Tal sería la imagen de don Mariano al casarse con doña Leonor. (Archivo de Bohemia)

Tal sería la imagen de don Mariano al casarse con doña Leonor.
(Archivo de Bohemia)

En el bicentenario de su padre, nacido en Valencia, España, el 31 de octubre de 1815, José Martí sigue aportando el mejor testimonio para honrarlo.

Con serenidad y trazos que no parecen de un niño de solo nueve años, escribió José Martí el 23 de octubre de 1862, en Caimito del Hanábana, la primera de sus cartas conocidas. En ella le expresó a doña Leonor Pérez Cabrera —la madre, quien se hallaba en el hogar habanero— buena relación con el padre, a quien presumiblemente ayudaba como amanuense. Designado capitán juez pedáneo en aquella zona (o pedanía, según la división político-administrativa entonces al uso) de la actual provincia de Matanzas, don Mariano Martí Navarro debía velar allí contra el tráfico de esclavos.

La Corona española se veía en la obligación de acatar el apremio británico para poner fin a la trata. Aunque no brotó de un sentimiento justiciero, sino de intereses mercantiles —los de una Inglaterra presta a comercializar la máquina de vapor, que venía a desplazar la mano de obra esclava en la producción de azúcar— el hecho complacería a los partidarios de la abolición.

Al niño que ante lo visto en Caimito del Hanábana “juró/ Lavar con su vida el crimen” de la esclavitud —recordará cerca de tres décadas más tarde el autor de Versos sencillos—, le satisfaría la firmeza que en su modesto cargo mostró el padre frente a quienes medraban con el contrabando de esclavos, aunque poco logró frente a los poderosos interesados en ese negocio, y fue destituido. Algo similar le costó en La Habana su negativa, como funcionario policial, a transigir ante injustas exigencias de una dama aristocrática contra un humilde conductor de carruaje.

Del bocabajo a la historia del mundo

Aquella experiencia infantil de Martí asomará en un apunte en el cual recuerda las que selectivamente conservaba en la memoria como sus “primerísimas impresiones”. Una de ellas concierne a monstruosidades de la esclavitud que conoció en el agreste paraje: “El boca abajo en el campo, en la Hanábana”.

Otra de las impresiones ubica los hechos en la dimensión universal y supraétnica de tal forma de explotación de unos seres humanos por otros: “la 1ª lámina, los sajones de la Historia de Roma, de [Oliver] Goldsmith, desnudos en el agua, armados de macana contra los romanos de casco &”. En su niñez esa imagen no le diría todo cuanto podía decirle con el paso de los años, pero que siguiera recordándola sugiere que para él fue significativa en el camino que lo llevaría a sostener en Versos sencillos: “¡La esclavitud de los hombres/ Es la gran pena del mundo!”.

En las citadas anotaciones, donde se percibe que primerísimas remite a lo cronológico y a lo cualitativo, está presente su progenitor: “¿Qué vi yo en los albores de mi vida? Aún recuerdo aquellas primerísimas impresiones: mi padre en la calle del Refugio: Porque a mí no me extrañaría verte defendiendo mañana las libertades de tu tierra”. Además de ser revelador en sí mismo, el hecho de que en el apunte muestre el propósito de rendir tributo público a don Mariano —“(En un discurso, pintura de mi padre)”, escribe— permite considerarlo posterior a la muerte de este, ocurrida el 2 de febrero de 1887.

Pero entre los indicios de la niñez y los que el todavía revolucionario adolescente dará de identificación entre él y su padre mediaron episodios que agriaron las relaciones entre ambos, y han alimentado una cierta leyenda negra en torno al segundo. A veces, por la manera como se le ha dado pábulo, parecería que se hubiera creído necesario demeritar a quienes rodearon al héroe para enfatizar su grandeza, que vale y se hace respetar por sí sola.

Al padre, hombre rústico, podía resultarle ajena la vocación de su primogénito para las letras, y era natural que aspirase a verlo realizando tareas de las cuales se derivara el auxilio necesario para la familia. Huella metafórica de esa contradicción se ha sentido en el discurso con que el 30 de noviembre de 1889 José Martí rindió tributo a José María Heredia: “¡Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!…: los de Heredia acababan en los labios de su madre, y en los brazos de su padre y de sus amigos”.

Así el Heredia que nacía para la poesía era acogido en un hogar de buen desenvolvimiento cultural y económico. En el de Martí las letras parecerían un lujo. Su familia era humilde, y la pobreza se agravó por algo que entonces sería toda una complicación: tras el primogénito y único varón nacieron siete niñas. En él depositarían los padres sus esperanzas de apoyo; pero el muchacho vino dotado de fuerzas y voluntad para consagrarse a una familia mucho mayor: la patria, y, por ese camino, la humanidad.

Carta dolorosa

A las complicaciones mencionadas añádase que siempre es difícil salir airoso en la crianza de un niño o una niña normal; pero ¿cómo actuar ante una criatura en quien, sin que los padres tengan manera de saberlo, está en camino un ser extraordinario, y por añadidura con vocación misional de libertador?

El padre, humilde hombre de trabajo, formado en modos familiares bruscos, autoritarios, propios de su medio, conocía lo que para su pueblo, Valencia, donde se formó, representaba la monarquía española con su séquito de funcionarios y lacras. Podía, pues, prever que el hijo, cubano, defendería las libertades de su tierra, separada de España por mucho más que el mar. Pero otra cosa sería asumir la consumación de ese vaticinio, y sus consecuencias.

Don Mariano, quizás en 1873, en La Habana. (Archivo de Bohemia)

Don Mariano, quizás en 1873, en La Habana.
(Archivo de Bohemia)

No todos los padres —ni todas las madres— enfrentan de igual manera que sus hijos corran el peligro de morir en la lucha. Don Mariano sabría lo que tal peligro significaba y, precisamente por ser funcionario policial español, aunque de poco rango, intuiría que contra un hijo suyo la represión podía ser más implacable. La necesidad de que el muchacho trabajase, y la conciencia de los riesgos que encararía en la lucha, reforzarían la voluntad de controlarlo. De ahí la carta que el adolescente le escribió a su maestro y mentor Rafael María de Mendive, y que se ha citado para calzar en lo justo y en lo injusto la visión negativa en torno a don Mariano:

“Trabajo ahora de seis de la mañana a 8 de la noche y gano 4 onzas y media que entrego a mi padre. Este me hace sufrir cada día más, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Vd. con toda la franqueza ruda que Vd. me conoce que sólo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme. La carta de Vd. de ayer me ha salvado. Algún día verá Vd. mi Diario y en él, que no era un arrebato de chiquillo, sino una resolución pesada y medida”.

No debe subvalorarse el peso de tal declaración, ni que brotó de la sensibilidad de un adolescente sincero y dolido. La carta, considerada de 1869, el Epistolario (1993) de Martí la ubica, a base de conjeturas razonadas, en octubre de ese año. Por fuertes que fueran, las desavenencias entre el autor y su padre no tardaron en deshacerse. La tragedia vivida por el adolescente los unió en la comprensión, dolorosa a menudo. Si él no tuvo que abandonar el colegio y dedicarse a trabajar fue porque sus padres aceptaron que Mendive, convencido de las extraordinarias condiciones del alumno, costeara sus estudios.

Amarguísimo día

El 21 del mismo octubre de 1869 ingresó José Martí en la Cárcel Nacional, acusado, como se sabe, de infidencia. Comenzó así una escalada condenatoria que en abril del año siguiente lo llevó al trabajo forzado, como prisionero, en las Canteras de San Lázaro. En tales circunstancias quedó sellada la identificación entre su padre y él, quien lo testimonió en El presidio político en Cuba (1871).

Recordó el “día tan amargo aquel” en que intentaba ocultarle al padre “las grietas” causadas en su cuerpo por las cadenas, pero no lo consiguió: “¡[…] vio al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo, y correr, y correr!”.

Descrita por el hijo, la reacción del padre conmueve: “Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquel!”.

La escena —de gran tragedia, pero no con protagonistas fictivos, sino reales, como han visto distintos estudiosos— no solo le confirmó al progenitor quién era su hijo. También el joven patriota apreciaría desde entonces al padre en todo su valor, y salió maduro del presidio, con su carácter fraguado.

Doña Leonor gestionó su salida de la prisión, donde difícilmente su salud hubiera resistido los seis años de la condena. Pero don Mariano parece haber sido quien halló en José María Sardá, vinculado al poder español, influencia y voluntad para salvar al hijo, quien gracias a eso fue a vivir a la casa de Sardá, en la entonces Isla de Pinos, mientras se arreglaba su deportación a España.

También el padre parece haberle preparado el camino para la amistad de Manuel Mercado, junto a quien lo esperó a inicios de febrero de 1875 en la Estación de Ferrocarril de la capital mexicana, cuando el deportado viajó desde España para unirse con sus familiares. Estos se habían trasladado de La Habana a México, donde sufrieron penurias y la muerte de Ana, una de las hijas, mientras ayudaban al padre, quien trabajaba como sastre.

Orgullo que crecía

Ese fue un capítulo del camino de privaciones que en La Habana había asumido don Mariano, por respetar la entrega de su hijo a la lucha. Precisamente a Mercado, refiriéndose a quejas de sus familiares por los sacrificios que él llevaba —“lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por más malo”—, le escribirá José Martí el 30 de marzo de 1878, desde Guatemala: “Mi pobre padre, el menos penetrante de todos, es el que más justicia ha hecho a mi corazón”.

En carta que se tuvo como de 1880 y el citado Epistolario ubica en 1882, expresó a su hermana Amelia: “ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua.—A papá que te explique esto que él es un valeroso marino.—Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria”.

Esta parece ser la foto, tomada probablemente en Nueva York en 1883 , a la que alude José Martí en el poema iniciado con los siguientes versos: “Viejo de la barba blanca/ Que contemplándome estás/ Desde tu marco de bronce/ En mi mesa de pensar”. (Restaurada digitalmente por F. Blanco.)

Esta parece ser la foto, tomada probablemente en Nueva York en 1883 , a la que alude José Martí en el poema iniciado con los siguientes versos: “Viejo de la barba blanca/ Que contemplándome estás/ Desde tu marco de bronce/ En mi mesa de pensar”.
(Restaurada digitalmente por F. Blanco.)

Que al expresarse en esos términos no obedecía solamente a la necesidad de propiciar relaciones cordiales entre sus familiares, se aprecia en una carta que ratifica lo que ha escrito en la ya citada de 1878 a Mercado. El 30 de agosto de 1883, desde Nueva York, adonde él, con lo que ganó por la traducción de un libro, logró llevar al padre —quien sin queja alguna lo acompañó de junio de 1883 a julio de 1884—, le escribió al mismo destinatario: “Papá alegra mi vida, de verlo sano de alma, y puro, y al fin en reposo”.

Sufrirá ante el agravamiento de la salud del padre, y ante la cercanía de su muerte. En carta de enero de 1887 le escribió a Mercado: “No sé cómo salir de mi tristeza. Papá está ya tan malo que esperan que viva poco. ¡Y yo, que no he tenido tiempo de pagarle mi deuda, vivo! No puede U. imaginar cómo he aprendido en la vida a venerar y amar al noble anciano a quien no amé bastante mientras no supe entenderlo”. Proclamó una identificación raigal: “Cuanto tengo de bueno, trae su raíz de él. Me agobia ver que muere sin que yo pueda servirlo y honrarlo”.

No será fruto de un sacudimiento ocasional la veneración que exprese por el padre cuando este muera. Veamos apenas un fragmento de la carta que le escribió a José García, esposo de Amelia: “Yo tuve puesto en mi padre un orgullo que crecía cada vez que en él pensaba, porque a nadie le tocó vivir en tiempos más viles ni nadie a pesar de su sencillez aparente salió más puro en pensamiento y obra, de ellos. ¡Jamás, José, una protesta contra esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez! De mi virtud, si alguna hay en mí, yo podré tener la serenidad; pero él tenía el orgullo. En mis horas más amargas se le veía el contento de tener un hijo que supiese resistir y padecer”.

A Fermín Valdés Domínguez —a quien esas palabras debieron haberle servido para librarse de pertenecer a quienes alimentaron la leyenda negra en torno a don Mariano— le escribió: “Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él”. En tal trance, no se limitó a expresar dolor: “Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma. Mis penas, que parecían no poder ser ya mayores, lo están siendo, puesto que nunca podré, como quería, amarlo y ostentarlo de manera que todos lo viesen, y le premiara, en los últimos años de su vida, aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue puesta a prueba”.

Pensó en su padre

Siguió ratificando hacia el padre un amor cimentado en el respeto mutuo. En Versos sencillos, poemario escrito en 1890 y editado en 1891, aludió así a lo que puede verse como uno de los altos reconocimientos que recibió de distintos pueblos de nuestra América: “Cuando me vino el honor/ De la tierra generosa, / No pensé en Blanca ni en Rosa/ Ni en lo grande del favor. // Pensé en el pobre artillero/ Que está en la tumba, callado: / Pensé en mi padre, el soldado: / Pensé en mi padre, el obrero”.

La imagen del padre como representante de la dignidad y los mejores sentimientos del pueblo español la evocará en textos de tanta significación como el discurso del 26 de noviembre de 1891, pronunciado en Tampa y conocido, por su convocatoria final, como Con todos, y para el bien de todos. En el periódico Patria, vocero de la revolución que se gestaba, y en cuyos preparativos, como en la fundación del Partido Revolucionario Cubano, tuvo un lugar eminente aquel discurso, volvió a rendir tributo al padre, en términos que retoman sus “primerísimas impresiones”, como cerrando y avalando en la madurez definitiva toda una espiral de referencias.

En un artículo aparecido en aquel periódico el 14 de mayo de 1892, no nombra al padre, pero resulta obvio que alude a él y a las anotaciones mencionadas: “Patria misma recuerda ahora a un valenciano de barbas blancas que poco antes de morir le decía a su hijo cubano: ‘¡Anda, anda! ¿qué crees tú que yo emprendí tu educación con otra idea que la de que fueras un hombre libre?’”

Otra alusión al padre, al respeto de este hacia su vocación redentora, se percibe en lo que añade: “Patria misma recuerda a un oficial de la artillería española que se quitó los galones cuando le nació el primer hijo varón, ‘para que su hijo no viera un solo día a su padre esclavo de otro hombre’”. ¿Concentración metafórica de hechos? En 1854 don Mariano fue ascendido de sargento primero (lo era en el Regimiento de Artillería de San Carlos de La Cabaña) a sargento de brigada, y en 1855 a subteniente de infantería. En ese mismo año, en el que su primogénito cumplió dos, el militar tramitó y provisionalmente consiguió su licenciamiento, que tuvo la aprobación definitiva, por Real Orden, en 1856.

El texto continúa: “Recuerda Patria a un empleado español que, en un domingo de mucha luz, cuando se iban acercando los días creadores del sesenta y ocho, se volvió al hijo de repente, y le dijo así: ‘Porque yo no extrañaría verte peleando un día por la independencia de tu tierra’: ¡y el que quiere hoy más a aquel empleado español, el que lo tiene a todas horas, en la sombra que hoy es, de compañía y de consejero, es un corazón cubano!”.

Conociendo que Martí se refirió frecuentemente a sí mismo en tercera persona, como si hablara de otro, se aprecia quién es ese corazón cubano. Asimismo se identifica el destinatario del reproche lanzado por el poeta en Versos sencillos contra quien —por dar prioridad a la ardua misión del revolucionario que prefería ser poeta en acto— le pedía que se desentendiera de su verso: “¿Y habré, como me aconseja/ Un corazón mal nacido/ De dejar en el olvido/ A aquel que nunca me deja?”

De ellos aprendió y heredó

El revolucionario llevaba como compañía y consejero el recuerdo de su padre, hombre honrado. El 15 de mayo de 1894, siete años después de muerto el “viejo de la barba blanca”, le escribió a la madre, y de modo terminante le dijo cuál era la raíz de su actitud: “Pero mientras haya obra que hacer, un hombre entero no tiene derecho a reposar. Preste cada hombre, sin que nadie lo regañe, el servicio que lleve en sí. ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre?” ¿Qué sentir hacia ellos, sino gratitud y respeto infinitos?

Ese padre austero, y esa madre, que “en la cólera de su amor” sufría por el hijo —así lo escribió él en carta de despedida el 25 de marzo de 1895, “en vísperas de un largo viaje”—, nos dieron un ser magno que sintió sus virtudes enraizadas en ellos. Por su parte, las puso en práctica en sus exigencias de fundador —de un Ismael moderno, justiciero y laico— al hijo propio, José Francisco, a quien simbólicamente llamó Ismaelillo en el poemario homónimo que le dedicó.

Entre desbordamientos de ternura y amor, le dijo: “¿Vivir impuro?/ ¡No vivas, hijo!”; y en Versos sencillos lo convocó desde la verticalidad ética en más de un momento, como al llamarlo a luchar por la patria: “Vamos, pues, hijo viril:/ Vamos los dos: si yo muero,/ Me besas: si tú… ¡prefiero/ Verte muerto a verte vil!” Confirmó así valores que reconocía haber recibido de su padre y de su madre.

ADDENDA:

El investigador Juan Iduate Andux disfrutaba recordar el momento en que, siendo condiscípulo —en el Colegio de Belén— de Fidel Castro, le habló a este de la única hermana de José Martí entonces viva, Amelia. “Fidel supo de ella por mí. Le asombró que aún viviera, y la quiso conocer. Lo llevé a su casa, cerca del Colegio, y él pronto acaparó su simpatía”, le contó al autor de este artículo el propio Iduate, quien murió hace años, cuando había logrado solo parcialmente algo que sigue siendo necesario: escribir un estudio bien informado acerca de don Mariano Martí Navarro.
También sería valioso que tuvieran continuidad los esfuerzos del economista José Luis Grosson Serrano, de Valencia, para contribuir al conocimiento de la familia Martí en esa tierra, y de la estancia allí, entre 1857 y 1859, de los Martí-Pérez.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2015/10/30/historia/don-mariano-mati.html

y en la revista impresa, número correspondiente al 30 de octubre de 2015.

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