él su apasionado estreno amatorio, interrumpido por la Segunda Guerra Mundial; sufre en cuerpo y espíritu la crueldad de esa conflagración; y vive un recorrido ardoroso, con grandes peligros, por Italia y las Alemanias de posguerra, hasta llegar a Costa Rica.

El público no perdonaría que se le contara el fresco de pasiones, sufrimientos, calamidades, y de intensos placeres, donde lo espera una lectura estremecedora. Con su poder fabulador, la autora sale airosa donde otros podrían naufragar en un frío reportaje, en un collage de experiencias, aventuras y razonamientos, y entrega una novela que deja la mesa servida para un guion cinematográfico.

En menos de doscientas páginas traza, con la gracia de la literatura, un disfrutable curso de historia, sociología, arte, relaciones interculturales, política, naturaleza, sicología… Todo fluye sin quiebras, con ingredientes como el erotismo, en el cual, aunque el fuego llegue al delirio, la novelista se adentra sin el patetismo de lo gratuito.

Otra opción para disfrutar el libro es tomarlo como retrato de un alter ego de la autora. Sería desatinado inventar similitudes entre la japonesa, la de existencia real, y la cubana —con sangre insular y española nutrida por el mambisado— que la trató en Costa Rica y en La Habana, y recreó su vida. Pero coraje y tenacidad, formación musical y alma estética puntean afinidades. La trayectoria de la rebelde asiática interesó a la escritora que en su juventud participó en la clandestinidad revolucionaria, y encaró y amedrentó al sanguinario Esteban Ventura, cuando —recuerda ella— hubo varón a quien faltó resuello para acudir al llamado de la lucha.

Desde el sentido general de justicia, y con el aval de su actitud, la narradora denuncia desventajas que históricamente han padecido las mujeres, aun aquellas de temple como la protagonista japonesa, y quien la llevó a la ficción literaria. Eso ratifica el peso de un hecho: incluso mujeres de gran fuerza de carácter, con energía para vencer peligros y vicisitudes, pueden verse arrastradas por el hombre al asumir o desestimar credos políticos y religiosos.

El modo no precisamente menos aportador, ni el último posible, de leer esta novela es tomarla como testimonio o manifiesto de la época en cuanto a talantes políticos y proyecciones ideológicas. Ofrece una especie de historia del abundante desencanto contemporáneo, frecuentemente acompañado —ante las encrucijadas que se han dado y se darán a la humanidad— de búsquedas de una “tercera vía”, para la que no parece haber espacio real. De haberlo, ¿adónde podría conducir?, ¿tendría peso de realidad valiosa?

No se ha dicho todo lo que suscita una novela cuya lectura —por su interés, por la sabiduría de la autora— logra fluir sobre una puntuación que reafirma una de las verdades de este tiempo: urge revitalizar el buen trabajo editorial, el que no va contra la originalidad de los autores ni procura imponerles caprichos ajenos, y puede librarlos de pecas que no son sello estilístico ni triunfo personal.

Si las tuvo, del maestro devenido piloto kamikaze y obispo no aparecen en la novela más amantes que la protagonista, compatriota suya, aunque tal vez el sintagma la amante japonesa sugiera magnitudes latentes. Seguro es, eso sí, que de muchas nacionalidades pueden ser quienes lean y amen el texto reseñado.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia, 4 de septiembre de 2015.

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