Hasta su apariencia revelaba temprana madurez.

Hasta su apariencia revelaba temprana madurez.

Que alguien como Jorge Mañach, tan informado y hasta con vocación pictórica —y que no podía ignorar la contribución fundadora de José Martí en ese terreno—, viera en Guy Pérez-Cisneros el nacimiento de la crítica de artes plásticas en Cuba es juicio que suscita atención, y no parece ubicable entre los que más polémicas le valieron al ensayista.

El mismo Pérez-Cisneros fue consciente del significado, también en la crítica de arte, de Martí. De ello dio señales como la máxima que tomó de los juicios martianos sobre el pintor ruso Vasily Vereschagin —“El arte no ha de dar la apariencia de las cosas, sino su sentido”—, que parece citar de memoria en su proyecto de salón cubano, texto incluido en Anuario Cultural de Cuba 1943, del cual, editado por la Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado, fue secretario y activo redactor.

Ante lo dicho por Mañach cabría considerar las contingencias editoriales de la obra de Martí, y su periplo vital, que en gran parte de la etapa más productiva de su existencia ocurrió fuera de Cuba. Pero más pertinente es recordar las afinidades estéticas e ideológicas entre Mañach y Pérez-Cisneros, quien, si de relación directa con el arte se trata, se movió concentradamente en el ámbito cubano, donde se estableció a finales de 1933.

De madre francesa, Paulette Bonnel, desde su nacimiento en París el 7 de junio de 1915 vivió casi dos décadas entre Francia y España, debido al quehacer diplomático de su padre, Francisco Pérez-Cisneros, cubano, quien cultivaba también la pintura. El mismo año del viaje a Cuba, 1933, el joven se graduó de bachiller en Burdeos, y junto a cuatro estudiantes nacionales fue uno de los cinco distinguidos con el premio Goncourt en un concurso que abarcó los centros de enseñanza media franceses.

Patria y arte

En Cuba —donde cursó estudios en las facultades de Letras y Arte y de Derecho de la Universidad de La Habana— desarrolló

En el Lyceum de La Habana, junto a Pérez-Cisneros se distinguen, de izquierda a derecha, Jorque Mañach y Francisco Ichaso, con quien el crítico y diplomático colaboraba en el Ministerio de Estado.

En el Lyceum de La Habana. Junto a él se distinguen, de izquierda a derecha, Jorque Mañach y Francisco Ichaso, con quien el crítico y diplomático colaboraba en el Ministerio de Estado.

una intensa labor promocional en el ámbito artístico: hoy procedería aplicarle un término reciente, curador, y considerarlo de fuste en esa tarea. No se limitó a la capital del país: se vinculó a proyectos culturales en territorios como Santa Clara y Santiago de Cuba. Valoró no solamente la pintura —y, en esta, expresiones como la caricatura, que entonces no recibía el aprecio merecido— y la escultura. También atendió la litografía popular y documentos como los cartográficos. Estuvo asimismo al tanto de las conquistas y las potencialidades del cine.

La valía de su producción crítica explica el reconocimiento que lo rodea. Tal triunfo es aún más impresionante por su temprana muerte, causada el 2 de septiembre de 1953, cuando contaba 38 años, por una hemorragia cerebral. En el sepelio se le honró como general muerto en campaña.

Al morir, estaba enfrascado en la compilación y la edición de las Memorias del Congreso de Escritores Martianos celebrado en La Habana en la estela del centenario del Maestro. Ese foro —que tuvo a Pérez-Cisneros de secretario general adjunto— fue auspiciado por el gobierno y resultó polémico, porque el anticonstitucional y sanguinario Fulgencio Batista buscaba edulcorar internacionalmente su imagen; y fértil, porque acudieron relevantes y honrados estudiosos de la vida, la obra y el pensamiento de Martí.

El aprecio, que entre conocedores nunca le faltó, logrado por el quehacer de Pérez-Cisneros, viene creciendo en Cuba sobre todo desde que en 1999 el Consejo Nacional de las Artes Plásticas instauró, con su nombre, un premio concebido para estimular la crítica de arte en el país. Ya entonces estarían en gestación publicaciones de textos suyos hechas al año siguiente: la edición crítica de su tesis doctoral y la antología Las estrategias de un crítico, preparada por la profesora Luz Merino Acosta, a cargo de Pueblo y Educación la primera y de Letras Cubanas la segunda.

Derroteros, ímpetus

En junio de 1946 el Palacio de Bellas Artes de México acogió una exposición de veinticuatro artistas cubanos. De izquierda a derecha, el escultor y pintor Domingo Ravenet, director del proyecto; el escritor Jaime Torres Bodet, canciller mexicano; el pintor Jorge Arche y Pérez-Cisneros.

En junio de 1946 el Palacio de Bellas Artes de México acogió una exposición de veinticuatro artistas cubanos. De izquierda a derecha, el escultor y pintor Domingo Ravenet, director del proyecto; el escritor Jaime Torres Bodet, canciller mexicano; el pintor Jorge Arche y Pérez-Cisneros.

La investigadora y profesora Yolanda Wood, cuyo ensayo Periodizar el arte cubano contemporáneo: ¿poliedro o bola de cristal? fue ganador en la primera convocatoria del premio mencionado, expresó a Bohemia su valoración de Pérez-Cisneros. Interrogada con ocasión del centenario de este —como otras autoridades que se citan dentro o al margen del presente artículo—, respondió en términos que de paso pueden tomarse como un llamado a no postrarse acríticamente ante su merecido prestigio:

“Observador, crítico y polemista. Imprescindible en el arte cubano para estudiarlo y enjuiciarlo. Miró siempre con los ojos abiertos, y no siempre vio lo que había sino lo que creía. Fue un formador de opinión que abarcó todos los medios. Habría que imaginar su alcance con los recursos cibernéticos de nuestros días. Quizás hubiera diversificado más sus referentes. Lo nacional vibró en él con sonoridades más o menos intensas. Es de los que hay que leer para transitar con seguridad por los tiempos en que la plástica cubana fundaba y refundaba su imagen moderna”.

Esa ubicación ofrece pistas fundamentales: como que el crítico se desempeñó en medio de replanteamientos cruciales en la plástica cubana, cuando se sucedían las hornadas de la Vanguardia. Eso lo ubicó —apunta la estudiosa Beatriz Gago en páginas que volverán a citarse— “en el conflicto de dos generaciones”, con todo lo que ello implica. A juicio de la autora —aunque esa no sea una realidad exclusivamente cubana—, “ha sido un signo fatídico de nuestra isla el que las generaciones que emergen no logren jamás entender el trabajo de sus predecesores”, y necesitan “hacer valer cada nuevo proyecto desde la premisa de la negación radical del pasado”.

Búsquedas raigales vincularon a Pérez-Cisneros con el Grupo Orígenes y la revista de igual nombre, de cuyos más relevantes y emblemáticos miembros se diferenció por su actividad política profesional, encauzada en la diplomacia. Como promotor consiguió relevantes exposiciones dentro y fuera del país.

Arte y realidad

Su establecimiento en la patria que heredó del padre y apasionadamente hizo suya, ocurrió en la secuela del machadato, que tantos males afianzó, trajo y dejó al país, y ante los cuales reaccionó el crítico: “Ni verdaderos museos, ni verdaderas bibliotecas, ni verdaderos institutos, ni verdaderos concursos, ni verdaderas exposiciones, tal es el lamentable balance de las relaciones de nuestro arte y de nuestra cultura con nuestro Estado”.

Con esta foto ilustró Grafos la noticia del nombramiento de Pérez-Cisneros en 1940 como miembro del Instituto Nacional de Artes Plásticas.

Con esta foto ilustró Grafos la noticia del nombramiento de Pérez-Cisneros en 1940 como miembro del Instituto Nacional de Artes Plásticas.

Su tesis doctoral, que defendió en 1946 —Características de la evolución de la pintura en Cuba. Siglos XVI, XVII, XVIII, y primera mitad del XIX, inédita hasta que en 1959, en la Cuba revolucionaria, la publicó la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación— ratificó su interés en el arte cubano. Miembro del Instituto Nacional de las Artes Plásticas, llegó a ser su secretario general.

Graduado de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, en su inquietud intelectual se inscribe su pertenencia al Colegio Nacional de Periodistas y una activa participación en publicaciones seriadas como autor y como gestor editorial. En numerosos textos abordó la obra de artistas cubanos de su tiempo, y para no pocos de ellos fue temprano heraldo del desarrollo que los llevaría a la cima en el ámbito nacional.

Tal fue el caso de la exposición Presencia de ocho pintores cubanos, que en junio de 1937 organizó junto a José Lezama Lima en el salón de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad de La Habana, en la cual ambos coincidieron como alumnos. Se mostraron obras de Víctor Manuel, Eduardo Abela, Fidelio Ponce de León, Arístides Fernández, Amelia Peláez, Antonio Gattorno, Carlos Enríquez y Jorge Arche.

Su relación con publicaciones periódicas incluye el haber codirigido la revista Espuela de Plata con Lezama, guía de otras publicaciones con las que también se vinculó: Verbum y la señera Orígenes, ya citada. Fue colaborador de Social, Información y Grafos, y jefe de redacción de esta revista devenida Grafos Havanity.

Denuedo en las búsquedas

Resulta imposible sustraerse a espigar algunas de sus ideas u observaciones más incitantes. En “Víctor Manuel y la pintura cubana contemporánea” —que él vio como un paso hacia profundizaciones mayores, y que se ofrece de modo especial para el muestreo— dejó claro que, aunque se aplicara a estudiar períodos, etapas, estaciones del arte cubano, rehuiría lo que consideraba “un vicio muy extendido en América, y especialmente en Cuba, este gusto por las chatas visiones de conjunto, estas fotografías con lente plano de tal o cual zona de la cultura”.

De ahí su preferencia por ver el conjunto de la realidad, o amplias zonas de ella, al explorar individualidades. En general, consideraba que “la fuerza de una sociedad reside casi esencialmente en el valor de sus miembros”, como afirmó en Cinema y pedagogía, texto citado por Gago.

Esa opción —aunque él basaba la crítica en la biografía de los autores— no lo sumergió en un individualismo extremo. Acerca de Víctor Manuel, en quien reconocía a un verdadero artista, de frutos cosechados con su obra y con su influencia sobre creadores más jóvenes, escribió: “Con su concepto algo finisecular de la belleza —arte por arte, pintura pura— Víctor Manuel cree vivir por el arte, sin sospechar que no se vive verdaderamente por el arte sino cuando se vive por otra cosa”.

Catálogo de la exposición que rindió homenaje a Pérez-Cisneros en su centenario, basada en su proyecto de salón cubano. En la portada, el retrato que Domingo Ravenet pintó del crítico. (Fotocopia: Cortesía del MNBA)

Catálogo de la exposición que le rindió homenaje en su centenario, basada en su proyecto de salón cubano. En la portada, el retrato que Domingo Ravenet pintó del crítico. (Cortesía del MNBA)

Así se refería a un maestro a quien admiraba: “Hoy en día, a pesar del nutrido grupo de artistas que surgió junto a él, es el pintor más puro y más ejemplar, de obra más sólida con que contamos en Cuba”. Ese texto se publicó en 1941, cuando estaban ya en crecimiento otros artistas a quienes el crítico supo apreciar y augurarles el merecido reconocimiento que alcanzarían.

Sus elogios deben apreciarse en sí mismos, y en relación con la totalidad de un ejercicio crítico franco, en el cual no rehuía la dureza si la estimaba pertinente. Llegó incluso a valoraciones en extremo injustas, aun con respecto a alguien que le era tan afín como Mañach —quien hizo malabares verbales para explicar el sablazo— y contra Juan Marinello. Aunque no rehusó matizar sus extremos valorativos, las necesarias etapas de exilio de ambos las tildó de traición, y consideró que se vendían a otros países.

El imán de las fechas

Programa, con retrato de Pérez-Cisneros al modo de Mariano, del Coloquio dedicado a la obra del crítico en el contexto de la exposición La ola del tiempo. (Fotocopia: Cortesía del MNBA)

Programa, con retrato de Pérez-Cisneros al modo de Mariano, del Coloquio dedicado a la obra del crítico en el contexto de la exposición La ola del tiempo. (Cortesía del MNBA)

Lo apuntado acerca del premio cubano que lleva su nombre muestra que no hizo falta la circunstancia de su centenario para que se le recuerde por sus méritos. Pero la efeméride ha estimulado modos de hacerle justicia. Así, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana organizaron el Coloquio Aproximación al pensamiento y la obra crítica de Guy Pérez-Cisneros, que sesionó el 22 y el 23 de abril, y cuya convocatoria lo proclamó “figura emblemática de la cultura cubana”.

También de este año es la edición, auspiciada por la Fundación de Arte Cubano, de G.P.C. Evolución de la Vanguardia en la crítica de Guy Pérez-Cisneros. A la ya nombrada Beatriz Gago se deben el prólogo, “Avistamiento de una isla” —texto citado antes—, y los “apuntes biobibliográficos” que siguen a una representativa selección de trabajos del crítico. El volumen es una contribución insoslayable para afanes de escrutar su vida y su obra, y, en particular, su visión de la Vanguardia plástica cubana.

Los logros en su carrera de crítico tuvieron cimientos firmes: amplia cultura, conocimiento de la materia que juzgaba, capacidad de penetración exegética al enjuiciar obras concretas, situarlas en su contexto y vaticinar los caminos de victoria artística por donde podrían transitar los autores.

Con modos que recuerdan el parentesco entre la crítica y la filosofía, y una sabiduría calzada con el dominio del lenguaje y su vocación literaria, sus escritos revelan altura y siguen ofreciendo materia para el aprendizaje, así como incitación para confrontaciones fértiles. Su dureza crítica —a la que en casos como sus estocadas a Mañach y Marinello pudiera objetársele que él disfrutó de apoyo oficial y, por muy crítico que fuera ante la realidad del país, estuvo lejos de sufrir persecución política— fue expresión de la honradez intelectual que debe tenerse en cuenta al valorarlo.

El diplomático

Como su padre, muerto en 1934 —dos años antes había fallecido la madre—, cultivó también la diplomacia, de la que le vendría el sustento propio y el familiar, ha reconocido Graziella Pogolotti. Tuvo pronto altas responsabilidades en el Ministerio de Estado cubano, que en 1937 lo nombró secretario general adjunto de la Comisión Nacional Cubana de Cooperación Intelectual, y del que en 1950 llegó a ser jefe de despacho.

Fue agregado comercial de Cuba en Canadá, y aprovechó la circunstancia para cursar estudios universitarios en ese país, como hacía en el suyo tuviera el trabajo que tuviese. Ocupó los cargos de jefe interino de la Oficina cubana de la Liga de las Naciones, y secretario general adjunto de la Unión Interamericana del Caribe.

Tan activa fue su participación en organismos internacionales, señaladamente en la Organización de Naciones Unidas, que su labor diplomática merecería una valoración ad hoc. Participó en Asambleas Generales de la ONU e integró la Comisión Especial sobre Información de Territorios No Autónomos (coloniales).

Se le recuerda especialmente por su intervención (1948) en la tercera de dichas Asambleas. Como delegado de Cuba le correspondió proponer que se aprobara la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese mismo año había representado al país y fungido como primer relator en la XI Conferencia Interamericana: celebrada en Bogotá, en ella se adoptó la precursora Declaración de los Derechos y Deberes del Hombre.

Distintos países le otorgaron condecoraciones: Haití, la Orden Nacional Honor y Mérito y la Pétion y Bolívar; el Líbano, la del Cedro; México, el Águila Azteca; Panamá, la distinción de miembro de la Fundación Internacional Eloy Alfaro; la propia Cuba, los grados de Oficial y Comendador de la Orden Nacional de Mérito Carlos Manuel de Céspedes, entre otras. Tan rico desempeño y su temprana muerte coadyuvaron a generar en torno a su figura el aura que coronaría su prestigio, cimentado en la importancia de su contribución cultural y en su condición de trabajador tenaz.

Previendo el balance

Las fotos de autor no identificado que ilustran el presente artículo provienen del volumen G.P.C. Evolución de la Vanguardia en la crítica de Guy Pérez-Cisneros. (Fotocopia: Ugolino Caribe, Inf.)

Las fotos de autor no identificado que ilustran el presente artículo provienen del volumen G.P.C. Evolución de la Vanguardia en la crítica de Guy Pérez-Cisneros. (Fotocopia: Ugolino Caribe, Inf.)

Interrogado por Bohemia, el pintor Manuel López Oliva —uno de los críticos distinguidos con el Premio Guy Pérez-Cisneros en reconocimiento a su trayectoria— ha esbozado el siguiente panorama: “Durante la primera mitad del siglo XX cubano escritores y periodistas tuvieron sostenida y valiosa labor en la crítica de arte. Alejo Carpentier, Juan Marinello, Diego G. Barros, Martín Casanovas, Jorge Mañach, Enrique Gay Calbó, José Lezama Lima, Guy Pérez-Cisneros, Loló de la Torriente, José Gómez Sicre y Rafael Marquina encarnaron las diversas corrientes axiológicas del oficio crítico, y las posiciones ideológicas sobre la sociedad y el sentido de lo artístico propias del panorama clasista de la época ‘republicana’”.

En ese camino, el mismo autor sostiene: “Resulta equívoco absolutizar la impronta de alguno, obviando a los demás. Pérez-Cisneros fue uno de los que más constantemente escribieron sobre los cambios estilísticos en el arte cubano moderno. La relación con productores, instituciones que exhibían plástica, el mercado emergente y los coleccionistas adinerados, le permitieron adquirir singular relieve. Su concepción resumida en la idea de que ‘basta que la mirada sea cubana’ para producir una expresión visual nacional, define un credo fenomenológico. Su comportamiento de hombre informado, con cierta perspectiva promocionista de la profesión, explica su trascendencia”.

Sin ocultar discrepancias ni escatimar reconocimiento, López Oliva apunta a lo que nadie podrá negarle a Pérez-Cisneros: su capacidad para trascender y seguir movilizando el pensamiento crítico. En su centenario, antes de apuntar que “las coordenadas de nuestro tiempo son otras”, pues “existe una infraestructura institucional entonces impensable”, Graziella Pogolotti escribió: “Sus textos siguen siendo fuente de consulta. Pero en los días que corren, convulsos y confusos, vale la pena reflexionar acerca de su concepto misionero del ejercicio de la crítica”.

Luis Toledo Sande

TRES OPINIONES ACERCA DE GUY PÉREZ-CISNEROS

(Dadas por sus autores para el presente homenaje al crítico.)

1/ Desde sus actividades universitarias, y más allá de esos límites, fue el crítico audaz que con amplio bagaje cultural, y basado en el dominio de su materia, valoraba, analizaba y en ocasiones ejercía el criterio de modo tajante. Su tesis de grado —precedida por variados comentarios críticos y palabras sobre exposiciones del arte novedoso de la época— abrió el camino al conocimiento de los aspectos menos conocidos de la pintura colonial en nuestro país. Sus tareas diplomáticas lo obligaban a ausentarse de Cuba, pero durante sus estancias aquí visitaba el Departamento de Arte de la Universidad, y en una ocasión me preguntó si tenía algún interés investigativo. Al responderle que me llamaba la atención la figura del pintor y dibujante Rafael Blanco, Guy, quien había escrito sobre el artista, generosamente me ofreció pasarme su material sobre este cuando regresara a Cuba de su viaje inmediato. Desgraciadamente, murió sin haber vuelto. Cuando años después publiqué “Las paradojas de Rafael Blanco”, fui de nuevo consciente de lo mucho que la historia del arte cubano debe a la incitante labor de Guy.

Adelaida de Juan

Profesora de mérito, Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. En 1999 se le otorgó, compartido con Graziella Pogolotti, el premio Guy Pérez-Cisneros por el conjunto de su obra.

2/ Se trata de una de las personalidades intelectuales importantes de la primera mitad del siglo XX. De vasta cultura, se apasionó con las artes plásticas a tal punto que se convirtió, de hecho, en el más agudo crítico de las vanguardias artísticas cubanas hasta su temprana muerte. Trazó panoramas reveladores sobre períodos específicos y sobre determinados artistas, y no dudaba en severas críticas si algo lo merecía más que un elogio sensiblero o petulante. Es necesario recurrir a su legado escrito si deseamos entender ciertos momentos de nuestro arte y de nuestra cultura. Por eso un premio nacional lleva su nombre y por eso, creo, todos tenemos una deuda de gratitud hacia él. Yo he obtenido ese premio en una ocasión y sigo empeñado en lograrlo nuevamente: su nombre es más que suficiente para atraer mi atención, investigar, hurgar en nuestra visualidad cotidiana y universal y, de paso, honrarlo a mi modesto modo.

Nelson Herrera Ysla

Arquitecto, poeta, crítico y curador de arte. Especialista del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam

3/ Estaba preparando una investigación sobre el ideario de Fidelio Ponce de León, cuando la muerte lo sorprendió en plena madurez intelectual. De esa labor solo llegó a publicarse póstumamente un primer trabajo acompañado de una sucinta selección de criterios del notable pintor. Prometía una más profunda indagación, y con ello pareciera que dejaba claramente perfilados, una vez más, los roles que cumplió en su laboreo intelectual: crítico, historiador, investigador, difusor/animador. A más de cuatro décadas de publicado ese texto suyo —cuando inicié cátedra en la disciplina de Investigación en los procesos creativos, en la Facultad de Artes Plásticas del ISA— decidí emplearlo en mi docencia, y volvió a surgir entre los jóvenes estudiantes, artistas en formación, idéntico apego a lo que de nuevo y original les daba él a conocer, como ocurrió en los propios artistas que en su tiempo asumieron con beneplácito los argumentos que les ofreció. ¡Así, que retorne vivo en el centenario de su nacimiento!

Ramón Cabrera Salort

Profesor del Instituto Superior de Arte. Dirigió y prologó la edición crítica, publicada en 2000 por Pueblo y Educación, de la tesis doctoral de Pérez-Cisneros.

 

Publicado en Bohemia Digital:

http://bohemia.cip.cu/cultura/2015/12/sembrador-critico-de-arte/

Aparecerá igualmente en la edición impresa de la revista.

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