Quién sabe hasta cuándo en el mundo podrán ser inevitables (o no erradicadas) las desigualdades. ¿Acaso —como hay quienes auguran— se destruirá el planeta sin que haya triunfado plenamente la justicia social?

En Cuba las desigualdades no nacieron con la Revolución, que se propuso eliminarlas. Tanto lo intentó que la acusaron de irracional, ilusa, utópica en el peor sentido, sanacamente igualitaria y otras lindezas.
Pero cuando se vio obligada por las circunstancias mundiales e imperfecciones internas a tomar medidas que seguirían manteniendo a raya las grandes injusticias revertidas con el triunfo de 1959, pero daban margen a la aparición o al crecimiento de desigualdades, entonces muchas de las mismas voces que la habían criticado empezaron a escarnecerla aún más. Se dieron a reprocharle el cultivo de diferencias injustas. Dígase con propiedad: de diferencias que, si para alguien resultarán ciertamente antipáticas, será para los revolucionarios verdaderos, no para los idólatras del capitalismo.
No se detendrán estas líneas en mayores argumentos. Solo apuntan que, de entrada, parece incongruente que tilden a Cuba de propiciar inequidades muchas de las personas que se han ido a vivir a centros de poder capitalista, y en particular al cuartel general del imperialismo.
Sí, a la potencia que, además de ser generadora, incluso con guerras genocidas, de las más brutales desigualdades dentro y fuera de su territorio —en el que están a la vista los resultados del mal manejo de la pandemia, si es que no su utilización maltusiana—, hace todo lo posible por estrangular a Cuba e impedirle la marcha justiciera que su proyecto revolucionario sigue defendiendo contra viento y marea. Señaladamente enfrenta los vientos y las mareas provocados por el gobierno de los Estados Unidos, desde donde aúllan o graznan voces que atacan a Cuba, y lo hacen usurpando consignas de la igualdad social, nada menos.
El autor de estas líneas recuerda la conferencia que hace alrededor de veinticinco años ofreció como parte de un curso de la Universidad Internacional de Andalucía, sede Santa María de La Rábida, en Huelva. En el auditorio había un cubano que, además de tener casualmente el mismo nombre y el mismo primer apellido de un famoso bandolero insular —bandolero, pero de vocación patriótica—, había desertado de una misión que, con el financiamiento correspondiente, se le había encargado en virtud del alto cargo de funcionario que ocupaba en Cuba.
Como matriculado en aquel curso sobre temas cubanos, mantenía una conducta educada, y procuraba mantener un diálogo cordial con quienes habíamos ido desde Cuba para participar como profesores. Pero no dejaba de mostrar el mismo pensamiento que lo guio al desertar de su misión y radicarse en España.
—Estoy de acuerdo con lo que usted dice —se dirigió más o menos en esos términos al profesor de turno—, pero yo no podía permanecer en una Cuba donde se introducía el dólar y crecían las desigualdades.
Lo que le respondió el profesor puede recordarlo y citarlo con mayor precisión quien esto escribe:
—¡Qué bien!, entonces supongo que ya se habrá reunido con autoridades españolas y directivos de El Corte Inglés y otras empresas para crear en España una Asociación de Defensa de la Igualdad, ¿o no lo ha hecho todavía?

La Habana, 29 de julio de 2020.

Luis Toledo Sande

Publicado en la página de Facebook del autor.