Ilustración en Cubaperiodistas.

El 14 de este julio murió Rolando Aniceto Ramos. Se desempeñó en el periodismo y la investigación, a menudo sobre temas de historia habanera —una de sus pasiones—, y en la podología, profesión que le llegó por tradición familiar. “Fiel del lenguaje” le rinde homenaje a quien cuidaba el uso del idioma, y deploraba lo mal que a menudo se le trata. Le disgustaba oír o leer que alguien “padece una patología”, o “se desplaza por la geografía de Cuba”, o —como es frecuente en crónicas deportivas— “golpea la anatomía de su adversario”. Los vocablos patología, geografía y anatomía no son sinónimos respectivos de enfermedad, territorio y cuerpo, sino, dicho sucintamente, los nombres de las disciplinas científicas que estudian esas realidades.

Aunque no lo dijera necesariamente así, Aniceto podía estimar que la primera persona en usar cada una de esas falsas equivalencias lo hizo con afán creativo, ayudado por la poesía, mientras que la segunda no pasó de repetir o imitar, y quienes les han seguido naufragan en lugares comunes. No cabe atribuirles un acierto comparable con el del primer ser humano que, para tener cómo nombrarlos, llamó patas a los pilares de la mesa, por asociación con las de los animales. Algo similar atañe a pie de amigo, pie de rey, brazo de mar, espejo de agua, rosa de los vientos y otras muchas expresiones.

Con el tino poético poco tiene que ver quien, eludiendo mencionar las cosas por sus nombres, usa metáforas gastadas: dígase —para que no haya duda— las perlas de tu boca y muñequita de biscuit. A menudo los llamados lugares comunes encierran grandes verdades, como las de Perogrullo. Pero aquí se trata de la expresión ya manida y que, además de acarrear afectación, ha perdido el filo poético que pudiera haber tenido en su origen, por lo cual hace que el discurso sea menos original y más cansón. Ejemplos abundan, como el preciado líquido, la dulce gramínea y el oro negro en sustitución de agua, caña de azúcar y petróleo.

A ellos se refirió el autor en uno de los artículos de la columna que hace veinte años mantuvo en Juventud Rebelde y fue, desde el título, origen de su libro Más que lenguaje. Añadió entonces  fémina, equivalente latino de mujer con el que a menudo este se sustituye esta palabra. Aunque es el origen de femenino y sus derivados, y avala su uso un etimólogo de la talla de Joan Coromines, llega a sonar afectado. Tal vez se  justificaría si se hiciera algo similar con el vocablo hombre: sustituirlo por másculo.

Sería señal de simetría o equidad en el tratamiento de los géneros, comparable con el reclamo de no usar fraternidad, fraternal y fraterno para ambos géneros, porque vienen de frater, masculino: hermano en latín. De ahí que hallen espacio las variantes femeninas sororidad y sororal —¿por qué no sorerno?— derivadas de sor, que el español conserva para las monjas en una estructura eclesial dominada por el patriarcado y la figura del sacerdote o padre, y en la cúspide el papa o padre por antonomasia.

La discriminación de la mujer sigue marcando el lenguaje, incluyendo que el vocablo mujer se ha visto devaluado, casi —y a veces sin el casi— como si fuera malsonante. En prueba de respeto a una mujer, se ha preferido llamarla dama, tratamiento de sabor aristocrático, al igual que caballero. No es fortuito que hoy feministas de vanguardia reaccionen con desagrado ante el empleo de fémina.

En general, el uso de lugares comunes revela pobreza expresiva, mientras que el conocimiento y el dominio de la lengua propician combinar precisión, expresividad, naturalidad y elegancia. Metáforas infelices suelen venir del desconocimiento. En varias páginas el columnista ha deplorado un ejemplo que ahora una lectora le pide tratar: el mal uso de plagado como sinónimo de lleno o pletórico.

El adjetivo plagado viene de un nombre cuyo contenido vale suponer claro hasta para personas de un dominio elemental del idioma: plaga. Denota presencia de plagas y, por tanto, es un contrasentido hablar de un equipo deportivo “plagado de estrellas”. Pero la indeseable metáfora suelen usarla profesionales de la comunicación.

Al autor lo ilusionaba creer que el uso de hilaridad —vocablo relativo al buen ánimo y en especial a la risa— como sinónimo de ilación —que designa lo que fluye con coherencia— era un “chiste” que va para años alguien le hizo. Al evaluar, en la institución docente donde tenía un alto cargo, el desempeño de un profesor subordinado a él, el protagonista de la anécdota dictaminó que a sus clases les faltaba hilaridad, y al decirlo hizo con ambas manos un movimiento alusivo a un cauce orgánico. Pero no todo es broma. Recientemente, en la televisión, se juzgó una obra de arte usando el vocablo hilaridad, y no porque la obra produjera risa, sino porque era coherente.

Un lector le ha hecho llegar al columnista un fragmento de texto impreso en que, dentro de una información sobre transporte mal administrado, se lee que los responsables habían formado un epitafio. El lector supuso que tal vez se había confundido ese término con epifanía. Pero epitafio es un breve texto acerca de una persona muerta, y  epifanía una festividad religiosa.

Realmente, el sentido de la cita no hacía pensar en ninguno de los dos vocablos, aunque haya personas que urdan todo tipo de galimatías para justificar usos impertinentes y calificarlos de metafóricos. Quizás se tratara de estrago, o acaso de estropicio, o quién sabe de qué. Los textos deficientes obligan a especular sobre qué quieren decir, puesto que a derechas no es posible determinar con seguridad qué dicen.

Obras especializadas enseñan que, en la procreación, la mujer concibe y el hombre engendra. Pero se leen y se oyen noticias sobre mujeres que “engendran hijos”. Con el uso correcto de esos verbos no se menosprecia ni a la mujer ni al hombre. Se subraya, en todo caso, el poder de la primera para acoger en su vientre la creación de una nueva vida y ampararla en su proceso de desarrollo hasta el nacimiento. La importancia de ese hecho la ratifica su designación con el verbo concebir, aplicable a la generación de ideas, que se conciben desde dentro, no se engendran desde el exterior, a lo que apunta engendrar,  emparentado con causar, ocasionar, formar.

También se extiende ampliamente la confusión entre heredar y legar. Una persona puede legarle a otra o heredar de ella, lo que no cabe es que le herede a otra, pues heredar no equivale a trasmitir, sino a recibir. Conocer el sentido recto de las palabras contribuye a producir mensajes también rectos, sin equívocos ni necesidad de especular para entenderlos. Vale aquí la insistencia en compartir una preocupación.

Distintos prefijos hacen que del verbo partir se deriven otros, diferentes: impartir, repartir, departir y compartir, y en este último el prefijo hace honor a ideas como compañerismo, concertar, convenir y otras afines. Se comparte algo con alguien o con un grupo. Uno no puede compartirle algo a otra persona, por una razón similar a la que impide que le haga la autocrítica. Se comparte con otros o con otras, individuos o colectivos, a los que se puede impartir una instrucción o entre quienes resulta posible repartir algo, o con los que se puede departir.

El autor pone punto final al presente artículo cuando ha oído vez tras vez en la televisión el uso etimológicamente erróneo pero “floreciente” de compartir. Consiste en un uso que se percibe fomentado por la asimilación acrítica del verbo share presente en medios de comunicación como Facebook.

Aunque esté en inglés —cuyo predominio se volverá a abordar en “Fiel del lenguaje”, donde ya se ha tratado—, share equivale al compartir del español, que no hay por qué desnaturalizar o torcer. En una conocida canción la posibilidad de compartir a la amada se debe entender como “la prefiero compartida con otros”, no “compartida a otros”.

La lengua evoluciona, pero los frutos de su evolución serán más valiosos cuanto más se deban al conocimiento, no a la ignorancia y al descuido. Y aquí se habla de profesionales con títulos universitarios, no de los protagonistas del documental El Mégano, centrado en una realidad que mucho ha hecho el país por transformar.

Luis Toledo Sande

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