Quizás salga sobrando decirlo, pero lo que abunda no daña.

Soy enteramente responsable del contenido, la factura y la orientación de mis textos, publíquense donde se publiquen, y de la decisión de reproducir en esta artesa escritos ajenos, lo que haré con el propósito que en cada caso resulte pertinente, y siempre con una guía: el decoro. Es una virtud que urge promover cuando esa palabra y otras cercanas a ella no están de moda, aunque viven, junto a las cualidades que ellas nombran, en los seres honrados de este mundo, seguramente mayoría, aunque los medios dominantes pudieran hacer creer lo contrario.

Nada tengo que ver con anuncios que Google u otra fuente añadan por su cuenta, y que no me sea posible suprimir; pero me reservo el derecho de expresar adhesión a ellos cuando lo estime necesario, o de impugnarlos, si hacerlo pudiera tener algún sentido de utilidad, al menos para la alegría.

Agradezco vivamente que la misma guía antes mencionada esté en la médula de los estimulantes comentarios que he comenzado a recibir, a los cuales —como seguiré teniendo por norma— he intentado corresponder puntualmente, aunque es muy difícil ponerse a la altura de su generosidad. Así y todo, lo que más aprecio en ellos es su decencia, propia de quienes los han escrito. Con seres humanos como esos, ¡y como esas!, da gusto comunicarse. En la base de este verbo alienta común, raíz también de comunión, algo necesario incluso para que la discrepancia sea un acto fértil, no chapoteo en la inmundicia. ¡Vade retro!

(Cuando las anteriores líneas dejen de aparecer en este espacio de la artesa, permanecerán en ella localizables con un enlace indicado por su correspondiente ícono: [L.T.S.])

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