En Jamaica, octubre de 1892.

El Partido Revolucionario Cubano (PRC) fue llamado por Juan Marinello “creación ejemplar de José Martí”, quien hace ciento veinticinco años lo constituyó en la emigración, en profundos vínculos con la patria, para preparar la guerra sin la cual Cuba no alcanzaría la plena independencia. Tan cardinal fin implicaba una conjunción de anticolonialismo pleno y del antimperialismo que tempranamente abrazó el fundador.

En su contexto, los ricos –en bloque, salvo excepciones honrosas– estaban lejos del ímpetu que la vanguardia patriótica surgida entre ellos había protagonizado en torno a 1868. En 1895 ya no era nuevo el hecho de que abandonaban la patria al sacrificio de los humildes, y optaban por la “solución” autonomista o la supeditación al naciente imperialismo estadounidense, o por el integrismo, que mantendría a Cuba en condiciones de colonia.

Movido por su pulso popular, Martí se identificó a fondo “con los pobres de la tierra”, no solo de Cuba. Consagrado al quehacer patrio con creciente perspectiva latinoamericanista y planetaria, desde su adolescencia puso el deber colectivo por encima de los que podían haber sido intereses personales que, calzados con su talento, lo habrían facultado para enriquecerse. Escogió ser pobre.

Siembra ética

En la eticidad de Martí halló fuente mayor de ideas y de ejemplo su discípulo más pleno y logrado, Fidel Castro. En 1973, aludiendo a los hechos que veinte años antes marcaron el inicio de la etapa revolucionaria dirigida por él, sostuvo: “Martí nos enseñó su ardiente patriotismo, su amor apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al despotismo y su fe ilimitada en el pueblo. En su prédica revolucionaria estaba el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada. Por eso dijimos que él fue el autor intelectual del 26 de Julio”.

El 11 de mayo del propio 1973, al rendir homenaje a Ignacio Agramonte con motivo del centenario de su muerte, el continuador de Martí había proclamado que en el PRC “podemos ver el precedente más honroso y más legítimo del glorioso partido que hoy dirige nuestra Revolución”. La ética es fundamental para una revolución que aspire a la equidad y la justicia.

La visión que caracterizó a Martí la fortaleció su análisis de la Revolución del 68. En carta del 6 de julio de 1878 a Manuel Mercado expresó el disgusto con que volvería a una Cuba dominada por el espíritu del Pacto del Zanjón: “¡Ahora que tenía casi terminada, con el amor y ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!” ¿Aparecerá algún día esa obra, hasta ahora perdida?

Aunque nunca aparezca, vale conjeturar que su contenido fue básico para la Lectura ofrecida por Martí en el Steck Hall neoyorquino el 24 de enero de 1880, hito al que parece remitir su insistencia en que la creación del PRC fue obra de doce años. En aquel texto estampó, entre otras, esta convicción cardinal: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Al hacer pública la Lectura, tenía en Nueva York una alta responsabilidad en la Guerra Chiquita, en cuyo éxito no confiaba, pero que apoyó por consideraciones éticas.

Hacia una nueva gesta

Terminada la contienda en el mismo 1880, puede Martí dar cauce a sus concepciones sobre cómo organizar y orientar una nueva etapa de lucha armada, sin interferir en proyectos de otros patriotas. El 20 de julio de 1882 se dirige a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, les expone sus ideas y les hace saber, en particular al primero, su resolución de no vincularse con afanes en los que no viera la calidad que la patria necesitaba y merecía.

A Gómez le expresa: “aunque joven, llevo muchos años de padecer y meditar en las cosas de mi patria”, y, tras mencionar su labor en función de la Guerra Chiquita, sostiene: “desde entonces me he ocupado en rechazar toda tentativa de alardes inoficiosos y pueriles, y toda demostración ridícula de un poder y entusiasmo ficticios, aguardando en calma aparente los sucesos que no habían de tardar en presentarse, y que eran necesarios para producir al cabo en Cuba, con elementos nuevos, y en acuerdo con los problemas nuevos, una revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella los hombres honrados”.

Los “elementos nuevos” a los cuales apunta no son básicamente personas, pues de hecho empieza dirigiéndose a dos de los mayores héroes de la gesta pasada, a quienes admira. Se trata de táctica, estrategia y métodos organizativos necesarios para encarar “los problemas nuevos”. Entre ellos tendrían cada vez más peso las ambiciones de los Estados Unidos y el servicio que los anexionistas prestaban a la naciente potencia imperialista. De ahí que en 1880 le hable a Gómez de la necesidad de tener en pie un partido que impida el avance del anexionismo.

En octubre de 1884 tendrá ocasión de probar la consistencia ética de su resolución. Junto ya él en los planes patrióticos a los dos bravos combatientes del 68, aprecia que no han rebasado métodos y conceptos marcados por experiencias –amarguras incluidas– de aquella contienda. Decide entonces separarse del proyecto insurreccional que Gómez y Maceo fraguaban bajo la dirección del primero.

Pero no emite opinión pública alguna que pueda dañar la imagen o el empeño de aquellos compatriotas, en cuya honradez confía. Al distanciarse de ellos, le escribe a Gómez la célebre carta en que le dice: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. Sabe que los dos experimentados guerreros tienen las mejores intenciones para la patria, pero también entiende que sus métodos no son los adecuados para fundar una república nueva.

Decisión y coraje

Alguien afanado en “humanizar” a quien todavía puede seguir humanizándonos a nosotros, y en mostrar sabiduría suficiente para hallar defectos donde abundan virtudes extraordinarias, podrá recriminarle a Martí el no haber hallado modo de entenderse con Gómez y Maceo. A quien se planteara semejante afán cabría recordarle el ejemplo del revolucionario que, en el siglo XX, no rehuyó alianzas ni colaboraciones dignas, pero tampoco renunció a su concepto revolucionario de lucha armada para acatar la voluntad de patriotas prestigiosos a quienes sabía honrados, pero movidos por maneras de pensar y actuar que no darían los frutos necesarios. También en eso fue Fidel Castro un logrado discípulo de Martí.

Martí no ignoraría que, de haber triunfado el plan de Gómez y Maceo, habría sido anulado políticamente en la historia de Cuba. Pero prefirió ser consecuente con su pensamiento y mantener respetuoso silencio público hacia dichos héroes. Eso le permitió que ellos –especialmente Gómez, quien de hecho acabaría siguiéndolo–, lo tuvieran en cuenta cuando, ya fracasado aquel plan, en 1887 volvió a recabar el apoyo de ambos. Entonces no lo hizo a título personal, sino al frente de una comisión constituida como un paso hacia lo que sería el PRC.

Martí residía en Nueva York, y quiso que la etapa determinante en la fragua de la organización se diera entre compatriotas mayoritariamente obreros. Las Resoluciones previas a las Bases del Partido –escritas unas y otras por él– se aprobaron el 26 de noviembre de 1891 en Tampa, y las Bases tuvieron aprobación inicial en Cayo Hueso el 5 de enero siguiente. Si las primeras convocaron a las fuerzas patrióticas a unirse, las segundas fijaron que el Partido nacía “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”.

Ninguna lectura del rechazo a compromisos de tal índole con otros pueblos tendrá más base real que la reclamada por las precauciones y la radicalidad necesarias frente a la voracidad imperialista de los Estados Unidos. Lo tocante a personas concernía a todas las agrupadas en la organización, empezando por el uso de sus fondos. Estos venían de donaciones de ricos patriotas y, sobre todo –en relevancia de espíritu si no también en monto–, de aquellos a quienes en distintas páginas Martí llamó “los héroes de la miseria”: los obreros que de “su jornal inseguro” sacaban una parte para los preparativos de la gesta, “los pobres de la tierra”.

Virtud y patria

Con integrantes del cuerpo de consejo del PRC en Kingston, Jamaica, 1892.

El ejemplo personal de Martí, especialmente al usar esos fondos, estuvo entre los pilares de la confianza y el apoyo que él y la organización merecieron de sus seguidores. Podía cargar con un maletín lleno de dinero, y andaba con zapatos rotos y trajes raídos. En los años finales de los preparativos bélicos, Gómez le prestó unos pantalones –zurcidos, porque, como él, también el viejo mambí echaba su suerte con los pobres–, y se encargó de que le hicieran el último traje que estrenó en vida quien tan humildemente vivía.

El delegado del PRC no posaba: era coherente con su condición de organizador de luchadores mayoritariamente pobres. Por eso en campaña podía inquietarlo que un jefe de aquellas tropas, aunque fuera asimismo un héroe íntegro, tuviera estrellas de plata en la silla de montar a caballo para el combate.

En general, el creador del PRC fue fiel al concepto que debe mantenerse como norma de conducta, de vida, en las filas revolucionarias: “La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella”, escribió el 16 de mayo de 1886, para refutar insidias, en carta abierta a Ricardo Rodríguez Otero.

Ya en su discrepancia de 1884 con Gómez había sostenido: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”. Enfatícese: si acaso fuera de alguien, lo sería por esas razones, y solamente en espíritu, no en derechos para el beneficio propio ni para el abuso de autoridad.

Esa brújula debe guiar a toda persona que sea revolucionaria de veras, sobre todo si tiene misiones concretas en la dirección de un pueblo. Entonces, y aún más si el pueblo afronta penurias, debe acatar dicha norma no solo para sí, sino también al beneficiar con recursos colectivos a otras personas, aunque sea para estimular trabajos relevantes.

Nadie, y menos un país pobre, deber ver en la austeridad un adorno. Tampoco es una condena, sino una cualidad fundamental. En el texto –de 1884 también, como aquella tensa carta a Gómez– donde afirmó: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”, añadió: “Pero en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

Pensaba en los efectos negativos de la miseria material sobre la conducta, y en la naturaleza heterogénea propia de un pueblo, pero no confundía prosperidad con riqueza material. Y no llevaba en sí “lo común de la naturaleza humana”, sino lo extraordinario: la capacidad de sacrificio y entrega sin esperar más recompensa que la lucha misma por la felicidad de la patria.

Persona, deber, instituciones

En Cayo Hueso, 1893, con numerosos patriotas, durante una práctica de tiro.

Martí no se limitó a exponer sus ideas, o a repudiar inequidades y conceptos sociales dominantes en su entorno: trazó el camino institucional, con el PRC como guía, para garantizar que los principios se cumplieran. Los máximos delegados de la organización –el delegado (él mismo) y el tesorero, que formaban una cúpula sencilla y funcional para su contexto y sus fines–, y los dirigentes de los clubes –sus organizaciones de base– y de los cuerpos de consejo allí donde había varios clubes, eran elegidos y revocables anualmente, y anualmente debían rendir cuenta a sus electores.

Se buscaba así garantizar la ética y la disciplina basada en ella, para que el Partido –que, en palabras de Martí, y por los fines y la naturaleza de la organización, era el pueblo de Cuba– funcionara con orden, eficiencia y honra. Se intentaba de hecho impedir una práctica que ha causado mucho daño a revoluciones: la de propiciar que dirigentes, funcionarios, cuadros administrativos acumulen errores hasta el punto en que ya sean intolerables y resulte necesario sancionarlos severamente, pasarles factura por todos sus errores. A menudo, con ello se demuestra que eran faltas conocidas y, por tanto, podían y debían haberse frenado a tiempo, no tolerarlas por inercia, por temor a conflictos o por errático premio a méritos y virtudes que, en semejante camino, se destruyen.

Desde sus Bases, con el ejemplo de su fundador y máximo dirigente electo, el PRC abonaba una cultura política sana, inalcanzable sin el espíritu y la práctica de máxima participación colectiva. El tercer artículo establecía que la organización “reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará, sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y métodos republicanos, una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala”.

El cuarto artículo precisaba: la organización “no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Salud moral de la revolución y la república

En vísperas de la proclamación del PRC, en el discurso del 17 de febrero de 1892 conocido como La oración de Tampa y Cayo Hueso –que termina con palabras de claras resonancias en la Revolución Cubana: “la historia no nos ha de declarar culpables”–, Martí plasmó un ideal que debe continuar guiando a su pueblo: “hemos cumplido la promesa que en los doce años de labor veníamos empeñando al país, que hemos vigilado desde la oscuridad, que hemos deshecho y rehecho, que hemos purgado y renovado, y cuando la patria, a despecho de sus agoreros, se palpa el corazón, cualesquiera que sean las llagas del cuerpo y el corte del vestido, ¡el corazón está sano!”. Trabájese para que siga siendo así.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia, 31 de marzo de 2017, y en la edición digital de esa revista.

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